lunes, septiembre 24, 2007

Tiempo

Eran cerca de las seis de la mañana y la despertó el sonido del teléfono llamando. Atendió asustada.
Hola puta. Yo sabía que, al final, te iba a encontrar, le dijo la voz de un hombre.
Quién habla, preguntó.
¿Marcela?
Equivocado, dijo y colgó el teléfono pero la voz, la entonación, la forma en que le dijeron cada una de las palabras de la primera frase, la angustió. Mucho. No pudo evitar ponerse a llorar.
Y lloró tanto y se sentía tan acongojada que Salvador se despertó sobresaltado.
Qué te pasó, Muv. Por qué estás así, le preguntó.
Pero Muv no podía hablar. Se sentó en la cama y se abrazó las piernas y lloró todo lo que no había llorado desde que Oma se murió.
Decime qué pasó. Me asustás, Muv, dijo Salvador.
Muv estiró un brazo y le acarició la cabeza y todo el tiempo, escuchó a su propia voz echarle en cara los años perdidos: las noches de sexo; las noches de sexo sin amor; las veces que iba a coger con alguno, porque le gustaba aunque fuera un poco; las veces que fue a coger sólo porque disfrutaba coger; el vacío del después, en el mejor de los casos; el insulto o el mal trato en el más común; las pésimas elecciones cada vez que elegía. La decepción de no encontrar, por lo menos por un rato, de jugando, un contacto amoroso para ella. Las caras de todos esos que, finalmente, no eran tantos pero a ella le parecían demasiados.
Mientras acariciaba a Salvador sintió culpa. Culpa por no haberlo visto antes, por haber disfrutado coger con otros, desde el primero hasta el último, sólo por esquivarle a la soledad; por las veces que supo que iba a salir lastimada o mal parada o descosida y con hilachas.
Por favor, decime por qué llorás así, exigió Salvador. Hablá.
Me hubiese gustado tanto que fueras el primero, Salva, dijo moqueando. Perdí tanto tiempo en tanta gente que no valió la pena. Y vos estabas ahí. Y no te ví. No te ví.
Quién llamó. Qué te dijeron.
Era equivocado. Pero no importa. Importa esto: yo cambiaría toda mi vida, toda, entera, si pudiese volver atrás y te eligiese a vos desde el principio.
Salvador se levantó. Fue y vino con un vaso de agua. Se sentó al costado de Muv. Le desató las manos de las rodillas, le secó las lágrimas. Le acercó el vaso, se lo sostuvo mientras tomaba apenas un sorbo.
Si no hubiese hecho todo tan mal, Salva; si no hubiese metido la pata, una vez detrás de otra y otra vez y otra vez, yo sería mejor. Sería mejor para vos. No sería esta especie de perro cagado a palos al que nadie quiso nunca. Perdí tanto tiempo.
Yo siempre te quise, dijo Salvador. Y ahora, no sólo te sigo queriendo, Muv. Te quiero más y mejor que antes. No llores. Todo eso ya pasó.
Salvador sacó un pañuelo de la caja, le hizo sonar la nariz.
No llores más, por favor. No llores más.
Dejame, Salva. Dejame llorar ahora, a ver si me saco todo esto de adentro. Más de veinte años desperdiciados. Qué desastre que soy.
La abrazó. Ella se aferró a su espalda como si quisiera meterse dentro de su cuerpo.
Acordate siempre, le dijo Muv al oído, cambiaría toda mi vida por volver el tiempo atrás.
Salvador la separó. La agarró de los hombros.
Mirame, le dijo. Ella lo miró. Mirame bien. Yo quiero ser el último. Y si tuviste que pasar por todo eso para ser la mujer que sos ahora, no me gustaría que cambies un solo día. No llores más.
Pero Muv - ay, Muv - siguió llorando por el tiempo perdido y pasado.


