lunes, agosto 27, 2007

Contacto

El jueves fue un día extraño. Muv se despertó tempranísimo y se encerró en el cuarto de escribir. Estaba impaciente o desesperada o las dos cosas.
Tilinga, se dijo. Tenés este lugar y no lo usas. Internate acá hasta que se te ocurra algo.
Se conectó a Internet. Salvador todavía dormía, ni siquiera era de día.
Muv puso música suave y abrió un cuaderno. Escribió CONTACTOS y debajo hizo una lista de todas las personas que conocía que pudiesen ayudarla con su búsqueda laboral.
De repente, se acordó. Silvana López Beccar, dijo y fue a google. Encontró, después de toparse con decenas de López Beccar equivocados, el nombre en la página de un colegio secundario. Sin dudarlo, buscó una dirección de mail y acto seguido escribió el siguiente mensaje:

Estimados,
mi nombre es Mabel Holm, soy ex alumna de la profesora López Beccar. Agradeceré me indiquen de qué manera puedo contactarme con ella.
Muchas gracias.
Saludos.
MH

López Beccar fue su profesora de literatura. La primera que leyó los cuentos que Muv escribía durante los recreos mientras Salvador se ponía de novio con una y otra chica de la división. Fue, también, la primera en impulsarla a escribir con seriedad y la que, sin anestesia, le dijo, al terminar la entrega de diplomas: Quizás tardes muchos años, quizás se te haga difícil pero no vas a poder escapar de tu vocación.
Vocación, repitió Muv. Se nota que soy producto de un colegio católico. Siempre rezando por las vocaciones. Dios.
Salvador se asomó.
Qué hacés, le dijo refregándose un ojo.
Muv le dirigió una mirada cortante.
Busco trabajo. Intento contactarme con López Beccar.
Con quién.
Con la de literatura del colegio.
Ah, esa vieja.
Sí, esa vieja.
Y qué va a hacer por vos López Beccar, preguntó Salvador.
En principio, no generarte un ataque de celos, diijo Muv. Eso ya es bastante.
Uh, dijo Salvador como si le hubiesen pegado una patada en los huevos.
Quizás tenga algún contacto. Trabajaba para una editorial.
Sí? No sabía.
Y cómo ibas a saber si nunca le prestaste atención. Te la pasabas dormido o haciendote la paja mientras le mirabas las tetas a Sandra Castro.
Bueno, dijo Salvador respirando profundamente, te dejo sola. Voy a desayunar. Tomaste algo?
No.
Te aviso cuando esté el café?
Dale, respondió Muv y la respuesta también fue cortante. Cerrá la puerta cuando salís.
Salvador se metió en la cocina recordando a Sandra Castro. Hacía años que no pensaba en ella. De hecho, si Muv no la hubiera nombrado, tampoco la hubiese recordado esa mañana.
Sandra Castro, las mejores tetas de la promoción 92. La más fácil de la división y la que aceptaba a Salvador de vuelta, cada vez que alguna de las noviecitas de turno se negaban a dejarse tocar por dentro de la bombacha.
Sandrita Castro. La primera que se la chupó en el pasillo de su casa a la vuelta de un cumpleaños, la que no salía con boludeces o simulacros y la que nunca dijo que no, que por ahí no, sacá la mano de ahí.
La misma que a los diecisiete decía, con la seguridad de una de veinticinco, que le gustaba coger y que no pensaba en otra cosa en todo el día. La que le contestó a la madre superiora que si Dios le había dado semejante cuerpo era para que lo disfrutara.
Esa era Sandra Castro. La que le había vuelto a la memoria a Salvador y le había provocado una erección diferente a la de cada mañana.
Y Muv la odiaba, además. No la podía ver, pensó.
El olor del café y la ausencia del ruido de la cafetera lo devolvieron al tiempo real.
Volvió a la habitación de Muv; golpeó y dijo ya está el café.
Ya voy, le escuchó decir desde adentro.
Sandra Castro. Se le había metido en el cuerpo como se le metía antes, cuando el sólo roce de su pierna con la de ella lo ponía al palo.
Muv entró a la cocina y se sirvió café. Instintivamente, Salvador se le pegó a la espalda.
Ni se te ocurra, le dijo Muv y se separó de él de un empujón.
Desayunaron en silencio y rápido.
Me voy a bañar, dijo Salvador.
Muv puso su taza en la pileta y volvió a su habitación.
Salvador se metió en el baño. Se miró al espejo. Se quedó un rato mirándose. Abrió la ducha. Mientras preparaba la toalla, le volvió la sensación al cuerpo. La sensación de sentir a Sandra Castro, que aprovechando que la última compañera del curso se había negado a meterle la mano en la bragueta, se le sentaba encima, delante de toda la división en cualquier hora libre, levantando un poco el jumper para que él pudiera sentirla mejor.
De mí, no te vas a olvidar, le había asegurado Sandra Castro en la fiesta de egresados mientras se metían mano mutuamente como desesperados en el reservado del boliche en el que se hizo la fiesta.
Aunque pasen muchos años, no te vas a olvidar.
Salvador se empezó a masturbar.

