jueves, noviembre 29, 2007

Arena


Se acostó sobre la lona. El sol le pegaba en la cara, sentía calor en la nariz y en el borde de los labios. Con los ojos cerrados, escuchaba el sonido del mar y el grito de los que armaban las carpas de un balneario un poco más allá. Con la punta de los dedos levantaba montoncitos de arena y los dejaba escapar, una y otra vez. Una y otra vez. Respiraba profundamente inflando el abdomen y soltaba el aire dejando las costillas al descubierto.
Dejó de tocar la arena y se pasó la mano por la malla enteriza. Desde aquella cicatriz en forma de S, no volvió a dejar su abdomen al aire. A pesar de estar tapada, podía notarla con la yema de los dedos. A pesar de los tres años que habían pasado, todavía sentía esa parte del cuerpo, el músculo abdominal cortado, como de trapo, sin sensibilidad.
Supo en ese momento que esa cicatriz le había cambiado la vida; que hasta estos días en la playa, no había podido darse cuenta, cuánto y cómo esa víbora rosada que le partía el cuerpo en dos, había cambiado todo, había movido todo de lugar. Pensó, durante un rato, que alguien -un médico- había cortado su cuerpo, metido su mano dentro de ella, dentro de su cuerpo lleno de sangre, con temperatura; de su cuerpo vivo y había sacado uno de sus órganos. Pensar en eso, en algo en lo que no había pensado hasta este día en donde el sol le quemaba la nariz y los hombros, donde sólo se escuchaba el sonido del mar y las voces de los que armaban las carpas, le dio escalofríos.
Aquel momento parecía tan lejano y sin embargo, cuando llegaba esta época, se hacía presente como si estuviese volviendo a pasar, como si sólo hubiesen pasado minutos. La cabeza se le llenó de recuerdos: los ojos cerrados, los oídos atentos casi a toda hora, el ruido de la camilla, del trabajo de las enfermeras, las caricias de tantas manos que sólo reconocía por el olor, la voz de Salvador, de mamá y de papá, el auricular que Emilia le ponía a escondidas de las enfermeras, el ratito que le permitían verla, el dedo con que Leni la tocaba, como si fuera a romperse. Y el después: volver a casa y vivir casi con miedo a respirar, por las dudas de que el cuerpo se retobara de nuevo, la recuperación, las cosas que no podía volver a hacer, el trato entre algodones, los meses que pasaron hasta que dejaron de tratarla como a una enferma.
Pensaba en eso pasándose los dedos por la cicatriz, recorriendo de memoria la trayectoria del corte, la textura abultada de la costura prolija, cuando se sobresaltó.
Un cuerpo se arrojó sobre el suyo, otro encima del primero y otro sobre el segundo y por último el grito de "pobrecita mi hermana, che, salgan de encima, densos" que la hizo reír.
Salvador, Leni y Pedro, muertos de risa, terminaron tirados sobre la arena mientras Muv abría los ojos y Emilia la saludaba con un beso y un abrazo.
De qué me quejo, pensó Muv. De qué me estoy quejando. Nadie tiene la suerte que tengo yo. Nadie tiene una vida como la mía.
Me quedaría acá toda la vida, les dijo mirándolos.
Qué viva es esta piba, eh, dijo Leni.


miércoles, noviembre 28, 2007

Jurar

Se levantaron después de que Leni y Pedro se fueron a la playa. Habían almorzado juntos. Salvador seguía teniendo los ojos hinchados y la nariz congestionada. Muv miraba la junta de las baldosas sin pestañear. Se sentaron uno frente al otro en la mesa de madera que se usa para comer mientras esperaban que el agua de la pava estuviera a punto para tomar un café reparador después de la siesta.
El televisor estaba encendido en un canal de música.
Cada tanto, Salvador se pasaba los dedos por los párpados inflamados y sonaba para arriba.
No quiero seguir llorando, pensaba Salvador. Quiero dejar de llorar. Dónde tenía tanto llanto que ahora no puedo dejar de moquear.
Muv cortó una cuadrado de papel de cocina del rollo. Se lo alcanzó sin dejar de mirar el piso.
Salvador la recorrió con la vista: la columna encorvada, los hombros hacia adelante, el flequillo parado.
Se levantó de su lugar en la mesa para verla completa: la remera larga a mitad de la pierna, las rodillas juntas, los pies sobre las baldosas mirando hacia adentro. Parado, frente a Muv, puso cada una de sus palmas debajo de sus axilas y la siguió mirando. No se sentía bien. No sabía si la culpa era del sol o del llanto de la noche anterior o de las dos cosas; lo que sabía era que el cuerpo le dolía como si le hubiesen pegado una paliza y que le pesaban los ojos y que se le estrangulaba la garganta, en ese momento, todavía, como en la noche anterior.
Dio media vuelta y empezó a batir café instantáneo. Se concentró en dejar la mezcla de azúcar, café y apenas dos gotas de agua, perfectamente clara. Cuando comenzó a verter el agua sobre la mezcla de cada taza, creyó que iba a volver a llorar y no supo que hacer. Decidió no darse vuelta y seguir sonando para arriba, mientras Muv cortaba otro papel del rollo.
Nunca nadie lloró toda una noche por mí, dijo ella como si hablara sola. Nunca nadie, en todos estos años, lloró de la manera en que vos lloraste anoche. Nunca me quisieron tanto como para llorar. Menos para llorar así. Y yo no sé cómo hacer con tanto amor. No estoy acostumbrada a esto. Me encanta pero no sé cómo hacer. Es como si te dieran lo que siempre quisiste y pensaste que nunca ibas a tener. A veces, me asusta. A pesar de todo, a pesar de lo que parezca, a veces, no puedo creer que me quieras así.
Salvador tomó aire por la boca. Una bocanada larga que contuvo durante unos segundos, sin darse vuelta.
No quiero que llores por mí. Cada vez que lloré por alguien me sentí una desgraciada, un felpudo, una cosa sin valor. No quiero que sientas eso. Ni por mí ni por nadie. No quiero que te sientas así porque vos sos lo mejor que tengo, lo mejor que tuve y porque hay que dejar de llorar, de una buena vez, terminó de decir Muv que cuando levantó la cabeza vio que Salvador se tapaba la cara con las dos manos.
Se paró despacio. Logró que Salvador se destapara la cara. Lo vio llorar. Le secó las lágrimas, le lavó la cara. Lo hizo sentar y se sentó sobre él, frente a él. Las piernas le quedaron colgando a cada lado de la silla, sobre las piernas de Salvador.
Salvador apoyó la frente en la base del cuello de Muv. Ella le acarició el esternón con una mano, lentamente, en círculos, justo donde ella sabía que se amontona la tristeza; en ese lugar que ella conocía mejor que nadie; ese lugar que desde que vivía con Salvador no había vuelto a acariciar porque ya no había nudo, ni temblor ni montón.
Empezó a llover.
Pedro y Leni entraron corriendo y los vieron, una sobre otro, como si fueran una sola cosa, sentados en la silla.
Muv levantó la cabeza y se puso el índice perpendicular sobre la boca. Leni codeó a Pedro y le señaló la escalera con la cabeza. Pedro frunció parte de la cara. Leni señaló la escalera y con un solo gesto le dio a entender a Pedro que subiera, se callara y no hiciera ruido.
Salvador había dejado de llorar.
No me hagas lo de anoche nunca más, le dijo, entre mocos.
Nunca más, dijo Muv, te lo juro por la Oma.
Y lo juró haciendo una cruz con los dedos en la boca que hizo reír a Salvador.
El café se había enfríado.



