sábado, mayo 26, 2007

Descalza

El sábado está llegando al mediodía. Están levantados hace unas horas. Salvador se rodeó de facturas, impuestos y estados de cuentas. A la izquierda tiene un bibliorato porque desde que se volvió un tipo serio es el que lleva las cuentas de la casa y no hace más que archivar, un día por mes, todo lo que se pagó y se está por pagar.
Muv lee, en el sillón, uno de los dos libros que tiene que reseñar -Cómo sobreponerse a la tristeza y la desilusión. Usted puede recuperarse- mientras toma notas en un cuaderno de páginas verde agua.
Cada tanto Salvador la mira. La ve con las piernas flexionadas, las plantas de los pies sobre el sillón, el libro sobre los muslos, un lápiz en la boca y los anteojos en la punta de la nariz. La ve leer párrafos en voz muy baja y fruncir la cara.
Después, vuelve a las facturas e impuestos y estados de cuenta. Hace números. A escondidas, Salvador lleva meses ahorrando y visitando bancos y más bancos. Quiere comprar una casa. Una casa que queda a dos cuadras de la que era la casa de Oma. Una casa vieja, que vio, otro sábado con la excusa de salir a andar en bicicleta, solo. Una casa que hay que refaccionar desde la puerta hasta el fondo pero dónde pudo imaginar a Muv caminando descalza sobre la pinotea en verano y en invierno. Con una escalera al fondo y un cuartito arriba de la cocina, que una vez acondicionado servirá para que Muv pueda escribir.
Sí, Salvador lo tiene todo pensado. Lo tiene todo pensado y no dirá nada hasta que haya firmado todos los papeles que lo esposen a quince años de cuotas, capital más intereses, a tasa variable y en dólares.
Y una vez que tenga todo firmado, una vez que ya haya metido a los albañiles, ahí sí. Ahí sacará de entre los papeles que guarda en la caja de impuestos que ya pagó, el anillo que compró mientras Muv estaba de viaje, la vez que, desesperado, pensó en irse a Europa a proponerle matrimonio para que de una buena vez ella se enterara de que no había nadie más en todo este mundo que a él le importara tanto; el anillo que vive cambiando de lugar gracias a la curiosidad de Muv que todo revisa, salvo que sean papeles con números y que dejó escondido en su bolsillo durante la agonía de Oma, sin hacer siquiera alusión a él, en ningún momento.
Reconcentrado en sus cálculos, tiene la precaución de no pensar en voz alta, preguntadole a Muv cosas sin sentido como "cómo vas" "¿garrón?", a los que ella contestaba con onomatopeyas de lo más triviales como mjm o eh o uff, entre largos intervalos de silencio.
Vuelve a concentrarse en los papeles y cada tanto se le aparece una pregunta que lo trastorna desde hace semanas.
¿Alcanzará? ¿Alcanzará todo esto para Muv? ¿Valdrá la pena el sacrificio? ¿Será esto lo que ella quiere?
Y cuando aparece la pregunta, Salvador vuelve a mirarla y por un segundo, tiene la peregrina esperanza de que la respuesta es que sí. Que eso alcanzará y que es lo que ella quiere. O que al menos, es lo que él quiere para ella y se siente más tranquilo.
Salva, dice Muv, por qué llevás tanto tiempo con esos papeles.
Alguien tiene que llevar la contabilidad de la casa, darling, le dice sacándole la lengua. ¿Vos? ¿Qué hacés? le pregunta mientras se para y camina los cinco pasos que lo separan del sillón, dispuesto a acomodarse por diez o veinte minutos entre las piernas de Muv.
Leo este bodrio y puteo a ese forro de Joaquín, responde Muv sacándose los anteojos.
Vení, le dice Salvador, dejá eso un rato. Dame un beso y olvidate de ese boludo.
Muv deja el libro sobre el suelo y besa a Salvador. Olvidarse, por ahora, parece que no, no va a poder ser.


viernes, mayo 25, 2007

Acidez

Bueno, dale, contame todo, dice Salvador mientras ponía la mesa. Cómo te fue, qué tal son, con quién te toca trabajar.
Muv cuela fideos, tiene el pelo agarrado con una birome y cuándo escucha la pregunta dice ay.
Qué te pasó? pregunta Salvador.
Nada, nada. Me quemé un poco, la puta madre, responde, sin dejar de volcar los fideos en el colador.
Bueno... entonces? Qué tal la gente? Piola?
Muv piensa una vez. Se acuerda de Joaquín por tercera vez en el día. Más o menos, más o menos, dice. Hay uno creído, el que me tiene que dar los libros. No sé si voy a agarrar, eh.
Salvador separa dos platos y cuatro cubiertos. Hace una pila con dos vasos para llevar todo en un solo viaje.
Pero cómo? Si estabas muy entusiasmada, por qué no querés agarrar ahora? Tan mal te trataron?
No, dice Muv, me trataron como tratan a todo el mundo. Como si fueran no sé qué cosa porque tienen un escritorio en una editorial. Muertos de hambre.
Uh, responde Salvador.
Sí, no importa. Ya voy a ver.
Por lo menos, intentá durante unos meses. Si no va, no va, aconseja Salvador que ahora abre la heladera y saca una botella de cerveza para Muv y una de jugo para él.
Sí, ya voy a ver, contesta Muv que terminó con los fideos.
Con tiempo, te los metes en el bolsillo a todos. Esos no te conocen, dice Salvador desde la mesa mientras Muv camina con la fuente hasta la mesa.
No lo mira mientras le sirve el plato. De a ratos le da una mirada furtiva al televisor.
No me decís nada, dice Salvador. No te das cuenta.
A Muv se le pone la piel de pollo.
De qué?
Mirame bien, le dice Salvador y extiende los brazos.
Muv lo mira. Nota que los brazos tienen casi la misma medida que la mesa.
Qué? Te crecieron los brazos, dice.
No, boluda, dice Salvador riéndose. Mirame bien.
Muv lo recorre con la vista. ¿Qué se hizo? ¿Se afeitó? No. ¿Se volvió a cortar el pelo? No. ¿Se puso un piercing? No.
No sé, Salva, qué tenés.
Uff. Qué tengo. No reconocés este buzo?
Muv lo vuelve a mirar. No. No reconoce ese buzo.
Es nuevo, pregunta.
No. No es nuevo. Este es el buzo que compramos la primera vez que fuimos a la playa juntos, dice Salvador. Mirá.
Le muestra una mancha enorme de lavandina y dos manchas de pintura verde.
Esta mancha, cuando lavé mi ropa, solo, por primera vez. Estas dos, cuando te pinté la biblioteca, te acordás?
Muv dice que sí. Que se acuerda de todo. Ahhhhhhhhhh, te acordaaas, dice pero no recuerda nada y eso la preocupa. Cómo puede ser que no me acuerde, se pregunta. Cómo puede ser que Salvador se acuerde de todo y yo no.
Lo encontré de casualidad, antes de ayer, revolviendo en lo de mi vieja, dice Salvador. Y encontré un cuaderno con canciones. ¿Te acordás cuando se me daba por escribir canciones?
Uy, sí! dice Muv, de eso me acuerdo. Eran pésimas.
Muv se ríe. Se para y le da un beso. Pobrecito, le dice, que horrible eras como compositor.
Pobre vos, dice Salvador que le hace el gesto de "salí, salí". La cantidad de minas que me gané con esas canciones.
Sí, el levante nunca fue mucho problema para vos, hasta hace poco, dice Muv y después de decirlo quisiera cortarse la lengua.
Salvador se pone serio. Baja la vista y enrosca los fideos en el tenedor.
Al final lo del mar fue una pelotudez. El mar no se llevó nada, dice antes de meterse el tenedor a la boca.
Muv se vuelve a sentar.
Tenés razón, le contesta. Eso estuvo mal. Perdoname, Salva. Perdoná.
Pero Salvador se ofende. Y no vuelve a hablarle hasta la mañana siguiente. Se van a dormir separados.
Muv duerme mal esa noche. Sueña. Sueña a Salvador con otra chica. Sueña que está en su cama con otra chica. Y en el sueño, aparece Joaquín.
Se despierta con acidez.