A las diez de la mañana, Muv recibió un mail de López Beccar.


domingo, agosto 26, 2007

Película

Cuando volvió de comprar algo para cenar y alquilar una película, no encontró a Salvador en la cama.
Salva, gritó. Dónde te metiste.
Nadie le respondió.
Revisó el baño, la cocina, el comedor y caminó directamente a la habitación dónde ella, algún día, debería sentarse a escribir. Ahí lo encontró, enroscado en la colcha y sentado sobre la cama de una plaza que hacía las veces de sillón.
Qué estás haciendo acá. Sos loco o qué. Andate a la cama.
Quería estar un rato acá, dijo Salvador. Te gusta esta habitación?
Sí, me gusta.
Entra un montón de luz, viste? No sé. Cuando la ví me pareció que te iba a gustar escribir acá pero desde que nos mudamos nunca te ví sentarte a escribir ni quince minutos.
Muv miró alrededor. Era cierto que el lugar tenía todo lo que a ella le gustaba. Era claro, tenía luz, plantas con flores. Era acogedor. Era el lugar que ella siempre había tenido en mente y sin embargo, Salvador tenía razón. Nunca se había sentado a escribir ni una sola letra, salvo el día anterior. El día del desastre.
Vamos, dale. Alquilé una peli. Vamos. Nos metemos en la cama y la miramos.
Salvador se paró. Le estiró la mano a Muv y Muv lo llevó, así, de la mano, hasta la cama.
Acostate de una vez y dejá de tomar frío, dijo Muv y Salvador obedeció.
Muv sacó la película de la caja y la metió en reproductor. De un salto, se sacó las zapatillas y salió corriendo. Volvió corriendo con dos chocolates. Los tiró arriba de la cama. Se metió vestida debajo de la frazada y apuntando con el control remoto, dio play.
Esta película ya la vimos, dijo Salva. La están pasando en la tele.
No importa. La vi y me dieron ganas. I´m always wanted to be a Tenenbaum, dijo Muv.
Me too, me too, respondió Salvador.
Se comieron un chocolate. Después otro. En algún momento de la película se rieron, en otra sonrieron. En una escena se espantaron. Pero hubo una en particular que los conmovió.
Siempre me recordaste a Margot Tenenbaum, dijo Salvador.
Muv sonrió de costado. Desde el momento en que vio la película, siempre pensó que Margot y ella estaban unidas, que era su representación filmica a pesar de todas las diferencias físicas que tenía con Gwyneth Paltrow.
Todavía estás enojada, preguntó Salvador.
No me hagas acordar, respondió Muv. Si me acuerdo, me enojo de nuevo.
No, no. No te acuerdes.
Siguieron viendo la película. Se quedaron callados hasta que terminaron de pasar los créditos.
A veces siento que vos y yo somos uno solo, dijo Salvador.
Muv lo miró.
Pero otras veces, siento que no te conozco nada.
Muv bajó la cabeza. Pensó: Me conocías. Me conociste. Ahora, no sé si nos conocemos.
Voy a preparar la cena, le dijo.
Se levantó de la cama y se metió en la cocina.
A Salvador le sonaba en la cabeza un tema de los Rolling Stones.