martes, noviembre 27, 2007

Muerta

Se fueron a acostar temprano. El sol, la arena, la playa, el cuerpo caliente y la caminata, los dejaron cansados como si hubiesen corrido una maratón.
Muv se dejó caer de espaldas sobre la cama de la casa de la playa. Salvador se le tiró encima, cruzándole el cuerpo. Después de un rato, las voces de Leni y Pedro dejaron de escucharse.
Al principio, les resultó extraño tanto silencio. El ruido de las ramas de los árboles, el viento, se escuchaban con tanta nitidez que a Muv le dieron ganas de llorar.
Uy, dijo Salvador. No vamos a empezar con eso, no?
Muv lo abrazó. Le preguntó si se acordaba.
De qué?
Le volvió a preguntar si no se acordaba de esa chica que había dejado en la estación, la primera vez que fueron juntos a la playa.
No, no me acuerdo. Qué tenía.
Se llamaba Cecilia, dijo Muv, y te incendió el corazón. Nunca te vi llorar tanto por una chica como esa vez.
Tenía dieciséis años, Muv.
Era linda esa chica. Se la tragó la tierra. Mirá que hicimos casi todo para encontrarla, eh.
Amor de verano, dijo Salvador y se acomodó despacio, de espalda sobre el colchón, haciendo ssssss y ays suspirados. Me tendría que haber puesto protector.
Tenía unos ojos preciosos y no sé por qué a mí me parecía que te podía querer como yo quería que te quisieran.
Quién?
Cecilia. Fue a la única que no le tuve bronca.
Pf. Mirá de lo que te venís a acordar. Acostate, insolada, dijo Salvador.
Muv se sentó en la cama. Empezó a desvestirse. Giró la cabeza. Vio a Salvador con el antebrazo sobre los ojos, el cinturón desprendido, la remera levantada.
Prometeme una cosa, le dijo.
Muv, acostate.
Prometeme que si por cualquier cosa, a mí me pasa algo, vos vas a buscar a Cecilia.
No te va a pasar nada por ninguna cosa.
No se sabe.
Vos no sabés. No te pasó nada hasta ahora, no te va a venir a pasar justo en este momento. No me rompas las bolas.
Muv se sacó la ropa. Se acostó. Salvador se sentó en el borde de la cama.
Por qué tenés que entristecer todo? Fue un día increíble, pasamos todo el día en la playa, me quemé hasta las axilas y ahora, todo este... bajonazo.
Prometeme que la vas a buscar, insistió Muv.
Salvador se paró. Bufó. Volvió a bufar.
Es muy difícil, así, dijo Salvador. No te prometo nada.
Prometeme que si me pasa algo y te quedas solo, la vas a buscar.
Prometeme que no te va a pasar nada y que te vas a quedar conmigo hasta que seamos viejos y estemos repodridos de aguantarnos. Prometeme vos a mí, dijo Salvador. Siempre prometo yo. Siempre. Vos qué sos capaz de prometer Muv? Sos capaz de prometer que no vas a estar convenciéndote de que te vas a morir? Todos nos vamos a morir pero si vamos a llevar la cuenta de que nos queda un día menos de vida, nos volvemos locos. Es imposible vivir pensando en que uno se va a morir. Me tiene las bolas llenas el cartel de precaución. No vivís vos, ni me dejás vivir a mí.
Pero yo te digo por que...
Vos me decís porque sos una rompe pelotas que no puede pasar un día tranquilo y feliz sin pensar que mañana le van a tomar las medidas para la mortaja. Terminala, nena. Cuando nos volvemos, choca el micro y listo, fuimos, los dos. Y yo no me quiero morir, eh. Y no quiero que vos te mueras, pero dejame de joder con la muerte. Si te morís, te lloro, voy al cementerio, me quedo solo, me vuelvo loco, no sé, ya veré. No me hagas prometer cosas que sé que no voy a cumplir. No te voy a velar en vida. No lo voy a hacer. Y vos tendrías que dejar de hacerlo.
Golpearon la puerta de la habitación. Leni asomó la cabeza y preguntó si estaba todo bien.
Sí, hasta mañana, dijo Salvador y volvió a cerrar la puerta.
Pobre Leni, dijo Muv.
Pobre Leni? Pobre yo. Pobre yo que hoy quería coger como un adolescente con mi novia en una casa que está en la playa y a mi novia se le da por buscarme una novia de hace dieciséis años por las dudas que se llegue a morir. No puedo ni ponerla en paz. Quiero que me prometas hoy que te dejas de joder. No. No quiero que me prometas. Jurame por la Oma que la terminás con esto, esta misma noche.
Muv se quedó callada.
Salvador caminó por la habitación como los leones del zoológico. Muv no lo había visto tan enojado en años.
Por qué te enojás así. Yo te digo lo de Cecilia porque...
Porque nada. Porque a vos te gusta ser Santa Muv, la que se está por morir y le deja al tipo que se acuesta con ella cada noche un reemplazo para que no la extrañe. Hacete cargo: si te morís, yo no voy a saber qué hacer. Me voy a volver loco o me voy a dedicar al reviente hasta que dos años después me muera yo. Asi que, si me querés tanto, tanto, tanto como decís, haceme el favor de seguir viviendo y dejarte de joder con la muerte porque yo no aguanto más el tema. Vos te morís y se te terminó el problema. Para mí, el problema sigue porque te estás muriendo desde que estás viva.
Salvador se sacó la remera y la tiró con fuerza sobre la silla. Muv dejó de hablar.
Se acostó dándole la espalda. Muv prendió la luz, caminó hasta el bolso, sacó el gel de aloe y mientras lo destapaba, le pidió que no se enojara.
Pero me tiene harto. Cuánto hace que no te pasa nada malo? Dos años? Tres?
Tres, dijo Muv.
Entonces? Por qué te tiene que pasar ahora? Por qué? Por que por fin estamos los dos juntos, como tendríamos que haber estado siempre? Por qué? Por qué tenés que pensar en morirte en la playa, en una fiesta, en la montaña rusa? Basta. Yo no puedo con eso. Me esfuerzo pero no puedo más.
Y después de que dijo todo junto y casi sin respirar, Salvador lloró. Lloró como aquella vez, cuando la chica que le había incendiado el corazón entre los médanos, hace dieciséis años, se subía al micro y lo saludaba con la mano, mientras él se quedaba parado en una terminal de la playa, mordiéndose el costado interno del labio para no empezar a llorar delante de todos los que se volvían a su lugar de origen.
Muv se frotó las manos con el gel. Le acarició la espalda despacio y sintió que esa noche, todo era distinto. A lo mejor, esa noche fue la noche que empezó a vivir.
Amaneció soleado. Salvador no se sacó la remera en la playa.