martes, mayo 22, 2007

Zapatillas

Pasó la primavera y el verano. Pasó el primer aniversario de la muerte de Oma y el cumpleaños de Salvador. Llegó un invierno helado. El primero después de muchos inviernos tibios.
Muv consigue una entrevista en una editorial. Parece un trabajo serio, con buena remuneración. Le ofrecen escribir sobre discos y libros y a Muv, la oferta le hace latir más fuerte el corazón.
Promete volver dos días después con un sumario y una respuesta, que sabe desde ese mismo momento pero que esconde para crear un poco de intriga.
Cuando Salvador llega a casa, Muv lo recibe a los saltos.
Discos y libros, discos y libros, Salva. Lo que siempre quise hacer, le dice.
Te dijeron cuánto te van a pagar, pregunta Salvador.
No exactamente. Pero con que sea un número más o menos, yo agarro viaje, responde, todavía saltando.
Que sea un número más que menos o no vamos a poder comprar nunca la casa de la otra cuadra, dice Salvador mientras se saca la ropa de oficina.
Esa noche, Muv no pega un ojo. Piensa en todos los libros que le gustan y en todos los discos que va a poder escuchar. Y lo mejor de todo, es que van a pagarle. Sí, por fin. Por fin algo que le encanta y por lo que va a recibir dinero a cambio.
Le cuenta a Oma en su charla nocturna. Le pide que la ayude a que todo salga bien.
Durante el día siguiente prepara el sumario tal como prometió y escribe con furia, como si en eso le fuera la vida sobre algunos autores que le gustan mucho y no le importa si finalmente sobre ellos va a poder escribir. Este trabajo es el acceso a un mundo nuevo. Es un mundo nuevo.
Finalmente, llega el día de la entrevista pero el día empieza mal. Hay paro de subtes y los colectivos van atestados de gente. No consigue taxi. Viaja apretada contra una máquina saca boletos, en el único colectivo al que logró subirse.
Llega a la editorial transpirada y de mal humor, pero un metro antes de cruzar la puerta, se pega un sopapo imaginario, levanta la cabeza, sonríe y entra.
Pero nomás dar un paso, alguien se tropieza con ella y termina en el piso, con tanta mala suerte que la única copia del sumario, la que cuidó con su vida en el colectivo para que no se arrugara, la que llevaba dentro de una carpeta comprada especialmente para parecer prolija, termina debajo de la zapatilla de quién la atropelló.
Ay, la concha de mi madre, dice Muv muy bajito.
No me ves, le dice el que la atropelló, de mala manera, mientras Muv le pega en el pie para sacar la hoja.
Loca, no me viste, vuelve a repetir el atropellador mientras levanta el pie sorprendido por los golpes en la punta de la zapatilla. Venís en colgada, loca, prestá atención.
Recuperada la hoja, Muv se levanta sola del suelo.
Bueno, no te ví, no te ví, contesta ella también de mala manera. Vos tampoco venías mirando.
Se sacude el pantalón y se acerca al mostrador de recepción, con los ojos llenos de lágrimas. Pide que la anuncien mientras intenta borrar la huella de la suela de la zapatilla del papel.
Le piden que espere.
Media hora más tarde, cuando Muv está pensando seriamente en salir a buscar una fotocopiadora, le indican que puede pasar.
Después de pedir disculpas por el estado del sumario y contando con un poco de gracia que un huracán se la había llevado puesta en la puerta, le dicen que el sumario no hace falta. Y a Muv la sorprende que esta vez, conseguir este trabajo sea tan fácil.
Empezás mañana, le dice Esteban, el tipo de cuarenta y pico que la entrevistó y que a partir del día siguiente se convertirá en su editor. Vení que te presento al chico que recibe los libros, le dice.
Lo sigue por un pasillo y después por otro. En el camino, Muv conversa con Esteban. Conversan del tiempo, de qué más.
Finalmente llegan a un escritorio, donde un hombre –un pibe de nuestra edad, dirá luego Muv cuando le cuente a Salvador- está despatarrado en su asiento mirando un monitor y scrolleando con el mouse.
Joaquín, dice Esteban, te presento a Muv. A partir de ahora, ella se va a encargar de las reseñas de los libros y los discos.
Joaquín no se mueve. Muv no puede verlo bien desde dónde está, hasta que asoma la cabeza por detrás del monitor.
Ah, qué tal.
Joaquín se para. Camina hasta al lado de Muv. No es mucho más alto que ella, usa barba y tiene unos cuantos pelos parados, un raro peinado nuevo.
Ya nos conocemos, le dice Joaquín a Esteban y Muv baja la mirada y se encuentra con la zapatilla que arruinó su sumario.
Le hace una media sonrisa.
Bueno Joaquín, dice Esteban, pasensé los mails, contale cuando tiene que entregar los textos. Te dejo en buenas manos, le dice después a Muv. «Cualquier cosa me llamás» es el saludo de despedida de Esteban que Muv interpreta como «no se te ocurra molestarme por cualquier pavada».
Muv agradece con la misma media sonrisa. Esteban se aleja.
Anotá tu mail ahí, dice Joaquín volviendo al monitor y al scroll.
Ahí dónde, dice Muv fingiendo preguntar con una amabilidad que no siente.
Ahí, mujer, ahí. No ves bien, vos, le pregunta.
Muv siente que algo le sube por la vena del cuello. Algo que le llega a la vena esa, a la que se le nota cuando se enoja y que le parte la frente en dos.
Pero quién te crees que sos, piojo resucitado. Como te dicen, Mariano Moreno? Qué te pasa, flaco, tenés poca actividad sexual? piensa pero responde, sí, veo bien. Pero si vos me decís dónde, voy a ver mejor, con voz firme.
Joaquín vuelve a pararse. Acerca una hoja hasta el borde del escritorio, apoyando una mano sobre ella y con el índice dice: Acá, ves? Acá.
Por primera vez, Muv lo mira detenidamente. Lo ve lindo y le sorprende verlo lindo porque desde que está con Salvador no ve a nadie más.
Lindo, piensa. Lindo pero es un idiota.
Ve ojos negros, corte de pelo. Baja la vista hasta el dedo y repasa los otros dedos. No tiene anillo. No tiene anillo, se dice, este se debe creer que todas las minas se mueren por él. No hay caso, loco. Como decía la Oma, si es petiso y no es jodido, no es petiso, es encogido.
Y mientras anota siente algo, algo que no había sentido desde hacía dos años o a lo mejor, un poco más. Como un ahogo, como si le temblara el estómago. Algo que la hace querer salir corriendo, justo a ella, que se prometió dejar de correr.
Ok, dice, después de escribir su dirección de correo. ¿Necesitás algo más?
Nah, nada más. Después te pongo un mail con todo.
Bueno. Listo, entonces?
Listo. ¿Sabés llegar a la puerta o necesitás que te acompañe? pregunta y Muv lo escucha mal, lo escucha como si fuera una provocación.
Sí, infeliz, piensa Muv, no soy tan boluda, pero dice: Muchas gracias. Puedo llegar sola.
Cuando se está yendo, Joaquín pregunta, levantando un poco la voz:
Loca, qué clase de nombre es Muv.
El mío, dice Muv y piensa que Joaquín no sabe con quién se está metiendo.
Sin saber por qué se pone colorada pero apura el paso y dobla en el primer pasillo que encuentra para poder perderse de vista.
Cuando llega a la puerta de calle, todavía le tiembla el estómago. Siente como si le hubieran hecho cosquillas. La sangre le pincha el cuerpo. Si cierra los ojos, puede ver la cara de Joaquín. Se asusta. Ella no es fisonomista.
En la calle, mientras camina, mientras intenta calmarse, dice: No. No, no, no. No, no, no, no.
No.
NO.