martes, agosto 21, 2007

Fiebre

Cuando volvió a la casa, cerca del mediodía, la sorprendió encontrar a Salvador metido en la cama. Se acercó y le puso la mano en la frente. Volaba de fiebre.
Caminó hasta el baño y revolvió en el botiquín hasta encontrar un antifebril. Con la tableta en la mano llegó hasta la cocina. Sirvió un vaso de agua y desanduvo el camino hasta el dormitorio. Apoyó el vaso sobre la mesa de luz y estiró la mano ofreciendo el remedio.
Salvador se movió, quejándose. Agradeció y se metió la pastilla en la boca. Con cara de asco tragó el agua del vaso.
Ya comiste, preguntó Muv. Salvador negó con la cabeza.
No tengo hambre. Me siento mal.
Me alegro, pensó Muv, pero preguntó con tono seco: Qué te duele.
Todo, respondió Salvador.
Gripe, dijo Muv, por andar en pelotas por el patio. Te lo dije. Llamaste al médico?
Pasé por el médico del laburo cuando sentí que tenía fiebre. Me mandó a casa.
Ya veo.
¿Cómo te fue?
Mal. Cómo me va a ir. Tengo que llamar el martes.
No te atendió.
Muv lo miró. Ni volando de fiebre querés dejar de preocuparte, pensó y respondió que sí, que la había atendido y que le pidió tiempo para pensar.
Qué cagada, dijo Salvador. Me siento culpable.
Hacés bien, respondió Muv y salió del dormitorio.
Revisó el contestador: su madre los espera a cenar; la madre de Salvador quiere saber si siguen vivos, un llamado automático intenta venderles un seguro de emergencias médicas y un payaso que sale por televisión les tira la manga para una entidad sin fines de lucro.
Muv borró todos los mensajes.
Volvió al dormitorio.
Se acostó vestida al lado de Salvador.
Tenés hambre?
No.
Necesitás algo?
Que hablemos, dijo Salvador.
Y a vos te parece que estás en condiciones de hablar, preguntó Muv, sin mirarlo.
Sí, respondió Salvador. Me siento muy mal por lo de esta mañana. Me sentí mal todo el día.
Mirá vos, dijo Muv.
Todavía estás enojada. No aguanto que estés enojada. Hablemos.
Estoy harta de hablar, Salvador. Ya no sé qué más hay para decir.
Salvador giró. Se acomodó la ropa de cama y quedó hecho un gusano.
Todas las parejas tienen sus quilombos, Muv. Hablemos.
Muv resopló.
No encuentro nada para decir. O mejor, sí tengo algo para decir: me parece que vos y yo no somos una pareja. Las parejas son diferentes. Nosotros somos dos personas que viven juntas, nada más. Cogemos, tenemos un pasado juntos pero no somos una pareja. Somos dos solteros juntados. No es lo mismo que una pareja.
No lo veo de esa manera, dijo Salvador, acercándose más a Muv y comenzando a temblar.
Cuál es nuestro proyecto, Salva, preguntó Muv.
Uh, vas a empezar con eso.
No querías hablar? Entonces, hablá. Cuál es.
No sé. Formar una familia. Vamos a tener hijos y todo eso, respondió Salvador y cerró los ojos.
Muv se quedó callada. No esperaba esa respuesta. Esperaba algo del estilo "irnos de vacaciones" o "comprar un auto".
No estamos listos para ser padres, dijo Muv, después.
Yo creo que si, respondió Salvador comenzándose a dormir. Sería nuestra única salida. La única forma de empezar a mirar para adelante.
Y después de decir eso, empezó a roncar.
Muv lo miró de cerca. Le tocó la frente y todavía seguía con fiebre.
Estamos demasiado solos, pensó y se levantó de la cama.