jueves, noviembre 22, 2007

Agujas

Se levantó de mal humor. Durmió poco y le parecía tener los ojos llenos de arena. Desde que salió de la ducha, empezó a putear bajito.
Salvador se limitó a escucharla putear mientras se secaba y se vestía y se prohibió desayunar para que Muv no cortara el ayuno.
Mientras Salvador se rascaba la barba, Muv buscaba algo para ponerse mientras repetía "mierda" unas ciento veinte veces por minuto.
Bueno, a ver si cambiamos el humor un poco, dijo Salvador.
Cómo lo voy a cambiar. A mi me agujerean por todos lados, viste.
Son dos pinchazos, che. No exageremos.
No me rompas las bolas. Son dos pinchazos pero el brazo lo pongo yo.
Que día me espera, pensó Salvador y respiró profundo.
Cuando Muv estuvo vestida, se miró al espejo. La concha de mi madre, dijo cuando se pasaba el peine y descubría que tenía un nudo. Tiró fuerte tres veces. La concha de mi puta madre, gritó.
Y ahora qué, dijo Salvador.
Tengo un nudo en el pelo. No me lo puedo desenredar. Me voy a cortar el pelo, te lo digo. No voy a seguir luchando con estos nudos de mierda.
Dame, dijo Salvador y agarró el mechón enredado y comenzó a pasar el peine despacio.
Te tiro?
No. Qué mierda. Qué mierda.
Salvador pasaba el peine concentrado en las hebras de pelo que formaban una pelota minúscula. Con paciencia, lo fue desarmando.
Ya está.
Gracias, dijo Muv. Estuve pensando que si los análisis llegan a salir mal...
No van a salir mal, dijo Salvador. Vamos?
Escuchame.
Se hace tarde, vamos.
Si los análisis llegan a salir mal, yo no me hago nada, eh.
Vamos, por favor, dijo Salvador. Levantó el bolso de Muv, se lo alcanzó. Muv se lo colgó y caminó como pateando el suelo por el pasillo.
En la calle se dejó agarrar de la mano. Escuchó a Salvador silbar un tema y recordó que la última vez que se hizo los análisis, fue sola. Esa mañana, Muv no podía decidir qué era mejor: sola o con Salvador. Sola, al menos, no tenía que dejar de putear y podía ir fumando hasta la puerta del sanatorio. Con Salvador, ni una cosa ni la otra.
Ya saqué los pasajes, dijo Salvador.
Pensé que íbamos con Pedro y Leni en el auto.
Prefiero que me mate un desconocido en la ruta.
Eso es lo que me gusta de nosotros, dijo Muv, somos uno más optimista que el otro.
Salvador se rió y dijo "viernes, 17.30"
Pensá en eso, ahora, cuando te pinchen. Pensá que vamos a la playa a divertirnos. Y que va a estar todo bien.
Lo intento, dijo Muv.
Llegaron al sanatorio apurados. Esquivaron mujeres con chicos en brazos que Muv, por primera vez no miró y ancianos del brazo de gente más joven a los que Salvador les clavó la vista.
Después del papeleo habitual, se sentaron en la sala de espera. Iban por el número siete y Muv tenía el veintiséis.
En la sala de espera, el canal de noticias pasaba el resumen internacional.
Ponen este canal para que te sientas menos desgraciado, dijo Muv. En lugar de matarte tu propio cuerpo, te puede matar cualquiera.
Es para ver los números de la quiniela, dijo Salvador. Sólo para eso.
Salvador sacó del bolsillo el reproductor de música. Compartió un auricular con Muv.
Querés que te acompañe, cuando te toque, le preguntó.
No. Voy sola. Pero no te vayas.
Cómo me voy a ir.
Ni a fumar un cigarrillo.
Me quedo acá sentado.
Escucharon música hasta que llegó el turno. Muv se sacó el auricular del oído y le dio un beso en la frente a Salvador.
Ahora vuelvo, dijo y cuando se alejó un paso, dijo muy bajito "la puta madre que lo parió".
Intercambió las palabras habituales con el extraccionista. Puso un brazo, sintió la presión de la goma, un poco más abajo de su axila. Los dedos del extraccionista caminaron por la cara interna de su codo, buscando la vena.
Este boludo me va a dejar llena de moretones, pensó Muv.
No miró cuando el extraccionista le dio el primer pinchazo. Cambió de brazo. El segundo pinchazo, a la altura de la muñeca, le dolió cien veces más que el primero. La aguja entró despacio a la arteria y Muv sintió como si le estuviesen pasando metal liquido por la jeringa.
Esto duele, dijo el extraccionista y a Muv le dieron repentinas ganas de darle una patada en la frente.
Salió apretando los algodones que el extraccionista le puso cuando terminó su trabajo.
Salvador seguía ahí sentado. Con los ojos cerrados, movía una pierna al compás de la música que entraba por sus oídos.
Ya está.
Vamos a desayunar. Me muero de hambre, dijo Salvador.
Se sentaron en el bar de la esquina del sanatorio. Cuando llegó el desayuno, Muv miró cómo Salvador devoró dos medialunas en medio minuto.
Pensó: "Si me llega a pasar algo, cuando esté arriba -porque voy a ir para arriba- te cago a trompadas, Dios. No podés ser tan hijo de puta. No podés."



miércoles, noviembre 21, 2007

Control

Decime que no voy a tener que venir toda mi vida, dijo Muv acostada en la camilla, sin mirar al médico, el pantalón desprendido, una bata verde sobre el torso.
No soy tan feo, che. Una vez por año me podés venir a ver, dijo el médico. Sentate.
Muv se sentó. El médico cerró el puño y comenzó a golpearle la espalda.
Duele esto?
No.
Acá?
No.
Acá?
No.
Vestite.
La ayudó a sentarse en la camilla y Muv bajó de un salto. Como si le quemara, se sacó la bata y se puso su ropa, con rapidez.
El médico comenzó a escribir.
El período, preguntó.
Un relojito. Desgraciadamente, dijo Muv.
El trabajo?
Mejor. Un poco.
Tus cosas?
Hermosas.
Mejoramos bastante, entonces, dijo el médico mientras escribía y despegaba recetas del talonario.
Sí. Me estoy portando bien.
Ya veo. Cuando tengas todo, te veo, le dijo acercándole las órdenes.
Muv se paró y se colgó el bolso.
Decime que no voy a tener que venir toda la vida.
Si esta todo bien, con que vengas una vez por año, estamos conformes.
Ufa.
El médico le dio un beso y le abrió la puerta. Muv salió guardando las recetas en el bolso.
Cuando levantó la cabeza, Salvador estaba sentado en la sala de espera.
Hola, dijo él y se paró.
Hola, dijo Muv y se acercó.
Salieron del consultorio, una planta baja al fondo de un pasillo recubierto en madera. Caminaron hasta la calle, como siempre, de la mano.
Emilia o Leni?
Las dos, contestó Salvador. Está todo bien?
Me tengo que hacer mil cosas. Qué embole.
Le dijiste?
No.
Muv, cómo no le decís que te duele.
Hoy no me duele.
Pero te dolió.
Pero hoy no me duele. Contame qué hiciste hoy. Cómo arreglaste para venir. Con lujo de detalles.
Tomemos un helado, dijo Salvador. Tomemos un helado y te cuento.
Caminaron hasta la heladería. Tomaron el helado mientras Salvador contó cómo había pedido permiso y salido de la oficina tres horas antes para llegar a tiempo. El guiño que la secretaria del médico hizo cuándo preguntó si Muv ya estaba dentro del consultorio.
No me dejes afuera de estas cosas, dijo Salvador. Yo no tengo miedo.
Yo tampoco.
Entonces no me dejes afuera.
Es una mierda, dijo Muv.
Igual, no me dejes afuera.
Te está haciendo bien la terapia a vos, eh.
Seh. Mejor me haría no necesitarla.
Se quedaron callados.
Dame las órdenes que yo saco los turnos.
Muv, obediente por primera vez, sacó las órdenes del bolso y vio cómo Salvador las guardaba en el bolsillo interior del saco. Y sintió que no podía más que quererlo. Quererlo tanto como sólo en contadas ocasiones se daba cuenta. Empezó a tener miedo. No iba a demostrarlo.