jueves, septiembre 20, 2007

Bien

Salvador lavaba los platos y cantaba. Cantaba fuerte.
"Ella fue por esa vez, mi héroe vivo. Bah! Fue mi único héroe en este lío. La más linda del amor que un tonto ha visto soñar; metió metió mi roncanrol, ba-jo-es-te-puuuuuuul-sooooo".
Cantaba y enjabonaba los platos mientras Muv, apoyada, sobre el marco de la puerta de la cocina, lo miraba cantar.
Sos horrible cantando, Salva, le dijo y movió la cabeza, cerrando los ojos, de derecha a izquierda. Decí que yo te quiero tanto que puedo soportar que cantes y mucho más.
Salvador se rió, se mojó la mano, hizo un montoncito con los dedos, se acercó a ella y los abrió una y otra vez hasta salpicarle la cara.
Qué pendejo. El pende viejo. El pende viejo que canta canciones de los redondos.
Callate, tarada. Por qué te pusiste peleadora? Te pasó algo hoy.
Muv pensó en el chico del subte y se dijo: mejor no le cuento nada.
Nada, dijo. Qué me va a pasar.
Bueno, entonces, andá, andá al recital de Soda Stereo, respondió Salvador.
Qué hambre. Boludón. Si los redondos también me gustaban, qué decís. Sólo los "na-bos" no escuchaban Soda porque les gustaban los redondos.
Sí, los "na-bos" a los que no les gustaban las canciones llenas de palabras esdrújulas pretenciosas.
Hambre, hambre, dijo Muv. Dónde estabas hoy a la tarde que estuve dele llamar al telefonito y no me atendía nadie.
No me cambies de tema. Estamos tratando un asunto que puede ser causal de divorcio.
Muv carraspeó. Soy soltera, y carraspeó otra vez.
Detalles, dijo Salvador. Sólo detalles.
Sah, dijo Muv. Dónde estabas hoy que me atendía la señora del contestador?
Salvador terminó de enjuagar un plato y empezó a lavar los vasos.
No tenías señal?
Tenía, dijo Salvador, pero estaba apagado.
Ajá. Y por qué? le preguntó mirándolo con el ceño fruncido.
Salvador volvió a cantar: "mordí el anzuelo una vez maaaaas"
Contestame, Salvador.
Lo tenía apagado porque estoy yendo a terapia, dijo de corrido sin levantar la vista del vaso que estaba enjabonado.
Qué qué?
Eso. Empecé terapia.
Muv dio un grito. Se le abalanzó, le hizo soltar el vaso que cayó de canto sobre el chorro de agua y comenzó a mojarlos.
Muy bien! Muy bien! Muy bien, Salva! Qué contenta me pone que vayas. Qué bien! Qué bien! Te va a hacer re bien, le dijo mientras le llenaba la cara de besos y lo abrazaba fuerte. Yo quiero que estés bien, Salva. Que te sientas bien. Contento. Que seas feliz. Siempre quise que seas feliz.
A Salvador le tembló algo adentro. Ella seguía hablando sobre lo bien que le iba a hacer, sobre lo contenta que estaba, sobre lo bueno de que haya tomado la decisión sin consultarla pero él ya no la escuchaba. En la cabeza le sonaba una frase que la Oma le había dicho mientras Muv estaba de viaje, cuando caminaban, a la salida del médico.
Tenías razón, Oma. Es hermoso sentirse querido pero más hermoso es que te quieran bien, pensó mientras Muv repetía lo bien que le iba a hacer, qué cuánto mejor se iba a sentir y que ella lo acompañaría en todo lo que él necesitase.
Salvador, que por primera vez en su vida sintió que algo le temblaba dentro, tuvo ganas de llorar. De alegría.