Vida

Después del mar, pasaron los meses. Tres, seis, diez. Para el caso, da igual. El tiempo pasa como siempre. Día tras día.
Pasaron los meses y el mar y Muv se acostumbró un poco a la ausencia de Oma, aunque igual, todas las noches, antes de rezar –porque Muv todavía reza- habla un rato con ella y le cuenta cosas.
Algunos días, los viernes sobre todo, Muv baila y cuando llega Salvador, lo hace bailar también.
En este tiempo, consiguió trabajado dando clases de Lengua a unos chicos de colegio y reparte el día con algunas colaboraciones para una revista de chicas, en donde responde el correo sentimental. Es la primera vez que su trabajo le encanta y por ese lado, anda contenta.
Ve a Leni sólo una vez por mes. Ya no soporta su manía criticona y aunque sabe que la quiere – que se quieren como sólo dos amigas se pueden querer – por momentos, le dan ganas de mostrarle su propia miseria – más que nada, cuando Leni cuenta que Pedro cada vez llega más tarde del trabajo y que durante los fines de semana, no pasa nada. Nada– pero no lo hace, porque es su amiga y porque quién es ella para hacerla sentir mal a Leni.
La vida transcurre tranquila.
Los domingos cenan con papá y mamá y los sábados al mediodía, salen con Estela a caminar.
Cuando está insomne, habla con Salvador de tener hijos. Dos. Clemente y Matilde y Salvador se ríe, aunque después del episodio del viaje, nunca más volvió a reírse como antes.
La vida es buena. Tranquila.
Los días pasan, uno detrás de otro, ninguno demasiado diferente al anterior.
La rutina se instala pero a Muv no le pesa o al menos, no parece notarlo y cuando lo nota, sacude la cabeza y arma la lista del supermercado o cuelga la ropa recién lavada.
A veces, extraña un poco el vaivén emocional pero se convence de que esta vida, la vida después del mar, es la vida que hay que vivir. No se plantea ningún cambio drástico.
Cuando mira a Salvador, cree que hizo bien en volver y salvo cuando hay alguna pelotera – porque siempre las hay – cree que debería darle un susto, pero es tan de cuando en cuando, que al otro día, la idea se le borró de la cabeza.
Algunas noches, después de lavar los platos de la cena y después de rezar, cuando habla con la Oma, a oscuras, acostada boca arriba y los dedos cruzados sobre el pecho, dice:
Estamos bien, vos no te preocupes aunque a veces, en algunos ratos, no llego a decidir si esta es la vida que yo siempre quise para mí. No me hagas caso, Oma, dice después, debo estar ovulando. Te quiero. Te extraño. Hasta mañana.
Y se duerme.
El despertador vuelve a sonar a las siete, como cada día.