viernes, agosto 17, 2007

Visita

Se pintó como una puerta. Casi como si fuera a una fiesta. Buscó un vestido, se calzó, se abrigó y salió a la calle.
Extendió el brazo y detuvo un taxi. Alem y Corrientes, dijo. Después sonrió. Habló un poco con el conductor del taxi acerca de los temas que se hablan en un taxi, que viste que frío, que estamos todos locos, que mañana van a hacer 32 grados y uno ya no sabe qué ponerse.
Preguntó si podía fumar. Cuando se lo permitieron, siguió hablando con el cigarrillo colgando del lado izquierdo de la boca mientras revolvía buscando el encendedor.
Más rápido de lo que esperaba, estaba en su destino. Caminó dos cuadras en dirección opuesta la tránsito. Avanzó con paso seguro por el hall, se hizo anunciar y esperó, apenas cinco minutos, cruzada de piernas en una recepción helada.
Después, enfiló hacia el ascensor con paso seguro. Apretó el cuatro. Se miró al espejo y corrigió el flequillo.
Bajo del ascensor y volvió a caminar, clavando el taco de la bota sobre el piso. Se acercó al escritorio de Joaquín y le dijo qué tal.
Joaquín la saludó y parecía contento de verla. Ella fue amable y encantadora. Dijo:
Necesito trabajar. Dame lo que sea que tengas para escribir. No me importa si es sobre mecánica aeronáutica, cafemancia o la desaparición del oso polar. Necesito escribir, es lo único que sé hacer. Es lo único que me gusta hacer y lo único que me sale bien.
Joaquín la seguía mirando pero esta vez como si no la conociera. Y ella le devolvía la mirada pero pensando: ¿qué te habré visto la vez anterior?
Estás distinta, le dijo.
Y ella solo pudo contestar: te parece bien lo que te pido?
Dejamelo pensar, recibió como respuesta.
Agradeció. Volvió a saludar prometiendo un llamado el martes por si o por no.
Estás distinta, volvió a decir Joaquín mientras le acariciaba el brazo a modo de despedida y ella dijo que sí, que podía ser.
Cuando salió a la calle, aflojó los músculos de la cara, sintió el ahogo en el pecho, la presión a la altura de las costillas. Y fue la Muv triste de siempre.
Era temprano y seguía haciendo frío. Decidió visitar a Oma. Tomó el subte hacia Chacarita.

miércoles, agosto 08, 2007

Amenaza

Salió chorreando de la ducha y mojando el piso, entró al dormitorio. Se metió en la cama, todavía envuelta en la toalla, con los ojos rojos.
Salvador entró y se quedó parado, al lado del borde de la cama.
Vestite, dale, le dijo.
Muv lo miró furiosa.
No me vuelvas a hablar hasta que se me pase, le dijo entre mocos.
Salvador se acercó.
Perdoname, dijo.
No me hables más.
Perdoname. El asunto de ese tipo, me saca. Es como si lo estuvieras haciendo a propósito. Vos no te bancás estar bien y tranquila. Siempre necesitás algún quilombo.
La frase hizo estallar a Muv. Se levantó de la cama, como si le hubiesen dado una descarga eléctrica.
Qué carajo estás diciendo. Sos un pelotudo. Qué quilombo hice? Cuál, a ver. Qué mierda te pasa. Qué mierda te pasa en esa cabeza.
Caminó hacia él, mientras en el camino, quedaba la toalla que la envolvía.
Qué más necesitás para ver que yo estoy acá con vos. CON VOS. Qué más tengo que hacer? Estás confundido, porque sos un idiota. Yo estoy con vos pero no soy una cosa tuya.
No, es que...
Es que, las pelotas. A mi no me volvés a tratar así, enfermo. Tenés miedo que te cague? Mirá vos. Da la casualidad de que no fui yo la que te cagó, viste. Y tuve la oportunidad, si es que te interesa saber, pero no quise. No quise.