lunes, septiembre 17, 2007

Veterana

Subió bufando al subte. Eran las seis de la tarde y había caminado todo el día repartiendo curriculums por cuanta editorial había logrado ubicar.
Entró, con dificultad, entre el brazo de un hombre de traje y una chica de mochila que se agarraba del pasamanos, medio dormida.
Había llamado a Salvador al celular pero estaba apagado. Le reventaba hablar con el contestador. Más de una vez le había preguntado para qué tenía contestador en el celular si iba a tener el teléfono apagado. Además, dónde se había metido y por qué tenía el teléfono apagado, eh. Por qué.
Pensaba en eso cuando se dio cuenta que, sobre la puerta del vagón, alguien la miraba. Le cruzó los ojos y lo enganchó justo, mirándola. Le dio vergüenza descubrirlo y bajó la vista.
Los viajes en subte son tan aburridos, pensó, qué más se puede hacer que mirar gente.
Subió el volumen del reproductor. Se preguntó si no habría dicho algo en voz alta y por eso se ganó la mirada pero después creyó que si lo hubiese hecho, todos la mirarían y no sólo el que se apoyaba contra la puerta.
En cada estación, revisaba que no la siguiese mirando pero entre los que subían y bajaban, lo perdía de vista.
Se olvidó del asunto. Se concentró en el techo del vagón.
Faltan cuatro estaciones, pensó. Paciencia.
Se bajó a codazo limpio después de gritar permiso y que nadie se moviera. Salió del andén transpirada, de mal humor y con bronca. Caminó rápido, pasó el molinete. Se paró en la escalera mecánica del lado en que la gente se queda parada. Le iba llegando el aire frío de la calle.
Sintió que le tocaban el brazo. El que la miraba le hablaba pero ella no lo escuchaba.
Se sacó un auricular.
Se te cayó esto, dijo el que la miraba, que era un chico de unos veintipocos y le extendía un paquete de pañuelos de papel.
Muv tocó el morral. Después los bolsillos de la campera. Se sacó el otro auricular. Sonrió.
No, dijo. No son míos. Gracias, igual.
Se te cayeron, eh. Yo ví cuando se te cayeron.
Muv metió la mano en el bolsillo. Sacó su paquete de pañuelos.
No, dijo sonriéndo aún, acá los tengo.
Ah, dijo el chico.
Llegaron a la vereda.
Muv siguió caminando. El chico caminó al lado de ella.
Sabés dónde queda Dorrego, le preguntó.
Te bajaste una estación antes, respondió Muv. Seguí por acá derecho. Después de Juan B. Justo es la tercera o cuarta.
Ah, qué boludo. No conozco por acá.
Bueno, no te vas a perder. Tenés que seguir por Corrientes hasta que la cruces. Son como diez cuadras, más o menos.
Te molesta si voy con vos un par de cuadras, preguntó el pibe.
No, dijo Muv y vio que del hombro le colgaba una guitarra enfundada. Igual, yo doblo un poco más allá.
Bueno, dos cuadras, dijo el chico y la miró como diciéndole tranquila, no te voy a robar.
Por qué siempre se me pegan los pendejos, pensó Muv. Qué horror. Una imagen patética. La veterana que camina al lado del pibito de la banda. Dioses.
Siempre tomás el subte de las seis, preguntó el chico.
No. Casi nunca, dijo Muv.
Ah. Te morís de calor adentro del subte, viste.
Sí, una porquería.
El chico se rió.
Já! Porquería!
Jé, dijo Muv y pensó que ya ni siquiera sabía como hablaban los jóvenes.
Y... vivís por acá?
Sí.
Hace mucho?
Unos meses.
Qué estudiás, preguntó el chico y a Muv le causó la misma ternura que siempre le causaban los pendejos que se le pegaban, que el pibe supusiera que ella todavía estudiaba.
Hace rato que no estudio.
Tuvieron que esperar hasta que cortara el semáforo.
En serio? No quisiste ir a la facu? Yo tampoco quise. Igual, me busqué un laburo. Ahora vengo a ensayar.
Tenés una banda.
Sí.
Cómo se llama.
Desastres en miniatura.
Buen nombre, dijo Muv. Acá tengo que cruzar.
Cruzo con vos, dijo el chico pero Muv lo miró con desconfianza. La calle estaba llena de gente. Si no te molesta, agregó.
Todo bien.
Me dijiste que siga derecho por acá?
Sí, todo derecho.
Caminaron esquivando gente, mujeres con chicos y bolsas de supermercado, chicos del secundario.
Bueno, acá doblo, dijo Muv. Que llegues bien.
Ni ahí que te puedo acompañar hasta tu casa, no?
Muv dijo que no con la cabeza y se río de costado.
Ni hablar de que me des tu telefono.
Tampoco.
Lástima. Sos linda.
Gracias, dijo Muv, vos también. Suerte con la música.
Gracias. Ojalá nos crucemos de nuevo, dijo el chico.
Muv levantó la mano y le hizo chau. Lo dejó parado en la esquina. Se fue riendo. Se reía de ella y del chico. Y decidió que cuando Salvador llegara a casa, se lo contaría.
Le daba más risa, todavía, adivinar lo que Salvador iba a decir.
"Será posible que no te pueda dejar sola"
Se volvió a poner los auriculares. El chico le había alegrado la tarde.