sábado, noviembre 17, 2007

Curda

Se sirvió un vaso de cerveza, cuando volvió de la calle. Abstemia por elección desde los veinticinco, arrepentida de ser una borracha perdida en cuanta ocasión se presentara, esta tarde, después de dejar dos colaboraciones en la revista y de recibir a cambio un libro de los que le interesan y el disco de su banda favorita, decidió tomar cerveza y el sabor amargo que recordaba no le pareció tan amargo. Se sacó los zapatos.
Últimamente bailaba mucho. Durante horas y con el volumen al máximo como cuando era una adolescente y se pasaba tardes completas imaginando que el chico que le gustaba, bailaba con ella. Ahora no imaginaba a nadie. Sólo bailaba y tomaba cerveza de un vaso que se terminó demasiado rápido. Caminó hasta la heladera cantando y moviendo la cabeza al compás de la música. Inclinó el vaso y sirvió despacio para que no se hiciera espuma. Volvió decidida a meterse al dormitorio pero antes, se desvió hasta el living y se paró delante del equipo de música y siguió bailando con el vaso colgando de la punta de los dedos. Se preguntó, sólo por un minuto, si todavía seguirían bailando como bailaba ella: los pies quietos pero las rodillas, la cadera y los hombros siguiendo el ritmo. No le importó la respuesta. Se rió de sí misma viéndose como una de esas tías de las fiestas que siguieron el resto de sus vidas reproduciendo el último paso de baile que habían aprendido. Largó una carcajada. Otra vez, el vaso vacío.
Cuando volvió a pararse frente al equipo, ya había decidido volver con la botella. Sólo quedaba un culo de cerveza. Sonrió de costado, confirmando que ella con su alma, solita y sola, se había tomado un litro de cerveza. Sintió hormigas en los labios. Hormigas chiquitas e inquietas recorriéndole cada milímetro del labio de las curvas y del otro, el gordo, el inferior y pensó que bajo ninguna circunstancia, ella se emborracharía con un litro de cerveza. No señor, eso no podía ser. Extrañó tener algo para fumar. El papel metalizado en la puerta de la heladera. El trabajo artesanal de separar las semillas. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez? Dos años, a lo mejor, tres. La botella quedó vacía.
Dudó en ir a buscar la segunda botella pero la duda le duró segundos. Caminó rápido. No supo si era la cerveza o la música -de repente, la vida estaba musicalizada- o qué; lo que supo fue que era completamente conciente de su cuerpo, de la manera en que apoyaba las plantas de los pies sobre el suelo, cómo se despegaban, dejando los talones, de a uno por vez, en el aire; la contracción de los gemelos; la fuerza con que sus piernas sostenían la mitad superior de su cuerpo. Sacó la botella de la heladera y otra vez, volvió a bailar.
Se desató el nudo del vestido. Bailó descalza, con una musculosa de breteles muy finos y el pantalón, que después de un rato, voló por el aire.
En bombacha y musculosa, se vio en el reflejo del vidrio de la puerta que daba a la galería y se vio tan linda como no se había visto nunca. También se dio cuenta de que le costaba enfocar la vista en aquella imagen pero lo intentó de nuevo, cerrando el ojo izquierdo. Llenó el vaso otra vez.
No lo escuchó entrar y él, después de verla, hizo todo lo posible por no dejarse oír. Se quedó parado, asomando la cabeza por el marco de la puerta que comunicaba el zaguán con el living. Se aflojó la corbata y sonrió. La veía levantar un brazo, cantar a los gritos, llenar el vaso de cerveza, tomar un trago y limpiarse la comisura con el dorso de la mano. Volvió a sonreír y salió a la galería. La espió para evitar que lo viera pasar corriendo hasta la habitación de escribir.
Se desvistió con desesperación y salió a buscar un jean que colgaba de la soga en la terraza, en boxer. Apareció en el living después de tragar de un solo golpe, cuatro dedos del vodka que descansaba como adorno decorativo en la mesada.
Le tocó el hombro con dos dedos pero ella ni se inmutó. Seguía bailando. Él también empezó a bailar y siguió tocando toda la piel descubierta que encontró. Finalmente, ella se dio vuelta y no hizo falta decir nada. Con la mirada lasciva, pasándose la lengua por sobre los labios, lo provocó con impunidad.
Él dejó escapar una risa grave y comenzó a intentar arrinconarla pero ella bailaba, se le escurría, se le escapaba y le decía que no con la cabeza y sí con el resto del cuerpo. Muv sonreía y sonrió hasta que se dejó abrazar y cayó sobre Salvador, que con las ganas bien dispuestas, se recostó sobre la alfombra.
Qué pretende usted de mí, dijo ella, arrastrando las letras. Me compromete, caballero. Yo soy una concubina decente. Borracha, pero decente.
Hoy te mato, dijo él.
Ella le levantó los brazos y los colocó sobre el piso. Lo miró con el ojo con el que podía enfocar, muy cerca.
Vamos a ver quién mata a quién, dijo. Por qué no hay porro en esta casa, eh.
¿Cuánto hace que estás tomando? le preguntó Salvador muerto de risa.
Dos botellas, dijo Muv. Y ahora, me voy a aprovechar de vos. Preparate.
La música seguía a todo volumen. Ella comenzó a besarlo. Él cerró los ojos y participó de esos besos, acariciándola. De repente, la lengua de Muv dejó de moverse por el cuello de Salvador. La notó más pesada, con la respiración a otro ritmo y las manos, que sostenían sus brazos con fuerza sobre el suelo, flojas.
Salvador le acarició la espalda. Después, metió la mano dentro de su pelo. Bajó los brazos e intentó incorporarse. Muv estaba profundamente dormida.
Más tarde, te mato, dijo Salvador. Muv se acomodó sobre su cuerpo y respondió "sh" apoyando el dedo índice en la boca.
Así quedaron, uno sobre el otro, un par de horas. Ella respirando profundo, él con los ojos abiertos, la mirada clavada en el techo y los brazos rodeándole la cintura.
Está todo bien, pensó Salvador. Está todo bien. Qué miedo.



jueves, noviembre 15, 2007

Recital

Fue una mañana de llamados telefónicos y organización. Primero, llamó a papá y le pidió tres tortillas de papas de esas que sólo él sabe hacer y le pidió que le pasara con mamá. A las nueve, en casa, les dijo.
Después, llamó a Leni y también les rogó puntualidad. Traete esa torta que tiene merengue arriba, no me sale el nombre. Sí, a las nueve.
Llamó a Isabel. Y ahora qué te hizo, le preguntó cuando recibió la invitación.
Nada me hizo, respondió Muv. Qué me va a hacer. Si me adora. Dejá de tratarlo como un infradotado. Dale, a las nueve en casa. Te espero.
Por último, habló con Emilia.
Ayudame, le dijo Muv a Emilia por teléfono. Venite a la tarde con la guitarra.
¿Cómo te sentís? preguntó Emilia desde el otro lado.
Venite a la tarde y hablamos. No te olvides la guitarra.
Cortaron.
Muv sacó de la bolsa un vestido nuevo. Se lo probó y se miró al espejo. Ñoña, se dijo. Parecés una ñoña. Pantalones. Eso necesito. Pantalones.
Se los puso y volvió a mirarse al espejo. Ahora puede ser. Va queriendo, Muv, va queriendo.
Se le pasó la mañana volando y llegó Emilia, con su Gibson colgando del hombro.
Tuve que revolver toda la casa para encontrarla. Qué vamos a hacer.
Voy a dar un recital, dijo Muv.
Epa! Upa, la nena, dijo Emilia y sonrió. A beneficio de quién.
Mío, por Dios, de quién más. Preguntás cada cosa.
Se metieron las dos en la habitación de escribir y Muv le mostró a Emilia las canciones que había elegido.
Pero no me acuerdo cómo se tocaba esto. Anda el disco cerca?
Ca tá! dijo Muv y le tiró el cd a Emilia casi por la cabeza. Emilia lo atajó.
Vamos a ver si me sale.
Te tiene que salir. El público de esta noche es muy exigente.
Pero hace años que no toco.
Es como andar en bicicleta, Emi. Escuchá.
Escucharon las dos el cd completo. Muv cantó las canciones que había elegido.
¿Cómo te sentís?
Sh.
Nena, dijo Emilia, le voy a contar a mamá. Contame.
Bien. Me siento bien. No me trates como a una enferma. Me siento bien. Escuchá que vas a ser un desastre. Esta Leni y la puta que la parió. Yo sabía que no tenía que decirle nada a nadie.
Sh. No me dejás escuchar.
Escuchá, escuchá.
Emilia escuchó. Tocó tres acordes desafinados hasta que por fin, como si le volvieran a la cabeza los años y años de conservatorio, recordaba las notas una por una.
Ensayaron una vez, dos veces, tres. Después merendaron juntas.
Salvador llegó a las siete. Muv lo mandó al chino.
Dale, Salva. Andá corriendo. Unas cervezas, unos vinos, yo que sé. Andá que se hace tarde.
Salvador salió al chino, todavía con el traje puesto. Muv se metió en el baño. Emilia seguía abrazada a la guitarra.
A las nueve en punto fueron llegando de a uno pero todos juntos. El timbre sonaba y Salvador iba y venía.
No sé qué pasa, decía cuando le preguntaban. No me dice nada. Me dice que espere.
Muv apareció con el vestido nuevo y el pantalón, las botas de siempre.
Pero qué va a pasar, exagerados. No pasa nada. No puedo invitarlos a cenar, parece.
Estaban todos ansiosos. Isabel, en un momento que tuvo sola con Salvador, volvió a preguntarle si le había hecho algo.
No le hice nada, vieja. Qué le voy a hacer, respondió.
No, dijo Isabel, si son tal para cual.
Antes de comer, Muv invitó a que pasaran al living. Los hizo sentar en los sillones largos mientras Emilia ponía una silla frente a ellos.
Bueno, dijo Muv, una vez que todos tenían algo servido algo para tomar y estaban sentados, los hice venir porque la señorita Emilia y yo vamos a dar un recital.
Todos los ojos las apuntaron. Detrás de las chicas, un portaretratos con la foto de Oma se asomaba entre sus siluetas.
Yo no tengo nada que ver, dijo Emilia. No me pregunten, son cosas de ella.
Siempre lo mismo con vos, dijo Muv.
Se rieron incómodos todos, las artistas y el público.
Falta una cosa, dijo Muv. Esperen un minuto.
Salió y volvió arrastrando una silla del comedor que puso frente a ella y de espaldas al resto.
Salvador, sentate acá.
Ahí?
Acá.
Salvador se sentó y giró la cabeza para mirar a Leni que hizo el gesto de no saber lo que pasa.
Empecemos, dijo Muv.
Emilia punteó y después de que Muv moviera el pie unas diez veces, cantó. Cantó con los ojos cerrados, al principio, la garganta temblando y en un tono de voz muy bajo y después, a medida que ganó seguridad, cuando vio que nadie se tapaba los oídos o hacía muecas de asco, comenzó a mirar a Salvador.
Cantó. Le cantó. Le cantó mirándolo a los ojos. Y cuando terminó de cantar se puso colorada.
El aplauso fue cerrado. Pedro y Leni chiflaban con los dedos en la boca, Isabel se sonaba la naríz, mamá y papá estaban abrazados.
Salvador se paró y le dio un beso a Muv que papá se resistió a mirar.
Gracias, dijo Salvador. Nadie me va a creer cuando lo cuente.
Me daba vergüenza darte una serenata, dijo Muv.
El público se fue levantando. Felicitaron a Emilia.
Gracias, Muv, volvió a decir Salvador. Es mucho para mí.
De nada, de nada. Después te firmo un autógrafo, en el camarín, dijo Muv guiñándole un ojo y después, mirando a todos preguntó: Vamos a comer?
Caminaron en fila india hasta la mesa. Comieron y hablaron.
A ver cuándo formalizan esto, dijo el padre de Muv antes del postre y todos lo abuchearon.
Pero qué viejo amargo, se le escuchó a Muv cuando todos se habían callado y volvió a ponerse colorada. Todos se rieron de Muv.
Llegó la torta y el café. Nadie quería irse. Se levantaron a regañadientes porque era mitad de semana y al otro día, había que vivir un día de trabajo.
Muv acompañó a mamá, papá y Emilia hasta la puerta.
Te quiero, hija, dijo mamá.
Yo también, ma, contestó Muv.
Besó a papá y abrazó a Emilia.
Leni y Pedro corrieron detrás de ellos. Más besos.
Isabel lavaba los platos en la cocina. Salvador los secaba.
Isa, te acompañamos, querés, preguntó Muv.
No, querida. Mi hijo me va a llamar a un taxi, no es cierto, hijo de mi alma?
Si, santa madrecita, dijo Salvador y salió de la cocina.
Cuando las dos se quedaron solas, Isabel aprovechó.
Cuando te fuiste, vino a casa a contarme. Le di el sopapo que no le había dado nunca. Si vuelve a meter la pata, creo que le doy una trompada, avisó.
No va a meter la pata. Yo no me voy a ir. Tenenos fé.
Bueno, dijo Isabel secándose las manos con un repasador, a mí fé me sobra. Lo que pasa es que ustedes son una máquina de hacer cagadas.
Salvador volvió a la cocina.
Seguro que estaban hablando mal de mí.
Obvio, contestaron las dos a coro.
El taxi llegó rápido. Isabel besó a Muv y se agarró del brazo de Salvador que la acompañó hasta la puerta.
Le dijiste que llame cuando llegue, preguntó Muv cuando Salvador volvió a la cocina.
Sí. Me dijo que no. Que vayamos a hacer lo que tenemos que hacer.
Ah, si! El autógrafo.
Caminaron hasta el dormitorio. Entraron y cerraron la puerta.