domingo, mayo 20, 2007

Playa

Caminan y se clavan en la arena del médano mientras van subiendo.
Los siguen unos perros chuchos, mezcla de todas las razas y ninguna.
Acaba de amanecer y no hicieron más que dejar las mochilas y salir a caminar, abrigados, directo a la playa.
Porque a eso vinieron. Vinieron a ver el mar y es lo primero que quieren hacer.
Bajan del médano agitados.
Tenemos que dejar de fumar, dicen a coro. La playa es ancha y parece que ahí nomás, detrás de la línea del infinito, el mundo se acaba.
No hay nadie. Ni siquiera pescadores. Arena, mar, viento y ellos dos, caminando, acercándose a la orilla.
Salvador sabe lo que le trae al mar: el miedo, el polvo del que se arrepiente, la estúpidez de aquellos días, los rulos, el cuerpo cansado, la incertidumbre. No sabe, le parece en ese momento, qué es lo que está llevando Muv al mar. Y le parece increíble, que justo él, que la conoce tanto, no sepa qué cosas son las que quiere que el mar se lleve, porque hay lugares de Muv a los que nadie puede acceder. Nadie.
Está seguro: a Oma no la larga. La va a llevar enquistada en el cuerpo, la va a hacer carne pero no se la va a dar al mar.
Dos metros antes de la orilla, dónde la arena todavía está mojada, Muv se detiene. Estira las mangas del buzo que sobresalen de la campera, se pone la capucha y se sienta sobre la arena mojada. Salvador se queda parado a su lado y ella le abraza la pierna.
El ruido del mar es el soundtrack del amanecer, piensa Muv. Y yo que viajé tantos kilómetros, apenas lo ví por una ventanilla. Hola, mar.
Salvador se sienta. De un bolsillo saca el reproductor de música pero Muv se niega. Música, no. Ahora no. Tenemos música, le dice mientras empieza a tocar la arena con los dedos y la siente helada.
Pasa un rato largo en dónde lo único que se escucha es el ruido del mar. El viento no les perdona estar en la playa o a lo mejor, les da la bienvenida, revolviendo el pelo de Muv y congelando la cara de Salvador.
Conociste a alguien en el viaje, pregunta Salvador.
Sí, responde Muv.
Salvador hizo una mueca.
¿Dónde lo conociste?
Camino al Prado. Estaba perdido.
¿Lo viste muchas veces?
Un par.
¿Te gustaba?
Me caía bien.
Salvador hizo silencio. Enroscó los brazos alrededor de las rodillas.
El sol ya estaba empezando a subir. Se habían acostumbrado al viento. Los perros ya no los acompañaban.
Nos dimos un beso, dice Muv.
Está bien. No quiero saber, contesta Salvador. Está todo bien.
Nos dimos un beso y no me gustó, dice Muv luchando con el pelo para sacarselo de la cara. Me sentía un poco sola.
No hay nada que explicar, dice Salvador y lo dice de una manera que suena sincera. La mira a la cara, le corre el pelo. De verdad.
Estaba enojada. Triste. No podía entender. Y pensé, te juro que pensé que si yo me acostaba con alguien, me iba a sentir mejor. Pero nos dimos un beso con Cristo...
Cristo! dice Salvador.
Sí, Cristo, dice Muv y mueve la cabeza de un lado para otro, bueno, nos dimos un beso y a mí me vino una cosa acá, le dice señalandose el pecho, como si me exprimieran, como si me arrancaran algo. Yo no pensé que te quería así, la verdad. Está mal que te lo diga pero no creí nunca que yo te quisiera así. Y me dio bronca. Me dio bronca que el beso no me gustara. Me dio bronca no acordarme como era que me dieran un beso y me diera lo mismo, quedarme solo con el beso, con que era para mí, sin importarme nada más. Me dio bronca estar ahí, con alguien que no eras vos.
Salvador deja de mirarla. La escucha, concentrando la mirada en la arena. Y piensa que el tampoco sabía que Muv lo quería así y siente fastidio por no darse cuenta solo, sin que Muv se lo dijera.
Caminemos, dice Muv y se para sosteniéndose del brazo de Salvador.
Pensabas quedarte. Si Oma hubiera estado bien, te quedabas, dice Salvador mientras levanta la cabeza para mirarla.
No sé, dice Muv. No pensaba nada. Caminaba, iba de acá para allá. Miraba cosas. No me alcanzaban los ojos para ver. Pero nada más.
Lo volviste a ver, vuelve a preguntar cuando ya está parado.
Muv niega con la cabeza.
A mí no sé qué me pasó, dice Salvador.
No quiero hablar de eso, dice Muv. No quiero saber. No quiero volver a pensar en eso. No me importa. Después de todo esto, no vamos a revolver mierda del pasado. Para mí, ya está.
Pero... dice Salvador.
Sin peros. Esto es para adelante o no es. Y yo quiero que sea para adelante. Hasta donde lleguemos. No sé. Vos qué querés.
Lo mismo que vos, dice Salvador. Pero en algún momento, vamos a tener que hablar.
Dejaselo al mar, Salvador, le dice Muv. Dejaselo al mar.
Salvador se queda callado. Camina unos pasos atrás de Muv. Llevatelo, dice cuando mira el mar. Llevate eso y ese beso que me hizo un nudo en el estómago.


Pasan el día caminando y después de tanto tiempo, sienten, quién sabe bien por qué, que recién se conocen. Y eso no parece incomodarlos.



sábado, mayo 19, 2007

Belleza

A mí siempre me pareció que vos eras mucho para mí. No me preguntes por qué, pero siempre lo creí, más allá de todo lo que crean los demás - y aunque confirmen lo que creo-, siempre me pareció que yo no estaba a tu altura. Hasta por la cosa más boluda.
Salvador se recuesta sobre el respaldo del asiento del micro. Bufa un poco pero explica. Y explica casi murmurando. Muv se acerca para escuchar.
¿Qué cosa boluda? pregunta Muv.
Y no sé... Convengamos que no soy el tipo más atractivo del mundo.
¿M? piensa Muv. Qué estás diciendo, Salvador.
Y... a vos siempre te importó la apariencia de la gente. Y bueno, yo qué sé. Durante muchos años pensé que no me veías por eso. Porque yo no era particularmente bonito.
Muv largó una carcajada. "Particularmente bonito" repite.
No te rías, boluda. Qué. Todos tenemos nuestras inseguridades.
¿Qué te pasa? ¿En estos meses te cambiaron la cabeza?
No, pará.
El micro avanza por la autopista, hay pocos autos y desde adentro nadie siente la velocidad.
No, no paro. Me estás hablando como si yo fuera una boluda superficial. Yo no soy así.
No, gansa, no te digo eso. Podía pasar que yo no te gustara. Que yo no te gustara nunca en la vida, por mucho que me quisieras.
Me estás cargando, dice Muv que ya no se ríe y levanta un poco la voz.
Sh, dice Salvador. No hay necesidad de que todo el micro se entere de lo que hablamos.
Pero nene! Como si yo fuera la gran cosa.
Para mí sos la gran cosa.
Pf.
Bueno, eso. Siempre pensé que vos te ibas a quedar con un tipo más lindo, más bueno, más vivo, más exitoso. Nadie iba a pensar que ibas a terminar conmigo. Ni yo.
"Terminar conmigo" dice Muv y arquea una ceja. No sé por qué decís terminar, si nosotros siempre estamos empezando.
No te esfuerces por entender para el carajo, dice Salvador.
Hacen silencio mientras miran por la ventanilla.
¿De verdad creés que la gente se enamora de otra gente por lo bien o mal que se ve? pregunta Muv después de un rato.
Y... sí, dice Salvador. Te tiene que gustar algo del otro para enamorarte, por lo menos al principio. Y yo no conozco a nadie que se haya enamorado de no sé... ponele... la bondad del otro, o la inteligencia, o qué se yo. Me parece que siempre estamos buscando algo físico que nos guste. Si no aparece, no hay tutía. Después, vendrá todo lo que quieras, que sos bueno o compañero, que te gustan las mismas cosas, pero todo eso viene después.
Muv se queda callada y se le nota, porque a esta chica todo se le nota en la cara, que no le gusta nada el comentario.
Qué mérito tiene ser hermoso, dice un poco enojada. Si venís así de fábrica. No tenés que hacer nada para ser hermoso. Nacés así. Y si todo fuera ser hermoso, bueno... la mitad de la población mundial andaría renga. No está nada bien eso que decís.
Salvador suspira.
Puede ser, le dice. Puede ser que no esté bien. Pero, a lo mejor, si yo hubiese sido hermoso-hermoso, no hubiesemos tardado doscientos cincuenta y dos meses en terminar juntos.
Muv escucha. Doscientos cincuenta y dos meses y repite "terminar juntos".
Claro, responde Muv. A lo mejor, si vos hubieses sido hermoso-hermoso, no me hubieras dado bola en la putísima vida. Desde cuándo llevás la cuenta de los meses, pregunta asombrada.
No sé. Desde un día que no estabas. Tampoco es un logaritmo. No me tuve que romper la cabeza.
Y cómo puede ser, dice Muv indignándose un poco, cómo es posible que después de doscientos cincuenta y dos meses, vos te hayas puesto a pensar en esto.
Dije que era una cosa boluda. Y también dije que era una de las razones por la que pensaba que vos no ibas a terminar...
Sí, que no iba a terminar con vos. ¡Yo no quiero terminar con vos!
Uff. Bueno, y qué querés, pregunta Salvador para que deje de darle vuelta las frases y que quede arrinconada en una respuesta que supone que ella no tiene.
Muv piensa un poco. Revisa el diccionario mental de palabras que no tengan que ver con el final de nada.
Me quiero quedar con vos. Eso. Quedar. Estar. Vivir. No sé. Todas esas. Yo quiero festejar con vos. Eso. Sí, eso. Eso mejor.
Festejar qué, pregunta Salvador mientras empieza a acomodarse en el asiento en posición de dormir.
Que estamos vivos, Salva. Y que después de todo vamos a ver el mar. Los dos.