jueves, septiembre 13, 2007

Lista

Yo los conocí a todos. En persona. Además los conocí por ella, por lo que ella contaba, dijo Salvador.
Puedo hacer la lista de, por lo menos, doce tipos con los que estuvo. El que recitaba poesía y se aburría; el que le cantaba canciones de Spinetta -y Muv odia a Spinetta-cuando acababa; el que estaba convencido de que la tenía muy ancha pero en realidad era bruto. A ese último, lo engañaba como a un chico. Lo dejaba hablar, el tipo se inflaba de orgullo. Se creía la poronga del continente. Después, no sé. El que no se quería comprometer; el que tenía miedo; otro pibe que le pedía que le subvencionase la vida. O se metía con alguno que necesitaba una madre más que una mujer. O con el que la tenía de hija. No sé. Siempre eligió para el culo. Nunca eligió bien. Yo pago un poco las consecuencias de todos esos. Y para decir la verdad, a veces no sé si yo también entro en ese grupo de malas elecciones de Muv.
Y vos elegís bien, preguntó José levántandose un poco los anteojos.
Yo nunca me quedé demasiado tiempo con nadie como para asegurarme de meter la pata. Si estaba cómodo, perfecto. En dónde me parecía que no daba, me iba. Creo que no me arrepiento de actuar así. Además, yo siempre quise estar con Muv. Donde estoy ahora. No sé si elegí bien. Pero es lo que yo quería. Es lo que quise desde que supe que me gustaba.
Cuándo lo supiste.
Salvador hizo memoria.
Siempre lo supe pero me hice el boludo hasta que me empecé a aburrir con todas las que conocía. Prefería quedarme viendo una película con Muv que terminar cogiendo con alguna de esas.
Qué tiene Muv que la hace tan atractiva, le vuelve a preguntar José.
Y yo qué sé que tiene para los demás. Se qué tiene para mí.
Sí. La pregunta es para vos, dijo José sonriendo de costado.
Muv es divertida. No tiene las cosas supuestamente femeninas que tienen todas, como... ponele: no necesita que la llames todo el tiempo, no le gusta que le regales flores, se pregunta cómo es el camino del agua desde la rejilla de la bañera hasta Aguas Argentinas. No sé. Tiene algunas cosas parecidas a mi vieja, respondió Salvador y aclaró: no vine para hablar de mi familia, eh. Vine a hablar de Muv.
Ajá, dijo José y anotó algo en un block.
Por más que se la pasa llorando, es fuerte. No sé como explicarlo. Aunque esté en su peor momento, si te ve mal, no te deja caer. Yo no conocí otras minas así. Es capaz de darte todo lo que tiene sin que vos se lo pidas, sólo porque, sin que te avivaras, se dio cuenta de lo que necesitás. También te puede sacar todo de un solo tirón. Yo la he visto.
Debe ser difícil dar todo lo que uno tiene, no, Salvador?
No sé. Yo también le doy todo lo que tengo pero no me doy cuenta de lo que necesita, si ella no lo pide. Por eso, a veces, no sé bien que hacer. Intento darme cuenta qué necesita pero nunca me doy cuenta. Yo pensaba que ella quería que yo me aburriera y la dejara. Apareció Silvina. Me la cogí. Cuando Muv se enteró sacó un pasaje y se fue. Y no tuve forma de convencerla de que se quedase. Me sentí el tipo más imbécil del mundo. No quiero pasar por eso nunca más.
Entonces, el principal problema es que Muv se escape, concluyó José.
El problema es que yo no quiero seguir siendo el Forrest Gump de esta historia ni que Muv sea mi Jenny.
Salvador se miró los zapatos. Se quedó callado.
Entre las múltiples lecturas que se pueden hacer de esa película, para su condición, Forrest Gump resultaba bastante exitoso, dijo José.
Claro, dijo Salvador y se quedó pensando un rato. La cosa es que a mí casi todo me sale mal.
Seguimos la semana que viene, dijo José y se levantó para acompañar a Salvador hasta la puerta.




lunes, septiembre 10, 2007

Risa

Ella, que siempre repite que no sueña y que cuando sueña no recuerda sus sueños, está durmiendo y soñando.
En el sueño, está acostada sobre el piso de un lugar que no conoce pero sabe que es de ella. Está descalza y con su atuendo de dormir, musculosa, pantalón piyama de hombre, como siempre. Es ella no cabe duda, aunque ríe. Se muere de risa. Se rie a los gritos. Una mano le hace cosquillas en la base del cuello, debajo de las costillas, en las plantas de los pies. Y no parece una sola mano. Parecen docenas de manos que la tocan y le hacen cosquillas al mismo tiempo.
Ella está con los ojos cerrados, se retuerce de la risa. Le duele el estómago de tanto reírse y la cara; las mandíbulas parecen que van a acalambrarse entre una carcajada y otra. Se queda sin aire de tanta risa y siente que aunque no la tocaran, aunque las manos se detuviesen, se seguiría riendo. Se recuesta sobre un costado. Una mano le acaricia la cabeza. Abre los ojos.
No sabés cómo te extraño, dice y mira a la Oma que no habla pero que pasa la mano, una y otra vez, por la cabeza de Muv.
En el sueño, se queda dormida. Y en el sueño, siente que le pasan un dedo por el perfil, de la frente al hueco de la base del cuello y ella dice "dejame, Salva, tengo sueño" pero el dedo sigue sin obedecer.
Abre los ojos. Abre los ojos en el sueño. El dedo que le acaricia el perfil no es el de Salvador. La cara dueña de la mano que tiene ese dedo que se mueve por su cara no es de Salvador. Es de otro, de uno, vos quién sos. Y cada vez que pestañea, la cara es la misma, y la pregunta se repite: vos quién sos. Quién sos.
Entonces se ve desde afuera, desdoblada. Se mira desde el techo. Sigue de costado pero ahora está en una cama, en dos, en tres camas diferentes. Las camas cambian pero ella está siempre en la misma posición: desnuda pero enroscada en la sábana, un brazo abajo de la almohada, en posición fetal, agarrando con el puño una esquina de la tela y apretándola contra el corazón.
Ellos cambian. Son tres que se repiten. Uno alto que fuma, uno bajo que duerme, uno que no puede identificar pero habla solo. Y cada tanto, algún otro cruza la habitación riendo. Riéndose de ella. Y los que ríen les contagian la risa a los que cambian en la cama y todos se ríen de ella.
¿Ese es Ramiro? ¿Ese es Lucio? Ese quién es, pregunta Muv y espera que alguien le conteste. Quiénes son estos. Por qué me hacen esto. Quién me hace esto, grita y siente que la agarran pero ella pelea, intenta zafarse. Le oprimen los brazos.
Sueltenme. Esto es un sueño, estoy soñando y me tengo que despertar. Salvador, dónde estás. Salva. Salva, dónde estás.
Siente que se cae. Lo que la mantenía flotando, la deja caer. Siente que va estrellarse contra ella misma, en esa cama que cambia, con esos hombres que cambian y ríen y se le acelera el pulso y grita. Grita.
La sacuden. Y dicen su nombre. Abre los ojos con miedo. Tiene mucho miedo. Abre los ojos. Abre los ojos y lo mira. Ya no sueña.
Lo abraza.
No me lastimes. Juramelo. No me lastimes nunca más. Por favor, le dice.
El le acaricia la cabeza.