Salvador se sentó en la cama. Agachó la cabeza.
Me da bronca, me da bronca que vayas a ver a ese tipo.
Y a mí qué, gritó Muv. A mí, qué carajo me importa que a vos te de bronca. Bancatela. Como me la banqué yo. Decidí algo, si te hace tan mal, pero no te descargues conmigo, que ni siquiera saludo con un beso al tipo ese. Si empiezo a trabajar ahí, qué vas a hacer? Me vas a atar? Me vas a pegar? Qué. De dónde saliste. Quién te creés que sos. Te merecerías los cuernos. Te merecerías unos cuernos de acá a Japón por pelotudo. Por enojarte preventivamente y por pensar tan mal de mí. Con cualquiera te tendría que cagar. Con el primero que pase, y con el segundo, también. Forro.
Vos no me entendés, dijo Salvador.
Yo no te entiendo? Yo no te entiendo, hijo de una gran puta, que hace diez minutos me terminás de tratar de la peor manera que se te pudo ocurrir? Me asustaste, infeliz. Me asustaste, y ya sabés que es lo peor que podés hacer. Y yo no te entiendo. Yo, qué después de lo de recién, tendría que estar juntando las cosas para irme a la mierda y sin embargo, estoy acá, hablando con vos. Soy una pelotuda. Y encima, no te entiendo, fijate. Yo no te entiendo. Quién fue capaz de entenderte todo este tiempo como te entendí yo? Quién te perdonó todas las pelotudeces que hiciste? Quién, a pesar de todo, se vino a vivir acá con vos y trata, todos los putos días, de ser un poco mejor? Qué equivocada que estoy. No tengo que ser mejor. Tengo que ser peor para ser lo que vos querés.
Así estaban. Una, a los gritos pelados y desnuda, el otro, vestido, sentado y agachando la cabeza.
Me enferma pensar que te vas a ir con otro, reconoció Salvador.
Hacete ver, gritó Muv. Hacete ver. Porque si seguís así, no me voy a ir con otro. Me voy a ir sola. No me vas a ver nunca más. Estoy hablando en serio.
Salvador se paró, la abrazó mientras Muv se quedó inmóvil con los brazos caídos y completamente tensa.
Perdón, dijo Salvador. Perdón. No sé qué me pasó. Perdoname. No se va a repetir.
No sé qué más necesitás que haga. No lo sé. No me da el cuero para darte más evidencia de que no me voy a ir a ningún lado con nadie.
Salvador se quedó enroscado a Muv, sin volver a abrir la boca.
Reconocé que el tipo te gusta, dijo, después de un rato, Salvador. No me estoy imaginando cosas.
Muv volvió a levantar presión.
Hay un montón de tipos que me gustan. Un montón. Y hubo un montón antes que también me gustaron. Y me van a seguir gustando muchos otros. Eso no implica que yo no quiera estar con vos. Si a esta altura del partido, tengo que hacer aclaraciones como estas, no sé ni para qué intento todo lo que intento. ¿Qué más querés? ¿Qué más necesitás?
No sé. Decime que el tipo no te gusta, que no vas a verlo, que te da igual si te atiende él o una vieja de setenta y seis años.
El tipo no me gusta, dijo Muv sabiendo que no decía la verdad. Así está mejor? No me gusta. No me mueve un pelo, no existe. Necesito dejar de estar bajo sospecha. La amenaza de los cuernos no soy yo, en esta pareja. Y no entiendo por qué necesitás que siempre esté recordando el hecho que te deja en evidencia a vos, que supuestamente estás tan enamorado y sentís tanto más que yo. Hacete ver. Consultá a alguien para que te ayude pero a mí, dejame en paz, porque este tema me está hartando.
Muv se deshizo del abrazo. Comenzó a vestirse rápidamente.
Te espero, dijo Salvador.
No hace falta, respondió Muv. Voy a ir sola.