Pañuelo

La estación de micros no está repleta de gente como en las vacaciones sino que apenas tiene una cincuentena de personas esperando afuera y fumando. Juegan a adivinar por qué viajan todos los que están esperando en las plataformas de salida.
Muv, que tiene la mochila entre las piernas y un morral verde lleno de chicles, caramelos y una botella de agua para soportar el viaje, mira una familia. Un matrimonio y dos chicos. Uno de los chicos está llorando.
Salvador enumera: el pibe de allá, viaja a ver a los padres. Un hombre, engominado y con campera gris, viaja cerca, vuelve a casa. Una mujer con una caja de cartón vino a comprar bombachas para vender en su pueblo.
Más lejos, hay una anciana. Salvador no la ve pero Muv la descubre en la segunda vuelta en que pasea la mirada por todos los que están en la estación. No parece que fuera a viajar sino que vive ahí, en ese lugar de paso para todos los que tienen más suerte o lugar para volver, que es más o menos lo mismo.
La ve caminar entre las mesas del bar y hablar con los pocos que todavía están sentados tomando café.
Muv la mira de lejos. Cuando Salvador la encuentra con los ojos colgados de la vieja, empieza otra vez con el juego: una chica que mastica chicle, labura en la estación. Dos pendejos que pasan corriendo se afanaron una billetera. Tres choferes que se ríen a los gritos están muertos de sueño.
Cada persona que Salvador señala está en el lado opuesto a la vieja que mendiga. Y Salvador insiste para que Muv se despegue de la vieja.
Muv revuelve en el morral y ubica la billetera. Ahora vuelvo, le dice a Salvador y le acerca la mochila con la pierna.
¿Dónde vas? le pregunta y Muv que contesta: ahora vuelvo, ahora vuelvo, quedate acá.
Mientras la ve irse, Salvador ya sabe. Va a comprarle algo para comer a la vieja y va a volver llorando y entiende que estas son las formas que Muv busca para poder llorar. Los permisos.
La sigue con la mirada y efectivamente confirma lo que cree.
Muv se acerca, se agacha un poco, habla con la anciana que algo le contesta. Caminan. Muv delante y después de dar dos pasos, espera que la vieja no se quede atrás. Se acercan a la barra. Muv habla con uno de los mozos. Saca la billetera. Paga. Después de un rato, sobre la barra hay una taza de café con leche y un sandwich. La anciana toma un trago. Después corta con los dedos un pedazo del sandwich. Se lo lleva a la boca. Mastica rápido.
Muv vuelve a agacharse. Le dice algo. Mientras le habla, le apoya una mano en el hombro y la vieja que mira la mano y mira a Muv como si fuera un hecho extraño que alguien se animara a tocarla.
Después, Muv vuelve y Salvador va preparando el pañuelo. Cuando la tiene al lado, lo extiende.
Muv lo agarra.
¿Te lo guardo? pregunta.
No, usalo, dice Salvador.
No, no me hace falta, dice con la cara muy seria. No quiero llorar. No quiero volver a llorar.

jueves, mayo 17, 2007

Mar

Se despierta con la naríz tapada. Estornuda una vez, dos veces, mientras camina hasta el baño. Se mira al espejo.
Siempre lo mismo, piensa. En lugar de sacar todo para afuera, me enfermo. Tendría que afeitarme pero no tengo ganas. Ninguna gana. Ninguna gana de nada.
Revisa que Muv siga durmiendo. Entra al dormitorio y se abriga. Vuelve a estornudar. Hace más ruido que lo normal. Empiezan a llorarle los ojos.
Entra a la cocina y prende las hornallas. Se calienta las manos acercándolas a las llamas.
Está preparando café cuando escucha que Muv lo llama. Salva, silencio, Salva.
En la cocina, contesta y la ene de la palabra le suena tan nasal que le rebota dentro de la cabeza.
Muv se levanta envuelta en el acolchado, lo arrastra como si fuera una capa hasta donde está parado Salvador.
No se dicen nada. Muv apoya la cabeza sobre su espalda. Salvador estira un brazo hacia atrás y la toca.
Me resfrié, le cuenta.
Ah, dice Muv. ¿Vas a ir a trabajar?
No, le responde mientras baja las tazas de la alacena.
No me quiero quedar sola, le responde.
Me voy a quedar con vos, asegura Salvador, si querés después podemos ir a tu casa, ofrece y los dos entienden que ese "tu casa" es la casa de los padres de Muv. Estornuda.
Sirve el café y después de despegarse de Muv, camina hasta la mesa, donde apoya las tazas. Muv lo sigue en su capullo de acolchado y se sienta en una esquina. Después, asoma los brazos y sostiene el acolchado con las axilas para tomar con las dos manos la taza y llevársela a la boca.
Pensé que podríamos irnos unos días al mar, dice Salvador. El fin de semana, ponele.
Muv toma el primer sorbo de café. Y mientras traga, empieza a llorar pero no es un llanto desesperado, es como si los ojos, por cuenta propia, decidieran dejar salir las lágrimas.
Sí, vayamos, dice Muv. Sigue llorando.
Salvador la mira y le habla como si no llorara.
Mañana o pasado cuando salgo del laburo voy a comprar los pasajes. Y el fin de semana nos vamos a llevarle todo esto al mar.
Para que se lo lleve, dice Muv. Para que se lleve todo.
Para que se lleve los últimos meses, dice Salvador. Y estornuda una vez más y le lagrimean los ojos. Esta noche, dice con la voz cada vez más tomada, si querés nos vamos a dormir a tu casa. Esta vez, "tu casa" es la casa de Muv y lo entienden, como se entienden casi todas las otras cosas que se dicen, porque hace rato que no necesitan explicarse nada más.
Tengamos algo nuestro de una vez, dice Muv. Basta de tuyo y mío. No tengo ganas de seguir perdiendo el tiempo.
Empecemos con el mar, dice Salvador que siente que todo lo que les ha pasado a ellos dos, se desdibujó y aunque no confía en que haya desaparecido, percibe que ya no tiene la misma importancia.
Me gustaría saber una sola cosa, pregunta Muv con la cara, a esta altura, completamente empapada de lágrimas y lágrimas que no dejan de salir.
Qué cosa, dice Salvador comenzando a sonar para arriba para destapar su naríz.
¿Me querés igual que antes? le pregunta y se convierte en una nena cuando lo dice.
Te quiero mejor que antes, responde Salvador mientras el ojo izquierdo le lagrimea. Ya vas a ver, le asegura. Ya vas a ver.
Después de desayunar, llama al trabajo. Decile a Alfaro que no puedo ir hoy. Tengo un problema personal, que me descuenten el día de todas las horas que tengo laburadas de más, dice con seriedad por teléfono. Y algo le dicen del otro lado pero Salvador no da explicaciones. No cuenten conmigo hoy, responde y corta.
Muv lo mira y no lo reconoce. Piensa que tiene un nuevo Salvador para conocer. Sigue llorando. Llora hasta la tarde. En algún momento, Salvador se hace el gracioso y le arranca una sonrisa. Un rato después, le hace cosquillas y ella entiende, otra vez sin necesidad de explicación, que él tampoco está en su mejor día, pero que por lo menos hoy, está haciendo todo lo posible porque ella mejore aunque sea un poco.
Sabés qué? le dice a Salvador después de la batalla de cosquillas. No quiero que el mar se lleve nada. Vayamos a contarle todo lo que nos pasó. Pero que siga siendo nuestro. No tenemos nada que extirpar.
Salvador la escucha mientras acomoda la cabeza en la cama para poder respirar. Piensa en el mar. En lo que él le va a dejar al mar para que se lleve, para que no vuelva más. Voy a llevar al boludo que fui, piensa y no dice. Ese no se tiene que quedar con nosotros.
Muv ya no llora.
Estamos progresando, piensa Salvador.