jueves, septiembre 06, 2007

Novios

Salvador la esperaba en la vereda del cine que ella había elegido.
Si yo te invito al cine, vos elegís la sala, dijo y ella eligió.
Ella llegó caminando apurada y mirando hacia dentro del cine a través de las paredes de vidrio, intentando encontrarlo.
En la esquina, se paró de espaldas a él y él viéndola delante suyo, evitó sorprenderla por la detrás. La dejo buscarlo. Y la vio linda pero no linda como siempre sino linda como la veía antes y se sintió afortunado por vivir con ella.
En la puta vida pensaste que una mina así iba a terminar viviendo con vos, pensó.
Muv giró y dijo ahi estás.
Se acercó y le dió un beso en la boca. Qué sacaste.
Saqué cualquiera, le dijo Salvador. Estuve pensando.
Zás, dijo Muv y miró hacia el cielo.
Salvador le hizo hambre y se sonrió. Siguió hablando.
Estuve pensando que nosotros, al final, nunca fuimos novios.
Muv lo miró y no dijo nada pero pensó: Con qué me va a salir esta vez.
Pasamos de ser amigos a estar casados, siguió Salvador.
Juntados, dijo Muv.
Juntados, ok. Pero nunca fuimos novios. Y así no va. Tenemos que ser novios, al menos, un tiempo.
Muv miró el reloj. A qué hora empieza la película.
Todavía falta, le respondió. Prestame atención.
Te presto, te presto, respondió Muv.
Vení.
Salvador la agarró de la mano y la llevó caminando a dar una vuelta manzana. Eran las ocho y veinte de la noche.
A mí me parece que si no somos novios, un poco aunque sea, esto se va a terminar antes de lo que pensamos.
Muv se detuvo. Pensó: Cree que se va a terminar. Me va a dejar.
Qué me estás diciendo, Salvador, dijo. Querés que me vaya de tu casa?
Es tu casa, también.
Es tu casa. La compraste vos solo.
La compré yo solo y te la regalé.
No deja de ser tuya.
No te estoy pidiendo que te vayas. Uff. Por qué siempre todo es para el peor lado que puede ir. Y por qué no dejás de interrumpir así puedo terminar de decirte lo que pensé.
Bueno, dale. Me callo.
Entonces, Salvador habló y dijo que nunca le había comprado flores porque se conocían tanto que sabía que a ella no le gustaban las flores pero que tampoco nunca le había comprado un disco porque todos los discos que compraban, los compraban juntos. Y que más que una pareja eran como los gemelos fantásticos y eso hizo reir a Muv. El también sonrió pero siguió hablando.
Nunca estuve esperando que terminaras de arreglarte para salir. Ni me hizo ruido la panza porque iba para tu casa. Salimos poco. No tenemos amigos. Estamos demasiado domésticos.
Ves? Querés que nos separemos.
Uff. Callate. Escuchá.
Qué me querés decir, carajo. Dejá de dar tantas vueltas.
Que quiero que seamos novios y no hermanos. Eso te quiero decir. Siempre le sacás el románticismo a todo. Me tiene podrido eso. Me tiene podrido que veas todo como un drama -y yo te hago el juego en eso- o que te cagues de risa cuando intento hablar en serio. Vos querés ser mi novia, ahora o no?
Yo pensé que ya era tu novia. Pero tenés razón. Novios-novios, nunca fuimos. Lo que no sé cómo se hace es ser tu novia viviendo con vos. Todos los novios que tuve vivían en su casa.
No es un problema de locación, nena, dijo Salvador un poco cansado y apoyándose contra la pared de un estacionamiento. No te da bronca que estemos viviendo como si fuéramos un matrimonio que hace cincuenta años que se casó, cuándo apenas hace dos años que intentamos estar juntos? Nos levantamos, desayunamos. Te doy un beso, me voy a trabajar. Vuelvo de trabajar, te doy un beso, cenamos. Miramos un poco de tele, nos vamos a dormir. No sé. Me parece que no tendría que ser así. Debería ser diferente.
Cogemos. No estás contando que cogemos todas las noches y algunas mañanas, corrigió Muv.
Hace cuatro días que no nos tocamos ni con el aliento, dijo Salvador.
No me hagas acordar de hace cuatro días, amenazó Muv.