lunes, noviembre 12, 2007

Masculino

Como ella, yo también, a veces, tengo la sensación de que me voy a morir de felicidad, un día, dijo Salvador.
José acomodó los anteojos con el dedo mayor, sin dejar de mirarlo. Cómo es eso, preguntó.
Y sí, que el día más feliz de mi vida, el día que no me entre más alegría en el cuerpo, la quedo. Literalmente. Me muero de felicidad.
Cómo sería ese día, dijo José, en el caso de que puedas imaginarlo.
Salvador miró un poco hacia el cielorraso, recorrió la moldura y bajó hasta el marco de la ventana por donde se veían las hojas de un paraíso.
No sé. Me imagino un momento de esos en dónde uno mira alrededor y dice "está todo bien". Una especie de epifanía. Hay de esos momentos. Yo tuve algunos pero ninguno fue por felicidad.
Podés contar alguno de esos momentos, pidió José.
Si, yo que sé. El día que me di cuenta de que mi viejo no iba a volver, por ejemplo. Mi vieja arreglaba el portalamparas de un velador. Estaba sentada en la mesa de la cocina y arreglaba un velador. Yo tenía once años y supe que mi viejo no volvía más. También supe que si volvía, mi vieja no lo iba a dejar quedarse porque arregló el velador. Lo arregló sola, entendés? Ya no lo necesitaba. Mi vieja nunca necesitó a nadie. Un poco como Muv pero peor. Muv le tiene miedo a la gente. Mi vieja, directamente, ignora que la gente existe. Pero yo no vengo acá a hablar de mi familia, ni de mis viejos, ya te dije. Vengo a hablar de mí y de Muv.
José afirmó. "Lo dejaste claro la primera vez".
Bueno, por eso. Creo, un poco como Muv, que el día que me de cuenta que soy completa y perfectamente feliz, me caigo muerto.
Entonces, concluyó José, para seguir vivo, no hay que ser feliz, no? Al menos, no completa y perfectamente. Siempre tiene que haber algo que desencaje dentro de la felicidad. Eso te mantiene vivo.
Salvador sonrió de costado.
No lo había pensado. Pero sí, algo así. Como buscarle el pelo al huevo, no? A veces, parezco una mina, no?
A ver, dijo José con cara de querer indagar sobre el asunto de la femineidad de Salvador.
Sí, que le doy vueltas a las cosas. Estoy muvizado. Y antes, madrizado. No sé. Tenemos un amigo. Se llama Pedro. Es tan diferente a mí. Ve todo mucho más simple que yo. Lo ve menos complicado, no sé. Es más aburrido, también.
Y vos, cómo sos?
Y yo qué sé. Soy lo que puedo. A veces, complicado, medio cagón; otras veces, me zarpo de macho. Intento zarparme poco. A veces, se me va de las manos. Igual, yo siempre intento todo. Todo lo que me sale. A mí me gustaría que Muv fuera feliz.
Feliz, repitió José.
Sí, completa y perfectamente feliz y viva.
Pero la idea de que lo completo y perfectamente feliz, mata, le juega un poco en contra a eso, no te parece?.
Jé. Nos vemos la próxima, no?
Claro, dijo José, riéndose un poco también.
Salvador salió pensando en eso. Cuando llegó a su casa, desde la calle, podía escuchar la música a todo volumen.
Qué pasa acá, se preguntó.
En el comedor, Muv bailaba eufórica. En cuanto lo vió, lo abrazó y se puso a saltar apoyándose en él, hasta que logró hacerlo saltar.
Qué contenta, dijo Salvador. Qué pasó?
Nos vamos a la playa, gritó Muv con la respiración entrecortada por los saltos. En dos semanas, nos vamos a la playa.
Salvador se quedó quieto. Y ahora qué hay que ir a dejar, se preguntó y Muv le notó la preocupación en la cara.
Vamos con amigos. A divertirnos. Bailá!
Salvador bailó.