martes, mayo 15, 2007

Color

Unas flores amarillas en el medio de una corona, al costado del ataud de Oma, capturan la vista de Muv.
Está en el medio de la sala velatoria y cada dos por tres, se tilda mirando esas flores que no dicen mucho y que ni siquiera se destacan por ser lindas, sino por darle un golpe de color al verde y al blanco. Ese color le resulta conocido, pero no puede recordar exactamente dónde lo vio antes. Alguien, que ella no registra, la toma del brazo y la aleja del cajón. ¿Tomaste algo? ¿Quéres algo? y Muv dice que no, que no, que no quiere nada y después de desligarse de quién le ofrece "algo", vuelve al lado de Oma.
Vuelve a las flores. Las sigue mirando, mientras alrededor suyo se para gente que reza o que mira con seriedad o que llora. Y cada tanto, Salvador aparece y la invita a salir a fumar.
Muv camina como en babia. Sabe dónde está y qué pasa, pero no siente nada. Le duele ver a su papá con los ojos colorados e inflando las fosas nasales para no llorar o a Emilia, refugiada en el abrazo de su mamá pero ella no siente nada. Como si hubiera perdido sensibilidad, no se muere de tristeza, no está desesperada, no tiene ganas de llorar a los gritos. No le duele, tampoco le encanta. Si hay algo peor que sentir mal, es no poder sentir nada.
Se lo cuenta a Salvador, mientras caminan hasta esquina, fumando.
Estás cansada, dice Salva.
Muv hace un ruido y le pega un beso largo al cigarrillo. Siente que el humo le recorre el cuerpo hasta los dedos de los pies y despues lo larga, en un soplido finito que casi no se nota. Por qué seguiré fumando, se pregunta para sí.
Vuelven a la casa velatoria, caminando lento y en el camino, Muv sigue pensando dónde vio ese color, si fue durante el viaje o cuando era chica, pero no puede terminar de saber dónde lo vio.
Pasa el mediodía mirando las flores y haciendo más de lo mismo, yendo y viniendo, contando cómo, cuándo, dónde y por qué se murió Oma, y sólo repite el resumen de los días como si fuera un loro. Hasta que llegan los autos y se niega rotundamente a subirse al que le toca.
En taxi, con Salvador, dice cuando la hermana le pregunta cómo va a llegar hasta el cementerio, para después arrepentirse y subir igual, de mala gana.
Es un día soleado del otoño.
Nadie debería morirse un día así, dice Muv dentro del auto y no encuentra respuesta.
Y ya en el cementerio, lo habitual: las palabras de un cura joven, quizás demasiado joven, para hablar en un cementerio. Y el entierro, el momento más detenido de todo el día, la imagen congelada entre cruces y montículos de tierra.
Después, empezar a volver a casa, a la vida de siempre pero sin Oma para siempre. Y el silencio del cansancio.
Se despide de sus padres a las seis de la tarde, después de tomar un café negro, el café número mil del día y se va con Salvador.
En el camino algo le pasa. Algo que nunca le pasó en esta circunstancia, porque desde hacía muchos años, no se moría nadie y mientras algo le pasa, piensa en eso, en que nunca estuvo cerca de la muerte siendo adulta.
Necesita tocar a Salvador. Abrazarlo, besarlo, desnudarlo. No puede ni quiere esperar a llegar a casa y se lo dice. Vamos a un telo, Salva, vamos ahora.
Salvador no entiende cómo, después de un día tan largo, Muv está tan predispuesta, con tantas ganas, pero no pregunta, dice: vamos a casa. En casa. Muv protesta. Salvador escucha y repite: en casa, en casa.
Cuando llegan a casa, están tan apurados que no importa donde cae la ropa ni siquiera importa si son un poco brutos, tampoco si el momento es el indicado. Importa coger y sacarse a la muerte de encima, porque coger es el único antídoto contra la muerte para ellos en ese momento y coger con amor, mucho más.
Ellos se quieren. A pesar de todo, se quieren. Y esa tarde, mientras baja el sol, cogen rápido y sin decir nada hasta que no pueden más por todo lo que fue pasando: el encuentro, la separación, el viaje, la vuelta, los rulos que desaparecieron y la Oma muerta.
Quedan desnudos, compartiendo el sofá del living.
Me acordé, dice Muv mientras se le empieza a quebrar la voz. De ese color era la malla de la equilibrista que vi en el circo, una vez, con Oma.
Empieza a llorar.
Salvador se levanta del sillón. Va y viene del dormitorio. Trae un acolchado hecho un bollo entre los brazos.
Vuelve a acostarse pegado a la espalda de Muv. La tapa y se tapa. La abraza.
Lo único que Muv quiere es llorar mientras Salvador la abraza, un rato o toda la noche.
Lo único que Salvador quiere es estar con ella.