No te hago acordar. Pero te das cuenta que así no va. Poné un poco de tu parte, también. Yo no compré la casa para que vos te conviertas en ama de casa. Yo compré la casa para que vos siguieras siendo lo que eras, más cómoda, sin tener que ir y venir de un departamento a otro, todos los días y además, para que estuviéramos más tiempo juntos. Y al final, estabamos más juntos antes que ahora.
Estás arrepentido, le preguntó Muv.
Pero sos boluda, Muv? No te das cuenta que quiero que estemos igual pero mejor? No te das cuenta que te lo digo porque no pasa naturalmente? Yo quiero que vos te mueras de ganas de que yo llegue a casa. Yo tengo ganas de no ver la hora de rajarme del laburo para estar con vos. Y no veo que a ninguno de los dos nos esté pasando esto. Y así no va. Entonces, algo hay que cambiar. Porque yo sé que vos me querés. Y vos tenés más que claro que yo te quiero. No lo hagas todo tan difícil.
Muv se quedo callada. Pensó que no era la única que lo hacía tan difícil. Y también pensó que no tenía ganas de discutir.
Vos no sabés si yo me muero de ganas de que llegues a casa o no. Te darías cuenta si dejaras de sospechar que a mí siempre me interesa otro que no sos vos, le dijo y se lo dijo con una voz suave, explicándole. Yo te extraño cuando no estás pero por nada del mundo, me voy a poner rompe pelotas. No te voy a llamar cada hora al laburo para decirte que te quiero y que te extraño porque estás laburando y yo estoy al pedo. Y si fuera al revés, a mi me sacarías de quicio.
Te sacaría de quicio que yo te llamara y te dijera que te quiero y que te extraño?
Me sacaría de quicio que lo hicieras cada hora durante cinco días durante todos los días, terminó de decir y ella también se apoyó contra la pared del garage, al lado de Salvador. Suspiró.
Qué, dijo Salvador.
Que siempre lo mismo, Salva. Siempre estamos hablando, haciendo ponencias sobre nosotros. ¿Por qué tiene que ser todo tan conversado? Si vos querés que seamos novios, por qué no empezás por comportarte como un novio en lugar de consultarme, avisarme, preguntarme si estoy de acuerdo. Yo no tengo el manual de las relaciones de pareja. Nunca antes me enamoré de mi mejor amigo. No sé nada. Y a veces, extraño tener un amigo con quién hablar de vos.
Mirá vos, dijo Salvador. Igual, vos tenés a Leni.
Ya sabés como es Leni. Además, cuánto hace que no la veo? Tres meses? Cuatro? Seis? No tengo ni la más pálida idea de cuánto hace que no la veo.
Y llamala.
No quiero. No quiero que nadie me cague a pedos. Menos Leni.
Y qué querés?
Quiero vivir tranquila, conseguir un buen trabajo y estar bien con vos. No me parece mucho. No me parece exagerado.
Y no.
Pero no puedo cargar con todo esto yo sola. Peleo contra el laburo, contra mí y encima a vos te tengo enfrente casi todo el tiempo. Vos tampoco eras así, antes. Vos eras mi compañero. No sé en qué momento nos volvimos... esto.
Salvador la abrazó. Empezaron a besarse sobre la pared del garage como dos adolescentes durante un rato largo. Y no hubo palabras por un rato largo. Besos, lenguas, caricias, manos hasta que se tuvieron necesariamente que detener.
Ya sé, ya sé. Somos viejos para coger en la calle, dijo Salvador.
La película, dijo Muv atrayendolo hacia ella y dándole un beso y después otro.
Ahí vamos, dijo Salvador y se separó de ella despacio pero sin dejar de tocarla. Como cuando empezaron a dar la vuelta manzana, la agarró de la mano.
Que vamos a ver, volvió a preguntar Muv.
No sé. Saqué cualquier película. Tenemos la última fila, aclaró Salvador y le guiñó un ojo.
Muv sonrió y se quedó pensando si para ir a la última fila de un cine para ver cualquier película no eran demasiado viejos, también.
Pero adentro del cine, no le importó demasiado el tema de la edad.