sábado, noviembre 10, 2007

Dolor

Al fin, loca. Al fin, dijiste algo, dijo Leni, después de que Muv le contó su encuentro con aquella mujer. Por fin te defendés. ¿Viste que es mejor defenderse? ¿No te sentiste mejor? Es mejor decir las cosas, nena, lo que no se dice, se pudre adentro.
Sí, me sentí mejor. Un poco. Tampoco fue para decir: "Fá, qué bien me siento, por qué no lo hago todos los días." Mejor hubiese sido no tener estas experiencias, entendés. Que no hubiesen pasado. ¿Me traes un almohadón?
Leni miró a Muv. Salió y volvió con un almohadón que Muv se puso en la espalda.
Qué pasa, le preguntó después de que se acomodara.
Nada, dijo Muv. ¿Podríamos irnos a la playa unos días, no? Estaría bueno. Salvador se va a copar. Está muy cansado.
Leni se sentó al lado de Muv.
¿Te duele?
Sí, un poco. Un poco más que habitualmente. No es nada. ¿Qué te parece? ¿Nos vamos? ¿Nos aguantan un fin de semana completo? Quiero que Emilia venga con nosotros, también.
Muv, ¿fuiste al médico?
Todavía no.
¿Vas a ir?
El quince.
Puta, te duele mucho si vas a ir al médico, dijo Leni.
Se quedaron calladas durante un rato. Muv se agarró de la mano de Leni.
No le digas a nadie, le pidió.
Leni dijo que sí con la cabeza.
Se quedaron calladas. Cada una pensando en cosas distintas.
Leni, en la forma en que había visto a Muv después de la operación; en la manera que se acercó a tocarle la mano con un dedo como si se fuera a romper cuando estaba en la habitación común; en el llamado de Salvador, al otro día, diciéndole que no sabían exactamente qué le había pasado pero que Muv estaba en terapia intensiva; en cómo esperó días y días afuera de terapia el parte médico; en el color que tenían los brazos de Muv cuando salió del sanatorio, los moretones de los pinchazos; en la forma en que se esforzaba por no llorar cuando la veía, por no llorar de alegría por haber zafado, por estar de nuevo dónde tenía que estar y no en el sanatorio y en que la operación de Muv y toda su complicación, la había acercado un poco a su propia muerte porque uno nunca cree que sus amigos van a morir. Y sobre todo, pensaba en que ahora, Muv volvía a sentirse mal.
Leni tenía miedo pero Muv, no.
Muv pensaba en unos días en la playa, mirando el cielo, riéndose. En los partidos de truco, en las zapatillas llenas de arena, en un buen asado con noche estrellada. En que le dolería la cara de reírse, en que volvería con la naríz pelada y contenta y que el mar, otra vez, se llevaría todo lo malo del año, lejos. Lejos.
Contale a tu hermana, Muv, dijo Leni.
No, respondió Muv y soltó la mano de Leni.
Contale, dale. Por favor.
No, Elena. No.
Contale o no hay playa.
No seas chota.
Contale a Emlia o me pongo insoportable con lo de la playa y no va nadie.
La puta que te parió, Leni. No me hagas eso.
Pensalo. No puede ser todo como vos querés. Salvador no tiene ni puta idea, seguro. Contale a tu hermana. Y después, la playa.
Uf, está bien. Le cuento pero al primer quilombo que tengo con mi vieja, vengo y te mato.
Emilia no va a decirle nada a tu mamá. Si querés te acompaño al médico.
Leni agarró a Muv de la mano, otra vez.
No tengas miedo, le dijo Muv. No va a pasar nada.
No tengo miedo, gila, respondió Leni. Jé, miedo yo, por favor.






jueves, noviembre 08, 2007

Liviana

Muv iba al chino a comprar productos de limpieza, puteando bajito porque habían quedado huellas de zapatos sobre las paredes de la galería, manchas de vino en el mantel y ceniza entre las juntas de los cerámicos del baño, tal como había pronosticado. La mierdita de la gente había quedado adentro de la casa.
La vio venir y la reconoció de inmediato.
La vio venir y lo primero que hizo, fue cruzarse de vereda.
Mientras cruzaba dejó de pensar en la mierdita de la gente y empezó a pensar en su propia mierda, en la mierda que llevaba dentro desde hacía más de diez años, en el momento exacto en que había empezado a acumular mierda.
Entonces, la miró. La miró y volvió a cruzar la calle, dispuesta, esta a vez a confrontarla, después de tanto tiempo.
Mientras se acercaba, la notó envejecida. Y desagradable, desagradable como la última vez, cuando acosaba a un chico que ambas conocían. Aquella vez, a Muv, se le revolvió el estómago. Y aunque fue la última vez que la vio, no fue la última vez que la asqueó.
Algún tiempo después, con el novio de Muv de ese momento, esta mujer -que le aventajaba casi una década- la convertía, por primera vez, en cornuda y al mismo tiempo, le adjudicaba un papel que Muv aceptaría como un mandato karmático: el de víctima.
A lo mejor fue por eso, a lo mejor fue porque, de repente y como si fuera un baldazo de agua, le volvió el recuerdo.
La desaparición misteriosa de aquel novio -que se llamaba Guillermo y que fue el primero del que Muv se enamoró y decepcionó de la forma más dolorosa posible- durante todo el fin de semana; sus llamados a esta mujer -de quién nunca olvidó el apodo: Mey- que sólo eran atendidos por su madre, disculpándose y explicándole que Mey dormía porque había llegado muy tarde aquel domingo y finalmente, el llamado de confirmación de la propia Mey, diciéndole que Guillermo había pasado con ella todo el fin de semana.
A lo mejor fue por todo que volvió a cruzar la calle y evitó moverse cuando pasaba, golpeando su hombro contra el cuerpo de esta mujer que había encanecido.
Después del golpe, Muv giró.
Disculpeme, señora, dijo como si no supiera a quién le había dado el topetazo.
La mujer la miró.
Tanto tiempo, le respondió la mujer, ¿como estás?
¿Nos conocemos? preguntó Muv arqueando una ceja y sintiéndose una actriz genial.
Muv, soy Mey, le dijo. ¿No te acordás de mí?
Muv actuó un sospechoso momento de confusión.
Mey, dijo, me suena.
Nos conocimos en ese curso de fotografía, en el 94. Hace muchos años. No cambiaste nada.
Ah, claro! dijo Muv recorriéndole la cara y reconociendo los dientes, que siempre supuso postizos; las marcas en las mejillas; los círculos de las lentes de contacto por fuera de las pupilas. No te reconocí, cómo te va.
La mujer intentó saludarla después de que Muv habló pero Muv dio un paso hacia atrás.
Bien, bien. ¿Vivís por acá? Vengo a ver a un amigo, le dijo sorprendida.
Sí, acá a la vuelta. ¿Todavía andás con amigos?
La mujer sonrió pero la pregunta, se le notó, le resultó agresiva.
Si, sigo igual, dijo. Se ve que recuperaste la memoria.
De repente, me acordé de todo. Seguís viendo a Guille?
No quiso verme nunca más.
Ah, mirá vos. Quién lo hubiese dicho.
Deberíamos haber hablado después de aquella vez. Ese pibe no valía la pena. No era para vos. Te hice un favor.
Muv pensó un momento.
Sí, la verdad, respondió. Te tendría que haber organizado un agradecimiento público. Una suelta de palomas en la puerta de la escuela, un busto de bronce. Qué mal estuve.
La mujer la miró con una mueca extraña.
Es verdad, le dijo, no cambiaste nada. Reaccionás tarde, como siempre.
Nunca es tarde cuando la dicha es buena, dijo Muv. ¿Dónde vive tu amigo?
A unas cuadras de acá.
Y... le vas a salvar la vida a otra, supongo, contraatacó Muv, debe ser otro que no vale la pena. Es otro de esos que eligió a otra antes que a vos, no? Te queda bien el papel de segunda. Va con vos, con tu personalidad.
Los años te volvieron cruel, dijo la mujer que intentó darse vuelta pero que se encontró con la mano de Muv apretándole el antebrazo.
Si no cambié nada, habré sido cruel toda la vida, le respondió Muv, girándola de un solo tirón.
Eramos inseparables, dijo la mujer, ahora, un poco asustada.
Sí. Eramos. ¿Cómo fue la onda? ¿A quién te querías coger en aquel momento? ¿Al que era mi novio o a mí?
Compartíamos todo, respondió la mujer.
Nunca compartí los hombres.
Nos contábamos todo.
Y la cruel soy yo.
No volví a tener una amistad igual con nadie.
Me lo imagino, dijo Muv. En este mismo momento, sólo de verte, yo no sería amiga tuya. Das un poco de pena y algo de asco, pero eso fue de siempre.
Muv ya la había soltado.
Los años me cambiaron, le dijo la mujer. Ya no tengo edad para creerme una femme fatale.
Nunca deberías habértelo creído.
Me arrepentí, después. Nunca quisiste volver a atenderme.
¿Por qué debería haberte atendido? Yo estaba en edad de no saber que cada elección tiene una consecuencia. Vos, en ese entonces, ya lo sabías.
Yo no sabía nada en ese momento. No te acordás de mi situación de entonces.
Me acuerdo: un ex novio violento que te acosaba o eso decías ; una situación económica endeble que te hizo volver a vivir con tus viejos; un hermano ilegal en el norte; pocos amigos. Tenés razón, ya dabas pena en esa época. Pero yo era piadosa, entonces.
Quedaste resentida. Guardaste rencor por esa estúpidez.
No, dijo Muv. El rencor me apareció ahora. Antes, sólo me dabas más asco que el que le habías dado a todos nuestros compañeros ni bien te conocieron. Ahora, es distinto. Ahora me doy cuenta de que si en aquel momento yo te hubiese dicho que me parecías una mina decadente que no sabía cómo hacer para encontrar con quién coger y que te aprovechabas de los que te dejaban acercar, algunas cosas no me hubiesen pasado. Nos evaluabas, no?. Decías "con estos, voy a poder"; "esta pendeja no debe saber ni chuparla". Porque con los de tu edad, nunca podías, te acordás? Yo me acuerdo. Me acuerdo de ese abogado que te dejó porque la madre no te quería. Y de ese compañero que teníamos, no recuerdo el nombre, uno morocho, que sólo por detener tus avances, cuando lo invitabas a tu casa, siempre iba acompañado. Ah! y de la foto de la morgue, que sacó una de las pocas chicas que cursaba con nosotras y que tituló con tu nombre.
Intento no acordarme de esa época. Ese chico, tu amigo, lo seguís viendo?
Claro.
Pintaba para gay.
No te dio bola?
Nunca.
Es mi marido. Si él pintaba para gay, entonces, los años me cambiaron, che. Soy puto. Muy puto.
Bueno, muy femenina nunca fuiste.
Femenina como vos? No, gracias.
No hablemos más del pasado. Asi que se casaron?
De lo único que vamos a hablar es del pasado porque hoy, te saltó en la cara. Al final, es cierto que hay que saber esperar.
No fue mi culpa que tu noviecito de ese momento fuera tan imbécil como para comparar y arriesgarte por mí, dijo la mujer, al fin, intentado defenderse.
No, no fue tu culpa. Fue la mía. En ese momento, todavía tenía que comprobar para creer.
A la mujer se le llenaron los ojos de lágrimas.
Murió mi vieja, dijo.
Lo lamento mucho, respondió Muv. Habrá sido de tantos disgustos.
La mujer metió la mano en un bolsillo. Sacó un paquete de chicles, se metió uno en la boca y comenzó a mascarlo. Esa acción también le dio asco a Muv.
Si vos te hubieses dejado, le dijo, el rollo hubiese sido con vos pero vos, claro, eras tan inocente, tan "católica", tan virgen.
Muv sonrió. Finalmente, la mujer había dejado ese papel lastimoso y comenzaba a ser aquella que había sido. Y a pesar del asco, confirmó una sospecha que Salvador siempre había tenido respecto a Mey.
Cierto, vos siempre fuiste tan abierta. Yo nunca te juzgué por eso. Debí haber sido la única. Qué triste, no? Que siempre te hayan discriminado por abrirte de piernas o estirar la lengua contra todo lo que se te ponía en frente. Y cuándo encontraste a alguien que no lo hacía, fuiste y le cagaste el novio. Viste? Uno construye su destino, al final. Hay que convencerse de eso, respondió Muv.
No la escuchó responder pero la vio girar. El pelo largo y canoso se movió en bloque.
Muv se quedó parada en su lugar. La vio caminar con la cabeza inclinada hacia adelante. Cuando algunos metros las alejaban, le gritó.
Mey, gritó. Cortate ese pelo, por favor. Siempre te quedó mal.
La mujer no volvió a darse vuelta. Muv siguió su camino al chino.
Tendría que haber hecho esto antes, dijo Muv. Siempre escapándome, siempre escapándome. Siempre desapareciendo.
Entró al chino.
Se sintió liviana.