martes, agosto 07, 2007

Ataque

Cuando Salvador se despertó, se encontró solo en la cama. Miró el reloj. 7.16 am. Se estiró, se sentó en la cama, arqueó la columna y se desperezó.
Caminó hasta la cocina. La cafetera estaba encendida. Retrocedió hasta el baño pero ni bien abrió la puerta, notó que Muv no estaba ahí.
Salió a la galería. Estaba amaneciendo y helaba, pero igual, caminó, semi desnudo, hasta la habitación de escribir de Muv. La encontró vestida y sentada frente a la computadora, con los auriculares puestos, bailando sentada, cantando el tema haciendo mímica y frunciendo toda la cara.
Qué hacés acá a esta hora, preguntó.
Hola, mi amor, le dijo Muv sonriendo y se desconectó de los auriculares.
"Mi amor" pensó Salvador. Nunca me dice "mi amor". Qué estás haciendo, dijo.
Imprimía el CV, respondió. Tengo una entrevista hoy a las 9. Nos podemos ir juntos, no?
Qué linda que estás, dijo Salvador. Estas muy... colorida.
Me queda mal? preguntó Muv. Nene! Viniste en calzones por el patio, te vas a enfermar.
No, te queda bien, contestó Salvador.
Vamos a desayunar. Después vengo por esto, dijo Muv levantándose de la silla y antes de darle un beso, decirle "buenos días" y sonreirle otra vez.
Qué le pasa a esta, pensó Salvador mientras la seguía hasta la cocina y se detuvo a mirarla cuando ella, dándole la espalda se ponía en puntas de pie para alcanzar las tazas en la alacena. Se le acercó por atrás, se le pegó a la espalda y la apoyó. Le metió las manos por la cintura del pantalón.
Salvador, estás helado! dijo Muv.
Sh. Dónde es tu entrevista, preguntó, desabrochándole el botón del pantalón.
En el bajo, respondió Muv dejando las tazas sobre la mesada y recostando su cabeza sobre el hombro de Salvador.
No me contaste nada, dijo Salvador.
Es que estoy harta de contar cosas que después no pasan. Me doy pena cuando hago eso.
Bué, a mi no me das pena nunca.
Ya sé, Salva pero me doy pena a mi misma cuando espero que todo salga bien y no sale.
No te hagas tantas expectativas esta vez, le recomendó Salvador.
Es probable que vaya todo bien. Ya me conocen. ¿Vamos en taxi? No tengo ganas de viajar asfixiada en el subte.
Salvador le acarició las manos.
Te sacaste el anillo, le dijo.
Ah, sí. A veces me molesta un poco. Es la falta de costumbre.
Yo no me lo saco nunca.
Me lo saqué para lavar no sé qué. Después me olvidé de ponermelo.
No te lo habrás sacado para ir a la entrevista, no? dijo Salvador, mordiéndole el cuello.
Qué tarado, dijo Muv y se rió.
Se quedaron en silencio, abrazados, mientras Muv servía el café.
Me parece que te estás haciendo la soltera, vos, dijo Salvador.
Soy soltera, dijo Muv de un sospechoso buen humor mañanero.
Pero comprometida.
Pero soltera. Tomamos el café?
Salvador no la soltó. Ahora va, dijo y siguió inmóvil pegado a su cuerpo.
Cómo es que ya te conocen dónde tenés la entrevista. Si ya te conocen para qué te entrevistan?
Hace un tiempo que no me ven, no sé qué me van a proponer. Cuando llamé, lo único que dije fue que quería volver a trabajar y me pidieron que fuera a conversar.
Salvador se quedó pensativo durante un momento. Y de repente, como si las cosas se ordenaran mágicamente, dijo:
Vas a ver al boludo ese, no?
Qué boludo.
El boludo ese. El de la otra vez. No te hagas.
Ah, sí. A Joaquín.
¿Es el único tipo que te puede dar laburo?
Y... me pudrí de dejar carpetas y más carpetas. Nadie me llamó.
No hay otros lugares para trabajar entonces, concluyó Salvador mientras empezó a deslizar las manos por la cintura de Muv.
Sí, hay otros pero ahí seguro consigo algo.
Salvador forcejeó con el pantalón y la bombacha de Muv hasta que consiguió que ella lo ayudara. Dijo algo entre dientes que ella no llegó a escuchar.
Qué, dijo Muv, Salvador, me vas a arrugar toda. Pará.
Contestame, le dijo encorvándola hacia adelante y separándole las piernas.
No sé qué decís, no te escuché, respondió entre quejidos. Despacio. Me lastimás, Salva.
Si me vas a cagar con ese. Ahora me escuchás, dijo Salvador acercándole la boca a la oreja.
Qué te pasa, boludo, despacio. Así no. Soltame.
No te voy a soltar.
Me estás lastimando. Me hacés doler. Pará.
Cagame con uno mejor que yo, dijo Salvador mientras empezó a bombearla. Uno más joven, más inteligente, uno mejor que ese imbécil.
Me estás lastimando, gritó Muv. Soltame. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te levantaste así?
Salvador no la soltó. Hizo todavía más presión sobre las muñecas de Muv con sus manos.
Yo no te la voy a hacer fácil, le dijo unos segundos después, cuando cambió la muñeca izquierda por el pelo.
No sé qué estás diciendo. Por favor, soltame. Me estás lastimando y me asustás. Dejame, Salvador.
Pero Salvador estaba transfigurado. Ni siquiera le contestaba.
Dejame, Salvador. Soltame. Qué te pasa. Me estás dando mucho miedo. Dejame.
Yo, dijo Salvador clavándose dentro de Muv, no te voy a dejar, escuchaste?
Muv no respondió y solamente dejó oir un quejido que no tenía nada de placentero.
Yo-no-te-voy-a-dejar. No me vas a cagar, yo no te la voy a hacer tan fácil, yo no soy como vos, no regalo espacio para que los otros avancen. Vos no me vas a cagar. No te voy a dejar.
Salvador acabó, esta vez sin emitir un solo sonido, después de decir esa última frase. Por un par de segundos, descansó todo el peso de su cuerpo sobre Muv. Una vez que recuperó el aliento, se separó de ella con violencia y volvió al dormitorio, sin decir una palabra.
Muv se quedó con las manos apoyadas sobre la mesada, el pantalón y la bombacha, un poco más abajo de las rodillas, inmóvil, desorientada y miedosa.
Salvador volvió vestido a la cocina. Le subió la ropa. Le prendió el pantalón.
Cuando estés lista, avisame, le dijo, como si aquí no hubiese pasado nada.
Con vos no voy a ningún lado, dijo Muv y se metió en el baño. Se desnudó y abrió la ducha.
Se sentía sucia. Lloraba.