domingo, septiembre 02, 2007

Hablar

Salió media hora antes del trabajo. Llegó hasta un edificio de categoría y apretó el 3B.
Salvador Prats, dijo y esperó a que bajara alguien a abrirle.
El que bajó fue un hombre. Le llegaba al hombro, tenía el pelo un poco largo y anteojos. Estiró la mano. Se saludaron.
Subieron un piso por escalera. El departamento era un poco oscuro. Salvador siguió al hombre por un pasillo lleno de puertas cerradas.
Lo hizo entrar en la última y le pidió que lo esperara un minuto.
Salvador se sentó. Intentó repasar con la vista cada objeto, cada mueble. No había demasiadas cosas. Un sillón de tres cuerpos, un sillón de un cuerpo, una mesa con un velador. Pipas. Un escritorio, dos sillas. La entrada del hombre a la habitación le interrumpió la recorrida.
Vos dirás que te trae por acá, dijo.
Salvador se aclaró la garganta. Te puedo tratar de vos, no, preguntó y el hombre le respondió que si con la cabeza.
Salvador se cruzó de brazos.
Bueno... vengo, básicamente, porque no tengo con quién hablar, dijo. Te puedo decir José, no?
Claro, dijo el hombre. Hiciste algún tratamiento, alguna vez?
Nunca, respondió Salvador. Y no creo demasiado en los psicólogos, para ser sincero. Pero tampoco creo en los carniceros o en los curas o en los plomeros. Así me lo hizo ver mi novia, bah.
Ajá. Te animaste porque tu novia insistió?
No. Ni siquiera sabe que vine. Me animé porque no tengo con quién hablar sobre ella. Esas fueron las últimas palabras de Salvador antes de empezar con la historia de cómo y cuándo conoció a Muv, el momento en que se hicieron amigos, los años que fueron amigos, la forma en que empezaron a salir como novios, la separación, la muerte de Oma, la reconciliación y la convivencia.
Estás en pareja con tu mejor amiga, entonces, dijo José. Por lo que contás, todo suena bastante idílico.
Bueno, es la vida real. Idílico no hay nada. Ya no es mi mejor amiga. Ya no tengo mejor amiga. Y me di cuenta que no tengo otros amigos para hablar lo que hablaba con ella. Y no puedo hablar de ella con ella.
Entiendo. Se conocen de toda la vida, saben mucho el uno del otro...
Tengo miedo de que se vaya.
Están en una etapa de crisis?
No. O sí. Una crisis permanente desde que nos pusimos de novios. Cuando no es ella, soy yo. Cuando no soy yo, es ella. Tengo miedo de no alcanzarle. La mayoría del tiempo me siento un estúpido. Me parece que hago todo mal o peor, que hago una cosa bien y setenta mal que borran la que hice bien.
Por qué hacés setenta cosas mal? Digo, es un número considerable como para no saber por qué, no te parece?
Mmm. Que sé yo. Cuando me agarra el miedo a que me deje, hago cualquier cosa. A veces queriendo, otras veces sin querer. La cosa es que...antes de vivir juntos, ehm... tuve una relación ocasional con otra mujer. Ya estabamos de novios. No pensaba decirselo pero ella lo descubrió y por eso se fue de viaje a Europa. De un día para el otro.
Ajá, dijo José mirando a Salvador y alentándolo a seguir.
Bueno, estoy siempre en deuda por eso. Nunca termino de pagarlo y presiento que algún día, más tarde o más temprano, ella me va devolver la gentileza. Cuando lo pienso, me siento mal. Ella no es así. Nunca fue vengativa, al contrario. Es más bien de ignorarte, de hacer de cuenta que no existís. Nunca se portó así conmigo pero lo hizo con otros, dijo Salvador y sintió que le temblaba la voz.
Los otros también vivieron con ella?
No. Sólo uno que la dejó y ella tuvo una especie de depresión. Dejó de comer, se quedó en la cama, esas cosas. Lloraba. Siempre lloró mucho. Desde hace un tiempo no llora delante mío pero todavía llora, aunque se contiene más que antes.
Vos me venís a ver por tu novia o por vos, preguntó José.
Por mí. Porque yo quiero, suena cursi, ya sé, amanerado, dijo Salvador, pero yo quiero hacerla feliz. Quiero que se quede conmigo y que tengamos hijos y todo eso. El problema es que, últimamente, cualquier cosa genera un quilombo, un desbarajuste exagerado, quiero decir y es como estar todo el tiempo empezando de nuevo y hablando de que la cagué, la engañé, quiero decir. No sé. A veces creo que si ella me engañara, estaríamos a mano. Pero nada más pensarlo, me dan unos celos que no puedo explicar. La mataría si pudiera, dijo Salvador y miró a José, agachando la cabeza. Pero no la voy a matar. Me muero si la mato. O me mato yo, después. Salvador hizo una pausa. Estoy exagerando un poco, igual, me parece.
Salvador puso los brazos sobre el escritorio.
Hace unos días me puse un poco agresivo. Me da vergüenza. Me zarpé. Y pensé que no estaba bien. Que no puedo reaccionar así. Que tenía que hablar con alguien. Por eso te llame. Por eso vine.
Ok, dijo José. Podés venir todos los miércoles a esta hora?
Sí. ¿Ya está? dijo Salvador. Cómo es el tema de los honorarios?
Yo cobro sesenta pesos por sesión.
Salvador levantó las cejas. Hizo un cálculo rápido. Doscientos cuarenta por mes. Casi tres lucas en un año. Más vale que arregle algo por esa guita, pensó.
Te parece bien, preguntó José.
Sí. Tendría que ver un poco.
Cuánto podés pagar?
Llego a cincuenta más cómodo.
Perfecto. Entonces, el miércoles a la misma hora de hoy.
Buenísimo. Gracias, dijo Salvador.
Bajaron la escalera en silencio. Antes de salir se dieron la mano. Hasta la próxima, dijo José.
Salvador salió a la calle. Se sintió un poco más liviano.
No le voy a contar nada a Muv, pensó. Por ahora, no.
La llamó al celular. La invitó al cine. Ella aceptó.