lunes, mayo 07, 2007

Lágrimas

De noche, el pasillo que da a terapia intensiva permanece oscuro. Esa noche, que para el sanatorio no era diferente a las demás, Muv y su familia esperaban sentados en la escalera que está frente a terapia, a oscuras, que pasara algo. Para bien o para mal.
Ninguno quiso irse a su casa después de que el médico de la noche les diera el parte, les dijera que el cuadro era muy grave y les aconsejara que se fueran a descansar, que en estos casos nadie sabe cuánto tiempo puede tardar, que a veces son meses, que a veces son horas, que cualquier novedad ellos los iban a llamar.
Ninguno de los cinco se movió. Todo lo que hicieron fue acomodarse en los escalones y quedarse ahí para seguir esperando.
Eran las dos de la mañana cuando otro médico y una enfermera se les acercaron y dijeron una infinita lista de términos médicos para explicar que ya no había nada más que hacer y que podían entrar a despedirse rápidamente, como excepción, por estar ahí, esperando a oscuras.
Papá bajó los escalones con rápidez. Mamá lo siguió.
Emilia descendió un escalón y se sentó al lado de Muv, que se tapaba los ojos y la boca y apoyaba los codos en las rodillas, mientras las manos de Salvador le acariciaban los hombros. Lloraban silenciosamente, estirando o arrugando pañuelos de papel. Muv se hamacaba despacio y Salvador apoyaba la frente sobre la cabeza de Muv. De los tres, Muv era la única que no lloraba. Los tocaba, los palmeaba, intentaba consolarlos sin que se le cayera una lágrima, como si de repente se hubiese secado de lágrimas, como si no le quedara ni una sola.
Papá se acercó. Chicas, entren a ver a la Oma, ahora, dijo. Pero Emilia no quiso entrar y fue Muv la que se levantó apoyándose en la pared y dio el primer paso.
Te acompaño, dijo Salvador.
Muv se dio vuelta y lo miró. Dijo que no con la cabeza. Avanzó.
La enfermera esperaba con la puerta entreabierta y después de que Muv entró a terapia, la soltó, dejando que el cierra puerta hidráulico hiciera su trabajo. Clac.
Muv se acercó todo lo que pudo. Primero le tocó el brazo y no la asustó sentirlo frío. Subió la mano hasta la cara. Le acarició la mejilla y le acomodó un mechón de pelo. Después de despejar la frente, la besó. No sentía ganas de llorar. Estaba triste, sí. Más triste de lo que nunca había estado y eso que Muv siempre fue una profesional de la tristeza. Esta vez, sentía que algo le quemaba la tripa, que la tristeza se le metía en la sangre. Abrazaba a Oma como podía y no encontraba palabra para decir. Sólo la acariciaba y pensaba, me esperaste, Oma, me esperaste. Y por momentos, tenía la sensación de que Oma le iba a hablar, algo le iba a decir, le iba a tocar la mano y la iba a obligar a no estar triste.
La enfermera se acercó a pedirle que volviera al pasillo. Muv se apuró. Acercó la boca al oído de Oma y le dijo, susurrando: Andate tranquila, Oma. Te prometo que voy a hacer todo lo posible por ser feliz.
Salió frotándose el estómago y cuando encontró a Salvador esperándola, apoyado al lado de la puerta de terapia, lo abrazó y lloró. Y lloró por todo. Por los días y por las noches. Por Oma y por ellos. Pero lloró sin lágrimas. Se dejó abrazar hasta que subieron al auto. Tenía frío. Mucho frío.




sábado, mayo 05, 2007

Urgente

Muv se siente mal. Salvador llega, entra a la habitación, la saluda y le toca la mano a Oma que parece sonreir o algo parecido.
Ya no sé, le dice a Salvador. Ya no sé si vale la pena que siga así o que se muera, murmura y Salvador la hace callar.
Llega Emilia y los manda a desayunar.
Por qué no te vas a tu casa a descansar un rato, le propone a Muv. Me quedo hasta que vuelvas.
Y Muv que lo piensa y no está convencida de irse pero está tan cansada y le duelen tanto los brazos y la espalda y la cintura y el cuello, que le parece mentira haber acumulado tanto de todo a tan solo una semana de volver.
Finalmente, Salvador logra convencerla de salir a tomar el desayuno y la lleva de la mano, como si fuera una nena que no quiere caminar.
Cuando llegan al bar, Muv dice que quiere una porción de torta o mejor no, un tostado, o no, no, un licuado y una factura.
Salvador la mira. La toma de la mano. ¿Qué pasa? dice.
No sé, contesta Muv. Desde que me desperté, me siento desesperada. Pero no tengo angustia, es otra cosa. Tengo una urgencia. Una urgencia rara. Una urgencia de vivir, de llenarme de vida. Necesito definiciones. Y necesito pasar, lo más rápidamente posible, a la próxima etapa de mi vida.
Salvador la escucha hablar con seguridad. Lo confunde el cambio. Hace unos días, Muv no sabía nada y de repente, hoy, tiene todo tan claro. Tan claro que lo espanta.
Me gustaría poder decirte que cuando Oma vuelva a casa, vamos a hablar mejor, dice Muv. Pero Oma no va a volver a casa y no podemos seguir esperando para hablar. Yo no quiero dar más vueltas, Salva. No puedo seguir mareada, no puedo seguir corriendo. Y te lo digo así, clarito, para que vayas pensando si te querés ir o te querés quedar. Yo no te obligo. Esta decisión es mía. Y claro que me gustaría que todo fuese con vos pero si no es, no es.
Salvador pide dos cafés con leche, seis medialunas, dos vasos de jugo.
Muv no come, devora. Sus tres medialunas desaparecen del plato y comienza a robar las puntitas de las de Salvador.
Y bueno, le dice todavía masticando, decí algo.
No sé qué decir. Hace unos días... empezó a decir Salvador.
Pará, lo interrumpe Muv. No hay tiempo para hacer recuentos. Si prestás atención, te das cuenta de que todo pasa rápido, no hay más tiempo para perder. Yo pensé... pienso mucho estas noches que me quedo en el sanatorio mientras veo como Oma se va muriendo. Bueno, pienso... hablo conmigo, mejor. Me pregunté dos veces si estaba dispuesta a perderme todo lo que puede pasar con nosotros por lo que pasó. Me pregunté si puedo seguir enojandome con vos por una cosa tan chiquita, tan estúpida cuando sos lo único que tengo elegido en este mundo. Necesito dos medialunas más.
Salvador abre los ojos. Qué te pasó, piensa. De qué te diste cuenta. Algo pasó durante las últimas noches, piensa. Algo que no me vas a decir. Hace una seña al mozo y vuelve a pedir medialunas.
Creo que tenemos que pensar las cosas más tranquilos, le dice a Muv. Ya sabés lo que yo siento, no lo podría sentir lo mismo por nadie más pero nosotros no estamos en nuestro mejor momento y...
Ay, Salvador, dice Muv, no me hables como si estuvieramos en un programa de análisis político. Esto no puede ser tan complicado. Mirá a la gente. Todo el mundo se pone en pareja, viven años y años juntos. Cuando no pueden más se separan. Pero por lo menos prueban. Yo no quiero pasar de esto sin probar. Pero probar en serio, le dice.
¿Cómo podés pensar en esto justo ahora? pregunta Salvador.
¿Cómo podría no hacerlo? dice Muv. Me siento egoísta, mala. Ni siquiera puedo llorar. Yo no sé cuántos años voy a vivir. Yo no sé si voy a tener la suerte de ver a mis nietos haciendo pavadas como Oma me vio a mí. No puedo perder más tiempo. Me da miedo, no creas que no. Tengo pánico. Pero si no vivo ahora, para cuándo voy a guardar toda la vida que me queda. No quiero que lo decidas ahora. Pensalo. Pero pensalo bien porque esta vez, yo no tengo vuelta.
Bueno, dice Salvador, no tengo mucho que pensar. Me asusta un poco este cambio tan... repentino pero...
Yo tambien tengo miedo pero es lo único que nos queda por hacer. Yo no me quiero morir sin pasar por esto. Yo no me quiero morir, dice Muv.
A Salvador se le llenan los ojos de lágrimas. No sabe bien por qué, pero lo único que escucha de todo lo que dice Muv es un pedido. Salvame, salvame. Y ese pedido y Oma internada y los años que pasaron y los que pasan, lo conmueven.
Muv se da cuenta, sabe que, esta vez, Salvador entiende lo que ella pide y, en algún punto, la tranquiliza que en esa mesa alguien pueda llorar.
Ella prefiere terminar sus medialunas y volver a la silla.
Tiempo para llorar es lo único que le sobra.