miércoles, agosto 01, 2007

Crash

Durante unos meses, la casa pareció una escenografía. Todo era demasiado nuevo, sin marcas, como si no fuera de verdad. No tenía olor a casa de Muv y Salvador, ni la temperatura normal para un lugar habitado.
Durante las mañanas, después que Salvador salía a trabajar, Muv se organizaba para mantener la limpieza y el orden a raya, hasta era capaz de hacer la cama antes de desayunar.
A veces, me doy asco, se decía frente al espejo mientras se lavaba los dientes. Me estoy convirtiendo en eso que siempre desdeñé.
Pero una vez vestida, salía a hacer compras y compraba el último detergente o multiuso porque siempre le parecía que algo no quedaba lo suficientemente limpio.
¿Desde cuándo, por Dios, desde cuándo a mi me importa no poder sacar una mancha de dentifrico de la canilla? se preguntaba cuando volvía.
Cuando llegó y sacó todos de las bolsas, enfiló directamente hacia el baño. Este piso no brilla lo suficiente, dijo y se puso en cuatro patas, con multiuso y trapo amarillo a darle con el movimiento pulir/lijar a cada ceramico.
Vas a quedar bien, repetía, vas a quedar brillante y limpio como tiene que ser. Sí o sí. Aunque yo me pase el resto del día, arrodillada acá. Y cuando Salvador te vea, va a decir: pero qué brillante está este piso, Muv, mirá que bien como brilla.
Terminó con todos los azulejos del baño a las dos de la tarde. Como a las cuatro, empezó a pensar en lo que cocinaría para la cena y fue descartando un plato detrás de otro.
Salvador llegó y esta vez, sin necesidad de decirle nada y porque una casa nueva es como empezar un cuaderno nuevo y uno siempre cree que la prolijidad le va a durar toda la vida, colgó la ropa en el perchero y ordenó los zapatos al costado de la cama.
Después de lavarse las manos y encontrarla en la cocina, refregando sin parar una rejilla manchada con salsa, preguntó: Qué hiciste hoy?
Y Muv se dio cuenta cuando iba a empezar a hablar que era muy poco interesante lo que tenía para decir.
Limpié el baño, respondió.
Otra vez? preguntó Salvador.
Otra vez. Cerámico por cerámico y vos no te diste cuenta.
Uh, dijo Salvador.
No nací para ama de casa, le dijo Muv.
Y... no, respondió Salvador.
Por qué decís? Lo hago mal? Eso decís, no? Que no sirvo y que hago todo mal.
Pero... cuándo dije eso? volvió a preguntar Salvador rascándose la cabeza. No dije nada. Te pregunté qué habías hecho, nada más.
Muv se alejó. Sin parpadear gritó:
Limpié el baño todo el puto día. Eso hice. No me preguntes nada más en toda la noche.
Pero...! No querida, no. Esto así no va.
La agarró de un brazo. La sentó en el comedor.
Mañana mismo empezás a buscar laburo de nuevo. No te quiero enajenada acá adentro, limpiando sobre lo limpio porque no tenes un carajo que hacer y haciéndome pasar un pésimo rato cuando llego. Qué te pasa. Te volviste loca? Esto así no va.
Se quedaron en ambientes distintos hasta que se fueron a dormir. Salvador, de espaldas a Muv, roncaba tranquilamente, mientras ella daba vueltas sin fin.
Se levantó.
Revisó su agenda, sacó todos los papelitos de su billetera y cuando encontró la tarjeta que buscaba, volvió a acostarse. Y durmió.
Se levantó una hora después de que Salvador se fue a trabajar.
Se preparó café. Abrió la puerta de la habitación para escribir. Vio el escritorio vacío, los libros ordenados alfabeticamente por autor, el teclado de la computadora, todavía con la funda puesta.
Es verdad, esto así no va más, dijo.
Volvió al comedor. Buscó el telefóno y la agenda. Rescató la tarjeta que la noche anterior había buscado, marcó.
Hola, Joaquín, habla Muv.
El corazón le empezó a latir más rápido.