Perro

Muv se sentó a las puteadas. Se había olvidado el reproductor de mp3 sobre la mesa del comedor y ahora, en el subte -que quizás por la hora o porque lo había tomado en la terminal estaba vacío- por más esfuerzo que hizo, no pudo dejar de escuchar la conversación que tenía una pareja que se sentó frente a ella.
Los miró disimuladamente. Eran una pareja común, como cualquiera de las otras. Ni él ni ella tenían una belleza singular. Ni él ni ella se destacaban de demás los pasajeros.
Intentó recordar alguna canción de los Smiths pero por más fuerza que hizo, no pudo encontrar la melodía. La conversación ajena se le metió en los oídos.
El le decía que ella lo estaba tomando demasiado en serio. Ella lo miraba como si hablara japonés. El repetía que extrañaba a su ex novia, que no se sentía cómodo. Ella lo seguía mirando de la extraña forma que mira el que no entiende una palabra de lo que le están diciendo. El quiso ser claro: no quiero una novia. Ella arqueó los ojos. Ya fue, le contestó. El se la quedó mirando. No te pongas mal, le dijo. Ella lo miró. Nada que ver, no estoy mal. Estás mal, yo te conozco, dijo él e intentó tocarle la cara. Ella movió la cabeza hacia atrás. Podemos ser amigos, dijo él.
La mujer respiró pronfundo. Inclinó la cabeza, levantó una ceja. Muv estaba atrapada por la conversación. Ya no les despegaba los ojos.
El hombre miraba a la mujer con mirada de santo o de cachorro, como comprendiendo el dolor que ella sentía por haber sido víctima de semejante desprecio.
Pero escuchame una cosa, pedazo de forro, dijo la mujer y Muv se sobresaltó porque casi lo dijo a los gritos, quién es el pelotudo que me llama todos los días? Quién es el que quiere ir de la manito por la calle, cuando salimos del telo?
Muv bajó la vista. Miró el techo, movió la pierna, buscó algo dentro del bolso. Conocía la escena, la había vivido, la había visto, la había oído y hasta se la habían contado. A veces, entre risas, con bronca, llorando. Una escena repetida. Mil veces. Siempre la misma escena.
Pero la mujer seguía.
Mientras estuve con vos, salí con otro. Es hora de que lo sepas y te replantees quién fue el que se tomó esto demasiado en serio. El otro sí me gustaba. Ahora, tranquilizate y ponete cómodo.
Muv sintió palpitaciones. Decidió bajarse en la siguiente estación aún cuando no era la que le correspondía a su destino y contra su morbo que le pedía a gritos que siguiera oyendo y que se enterara de todo.
Lo último que escuchó fue al hombre pidiéndole a la mujer que bajara la voz. Después, una lluvia de puteadas de parte de ella.
Se sintió tranquila en el andén, caminando. Recordó, con una sonrisa cínica, las veces que había mantenido conversaciones así con algunos de los catalogados "tipos sin importancia" y la proporción directa de oportunidades en las que había escuchado todo eso sin responder una sola palabra. Sin contestarles nada a esos, a los sin importancia, a los "uno", a los cualquiera, que sólo eran eso: unos sin importancia.
Reflexionó: tan sin importancia no fueron. De haberlo sido, no los recordaría y sin embargo, los recuerdo. Qué lástima haber perdido tanto tiempo. Qué lástima no haber contestado. Lo peor del silencio es que se convierte en rencor y uno siempre lo lleva encima.
Se sintió lastimada. Todavía, después de tanto tiempo. Como uno de esos perros de la calle a los que la gente patea y que después, cuando cualquier humano les acerca la mano, tira el tarascón. La entristeció reconocerse asi. Y reconocer que así había actuado durante años y quizás, hasta ahora.
En la escalera mecánica repasó algunas caras, las que podía recordar. Al final, no eran tantos y errores comete todo el mundo, volvió a pensar. Intentó perdonarse.
Qué suerte que nunca más voy a pasar por eso. Por suerte, no son todos iguales.
En la calle, prendió un cigarrillo. El viento le apagó el encendedor tres veces. La cuarta, consiguió mantener la llama prendida.
Caminó dos cuadras. Pensó en Salvador.
Y si me quedo así, como un animal lastimado, por el resto de mi vida? No se puede vivir así, pensó. No. No se puede.