martes, noviembre 06, 2007

Fiesta

Para las diez de la noche, Salvador ya estaba bañado y cambiado.
El momento incierto de saber si su fiesta sería un éxito o un fracaso pasaba, mientras Muv, con la ropa de dormir, leía, metida en la cama.
No te quedes acá, pidió Salvador por enésima vez. Vestite y acompañame esta noche.
No quiero estar en ninguna fiesta. Es tu fiesta, deberías disfrutarla solo.
Es nuestra fiesta. La inauguración de nuestra casa, dijo Salvador con un poco de tristeza.
Es tu casa, es tu fiesta. Tengo mucho para leer. No te preocupes, no pienso amargarte la noche, no te vas a acordar que estoy acá.
Uf, me cansa esto.
La casa tiene otras habitaciones, respondió Muv cuándo sonó el timbre.
Salvador salió a recibir a los primeros invitados. Leni y Pedro llegaron puntuales, como siempre. Preguntaron por Muv.
No quiere salir del dormitorio. No quiere ninguna fiesta. No sé qué ataque metafísico le agarró ahora. Dice que la gente va a venir a dejar su mierdita en nuestra casa.
Está tarada, dijo Leni.
Que piba enroscada, eh, agregó Pedro.
Dejame a mi, dijo Leni.
Mejor no, respondió Salvador. Si ella no puede salir del dormitorio para acompañarme a mí, prefiero que no salga porque otro interviene. La mato si sale después de hablar con vos.
Leni golpeó con la punta de su zapato izquierdo dos o tres veces el piso.
Decime una cosa, Salvador: ¿Vos querés que ella salga y te ayude con la fiesta o no querés?
Quiero.
Entonces, dejame a mí, que yo sé lo que hay que decirle a Muv para que reaccione.
Salvador suspiró. Pedro arqueó las cejas. Leni caminó directamente al dormitorio y sin golpear la puerta, que estaba cerrada, se metió saludándo a Muv.
Te ayudo con algo, preguntó Pedro.
No. Tengo todo listo. Está la bebida en la heladera, encargué unas empanadas que deben estar por llegar y hay helado para después. Moví el equipo, tengo mucha música.
Volvió a sonar el timbre. Llegaron cuatro compañeros de trabajo de Salvador. De a poco, su incertidumbre se iba calmando. Más tarde, le abrió a Emilia, que también preguntó por Muv. Salvador sólo dijo "dormitorio" y Emilia resopló.
Fueron llegando de poco todos los invitados. La música sonaba suave, la gente tomaba y conversaba, las empanadas iban pasando de mano en mano.
Todo era casi perfecto. Salvador se sentía casi contento. A todos les había gustado la casa y celebraban la idea de la inauguración.
En el dormitorio, Leni, Emilia y Muv discutían.
Mirá, mah sí, quedate acá. Después no vengas llorando porque te metió los cuernos, dijo Leni.
Dale, nena, ponete esto, dijo Emilia mientras sacaba del placard un pantalón azul oscuro y una remera verde. Te pintas un poco, te perfumás, salís y acá no pasó nada.
No quiero salir, che. Dejenme en paz.
Emilia y Leni se sentaron en el borde de la cama.
Yo no sé por qué siempre tenés que complicar todo, Muv, le dijo Emilia. Sos mi hermana y te adoro, pero cuándo hacés estas cosas, me dan ganas de matarte.
Coincido, dijo Leni. Al final, vos no lo querés a Salvador. No sos capaz de hacer un sacrificio por él. Ni que estuviera haciendo una orgía o algo que te hiere el amor propio, boluda.
Ustedes no entienden. No es por Salvador. Es por la gente. ¿Por qué tengo que estar con esa gente? Porque a Salvador no le alcanza estar conmigo.
Qué ingratitud. Sos una hija de puta, no pierdo un minuto más tratando de hacerte razonar, casi gritó Leni y salió, dando un portazo.
Tiene razón, dijo Emilia. No ves que hace la fiesta para festejar que al final están juntos? Yo me vestiría y saldría. Jugás de local, esta vez. Nadie te puede hacer nada malo porque estás en tu casa. Nadie te va a hacer algo malo.
Confías demasiado en la gente.
Pero, Muv, vos y yo también somos gente. Salvador es gente. Los nombrás como si fueran una masa aislada que está de acuerdo en joderte la vida. Basta de esto. Vestite y salí. En quince, te veo en la galería. Y la terminás, porque le voy a decir a mamá. Y vos sabés cómo se pone de densa mamá cuando estás en idiota, asi que por tu bien, hacé lo que tenés que hacer. Ya no sos una adolescente. Punto. Esta discusión se acabó acá.
Emilia salió del dormitorio sin dar un portazo pero con el paso firme de quién no va a volver a entrar.
Muv se quedó sola, mirando la ropa que su hermana dejó sobre la cama.