jueves, mayo 03, 2007

Muda

Se despertó cuando entró la enfermera a cambiar el suero. Había dormido sentada en una silla con los brazos apoyados sobre el borde de la cama y la cabeza entre ellos. Desde que Oma estaba internada, los días no pasaban. Era un solo día que se extendía hora tras hora, un día único.
Se pasó la mano por los ojos y después, se estiró la remera. Movió el cuello hacia un lado y hacia el otro. Escuchó el crujido de las vertebras y se quejó en voz baja. Miró el reloj. Faltaban dos horas para que Salvador pasara a dejarle una muda de ropa nueva y se quedara con Oma para que ella pudiera desayunar.
Se paró y estiró las piernas y los brazos.
Cada día, Oma pasaba menos tiempo despierta. El cuerpo, el cuerpo, me duele mucho el cuerpo, decía y Muv, que era la que casi se había encadenado a la silla y al borde de la cama ni bien la familia supo que Oma estaba muy enferma y que a su edad no había motivos para un tratamiento, iba y venía hasta el office de enfermeras a pedir más analgesia, algo que le calmara el dolor. Y las enfermeras que la miraban, con la cara que siempre ponen las enfermeras cuando el pariente de algún enfermo se pone insistente, la hacían esperar durante minutos que parecían horas, para llegar a la habitación, tocar el goteo del suero y decirle a Oma, palmeándole el antebrazo: "abuelita, ya va a pasar". A Muv le latía fuerte una vena del cuello cuando las escuchaba hablar.
Cada vez que caminaba ida y vuelta a la habitación para ir a buscar a las enfermeras, recordaba para disimular la impotencia, el nudo doble apretado y las ganas de gritarles: Ustedes no se dan cuenta de que a mi abuela le duele todo el cuerpo. Ustedes no se dan cuenta de que es mi abuela.
Prefería recordar. Recordaba los mediodías, bajando del escolar en la casa de Oma, con Emilia corriendo desde el último escalón del micro hasta la puerta de calle para que el abuelo la hiciera volar, del almuerzo recién preparado y la tarea en la mesa de la cocina. De Oma sumando, restando, multiplicando y dividiendo con dificultad para corregirle las cuentas y de la hora de la merienda, el olor a café con leche o chocolate, en pleno invierno y el cuento de los cabritos desobedientes. De las muestras de bordado para actividades prácticas y la novela de la siesta, cuando se acostaban las tres en la cama, después de la muerte del abuelo.
Llena de esas imágenes, entraba a la habitación, en donde la piel de Oma se confundía con el color de las sábanas, sin ganas de llorar, ni de gritar, ni de nada. Entonces volvía a sentarse en la silla a pasar las horas hasta que Salvador volviese a aparecer por la puerta, como a las seis de la tarde, horas más tarde de que mamá y papá comenzaran con la letanía de "y por qué no te vas un rato a casa" y se iban los dos a tomar algo o a dar una vuelta manzana.
Pero hoy, se despertó justo cuando entró la enfermera y escuchó un ruido pequeño y ahogado. Una especie de quejido que nacía mucho más abajo de la garganta de Oma y que seguía el ritmo de su respiración. Y vio como la enfermera entraba y salía de la habitación, caminando rápido, tomándole la temperatura y la presión a Oma que no mantenía los ojos abiertos. Y después, la llegada del extraccionista que sólo dijo buen día y sacó de su caja de herramientas una jeringa con una aguja larguísima, empapó un algodón en alcohol y se llevó su muestra de sangre, sin siquiera parpadear. Detrás, la mucama y después el médico. Y otra vez la enfermera, con sábanas limpias, moviendo ese cuerpo dormido de un lado a otro mientras hacía la cama.
Muv caminó por la habitación esquivando el desfile. Por el pasillo, pudo escuchar el ruido del carro que llegaba con la bandeja del desayuno, los pasos de los reemplazos de los acompañantes de la noche. La risa de otra enfermera y el saludo del diarero.
Sin saber cómo, mientras la mañana pasaba, se dio cuenta de que durante mucho tiempo había estado en pausa. Perdiendo tiempo. Manteniendo no supo bien qué, en su sitio. Sin pedir, sin decir. Muda. Muda de cosas importantes.
Cuando la segunda ronda de médicos la hizo salir al pasillo, no lo pensó. Caminó directamente hasta el teléfono. Juntó las monedas que tenía en los bolsillos del pantalón y llamó a Salvador.
Después de escuchar un hola asustado y apurado, no pudo evitarlo y dijo todo de un tirón.
Tengamos un hijo. Compremos una casa. Con jardín y terraza. Criemos un perro. Veamos el mar más seguido. Haceme reir. Seguime queriendo. Y por favor, Salva, por favor, no me dejes sola nunca más.
Después se quedó callada.
Salgo para allá, dijo Salvador.
Muv volvió caminando despacio a la habitación.
Oma seguía dormida.