Muv no se siente bien, pobre, dijo Salvador, excusándose ante uno de sus invitados que preguntaba por ella. No sé si se va a poder levantar de la cama.
Después de decirlo y recriminarse interiormente a causa de la mentira, se acercó a Pedro que tomaba fernet apoyado contra una de las columnas de la galería.
A veces, siento que Muv no me quiere, le dijo Salvador. O que no me quiere tanto como la quiero yo.
Buen momento para ponerse a pensar en ese asunto, dijo Pedro. Dejala; la piba es así; enroscada y más terca que Leni. Más bola le das, peor es. Pasalo bomba y matala con la indiferencia.
Ojalá pudiera, dijo Salvador. Ojalá.
Escuchó cierto revuelo en el living. Alguien saludaba a los gritos a otro alguien, aunque el timbre no había sonado y Salvador no había abierto la puerta.
Se asomó y la vió, vestida, peinada y pintada. "La mato", pensó pero no tuvo tiempo para decírselo porque ella lo abrazaba demasiado fuerte, como si estuviera aterrorizada.
La llevó hasta la habitación de escribir, mientras uno y otro la saludaban y la felicitaban y le preguntaban cómo estaba.
Por qué hacés esto. Por qué siempre hacés esto. Por que cuándo empiezo a pensar en que está todo mal, aparecés y deshaces todo lo que pensé de un sólo golpe. No merezco que hagas esto, dijo Salvador.
No sé. No sé por qué lo hago. No sé por qué siempre hago esto. No sé por qué soy la piedra en el zapato. Me sale solo. No lo planeo.
Qué cosas tan diferentes pudieron decirte Emilia y Leni como para que cambies de opinión? Qué, que yo no te haya dicho.
Que me vas a dejar. Que te vas a ir con otra. Que soy una infantil. Que soy ingrata, boluda e hija de puta. Tienen razón.
Salvador se quedó callado. Respiró. Suspiro.
Vos me querés a mí, preguntó, como si fuera un chico. Vos estás segura que me querés o te estás conformando conmigo?
Muv cerró los ojos y los mantuvo apretados. Dijo y lo dijo de un solo tirón, casi sin respirar.
Yo te quiero como nunca quise a nadie y a veces, te quiero mal porque te quiero para mí sola. Pero a veces, te quiero bien, que es como me gustaría quererte siempre. Yo esperé toda la vida que alguien me quisiera como vos.
Se quedó sentada y agachó la cabeza.
Me mando muchas cagadas. Tengo miedo, dijo.
Salvador resopló otra vez.
Yo esperé toda mi vida para quererte. Ahora que te quiero no me dejes solo. Yo no sé querer a gente ausente. Y no quiero aprender, respondió Salvador. Salgamos. Tenemos invitados. Quedate conmigo.
Se agarraron de la mano. Se les notaba a los dos, que esa noche, en medio de toda esa gente, hubiesen preferido estar solos.
Igual, se divirtieron. La gente se fue temprano. La casa quedó hecha un desastre.





viernes, noviembre 02, 2007

Supersticiosa

Salvador le dijo a Muv que quería organizar una fiesta.
Nunca inauguramos esta casa, le dijo. Sería bueno invitar gente, tomar algo, qué se yo.
No, dijo Muv y siguió escribiendo.
Por?
Porque la gente deja en las casas toda su mierdita y después, sólo los que viven en ella, la padecen. No quiero.
Y desde cuándo vos pensás esas cosas?
Desde siempre. Decime cuándo viste que alguien haga una visita de cortesía, sólo por saber que los que viven en una casa están bien.
Varias veces lo vi. De hecho, nosotros hemos hecho unas cuántas visitas así.
Mentira.
Verdad.
Mentira. Las veces que fuimos a alguna casa, que no sea la de Leni, fuimos porque nos hincharon tanto las pelotas que si no íbamos, nos teníamos que agarrar a trompadas. La gente no entiende que uno no quiera decir que no de primera.
Otra vez te agarro "la cosa", dijo Salvador y se preocupó.
"La cosa", como vos decís, nunca me soltó. No me gusta la gente. No me gusta estar con mucha gente.
No te gusta, claro. Pero al recital ese vas a ir.
Los del recital no van a entrar a mi casa. No mezclemos.
No mezclo. Digo: no te gusta la gente y vas a un recital a un estadio. Incoherente.
Yo no quiero organizar ninguna fiesta. O mejor, hagamos una fiesta nosotros dos, solos. Qué otra gente necesitas.
Muv, no podemos estar siempre solos como si fuéramos Adán y Eva.
Poder, podemos.
Bueno, no quiero. No me parece sano.
No me importa. No quiero que entre nadie que nos toque las cosas. Que venga a fingir que se alegra por nosotros. Es todo mentira. Nadie se alegra por otro. La gente solo se alegra por lo que le pasa a si misma. Nada más.
Uy, nena, qué resentida.
Lo que quieras. Decí lo que quieras. Total, el historial de forreos lo llevo yo. Y no tengo más ganas de que me forreen.
Tu hermana te va a venir a forrear? Leni?
Ah, exageró Muv, qué fiestaza! Vos, yo, mi hermana y mi amiga. La joda loca. Para eso, las invitamos a merendar y ya. Qué fiesta ni fiesta. Dejame de joder.
Salvador se quedó callado un rato.
Nosotros íbamos siempre a fiestas, Muv. Lo pasábamos bien.
Ibamos de levante, Salva. Y no siempre lo pasábamos bien. Además, una cosa es ir a una fiesta, otra, muy distinta, es hacer una fiesta en dónde vivimos. No quiero.
Pero yo si quiero. Yo quiero hacer una fiesta, bailar, tomar, pasar una buena noche con gente conocida.
Bueno, hacé como quieras. Yo no tengo ganas de hacer una fiesta, de limpiar la basura que deja hacer una fiesta, atender a la gente que viene a la fiesta. Me pone de mal humor. No quiero "conocidos" adentro de casa. Si viene alguien, que sea el que nos quiere mucho y bien. Y sabés cuántos son esos? Con toda la furia, son siete.
Bué. Yo puedo invitar a los de la oficina.
Ah, qué lindo. Todos esos forros que estás puteando de lunes a viernes. Sí, claro. Invitalos a casa. Va a ser un momento hermoso.
No seas chota. Demosle un poco de lugar a la alegría.
Mi alegría es que vos vuelvas a casa todos los días. No necesito nada más que eso.
Cuándo te agarró "la cosa" otra vez?
No sé.
Hacía como diez años que no te pasaba.
Doce.
Por qué resurgió.
Porque estamos bien como estamos. Y porque no quiero que nadie venga con su mierdita a ponernos mal.
Salvador pensó. Miró a Muv. Volvió a pensar.
Esto es como creer en la mala suerte, dijo. Vos no crees en la mala suerte. Cómo podés creer en la mala vibra?
"Mala vibra".
Bueno, en esa pelotudez de que la gente trae su mierdita.
Muv se levantó de la silla.
Hacé la fiesta si querés. Hacela. Vas a ver cómo se nos va a la mierda todo por meter acá adentro a tus conocidos. Vas a ver.
Y claro que la voy a hacer. Con tu ayuda o sin ella. Yo quiero hacer una fiesta y espero que te diviertas.
No voy a salir del dormitorio.
No seas pendeja.
Te lo digo en serio.
Cómo vas a hacer algo así.
Desafiame.
Uf. Quiero hacer una fiesta. Una fiesta, carajo. Ni un velatorio, ni una sesión de espiritismo.
Hacé lo que quieras. Ya vas a ver como tengo razón.
Salvador siempre tuvo miedo a las profecías de Muv. Muchas veces, creyó y con razón, que la propia Muv se encargaba de que se autocumplieran.
Quiero que te saques de la cabeza esa idea de la mierdita de la gente. Si un día tenemos un hijo no lo podemos criar para que sea un desconfiado.
Muv se rió.
No va a hacer falta criarlo para que sea así. Lo va a llevar en los genes. Acordate que si tenemos un hijo, alguna parte de su código genético será mío.
Pobre pendejo, dijo Salvador. Voy a hacer una lista. Después te la paso. Los que no quieras que vengan, los tachás.
No cuentes conmigo. Claramente estoy diciendo que no quiero extraños dentro de casa.
Pero son amigos, Muv!
Yo tengo una sola amiga! Y mi hermana. Los demás, son conocidos ocasionales. Uno comparte un tiempo con ellos, cuando empieza a conocerlos, o desaparecen o desaparecés. No me jodas más con lo de la fiesta.
Sos terca.
Sos ingenuo.
La fiesta se hace igual, dijo Salvador, dándole la espalda.
Y todo lo que pase desde ese día en más, será tu responsabilidad.
Muv se encerró en la habitación de escribir. Salvador se puso a armar la lista. No se le ocurrió ningún nombre.