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domingo, diciembre 02, 2007

Arco Iris

No me quiero ir, dijo Muv cuando ya estaban acostados.
Sh, estoy rezando, dijo Salvador en secreto y a Muv se le apretó la garganta.
Desde cuándo rezás, le preguntó.
Sh, desde siempre. No me interrumpas.
Por qué tarde tanto tiempo en enamorarme de vos, pensó Muv. Hizo silencio y ella empezó a rezar también. No pidió nada. Agradeció la playa y el mar, los amigos y el tiempo, los partidos de básica y los dos asados, tener una hermana y estar en la cama, acostada con Salvador mientras rezaba.
A la tarde, después del baño quita arena, mientras se pasaba crema en el cuerpo y se miraba al espejo, notó que algo había cambiado. A lo mejor, era el bronceado. El sol le hace bien a todo el mundo, pensó. A lo mejor, era la tranquilidad del lugar; no tener ninguna obligación durante el día, caminar sobre la arena o a lo mejor era cualquier otra cosa, pero definitivamente, algo había cambiado. No iba a decírselo a nadie pero se sentía resplandeciente, brillante, colorida. Justo ella, que desde siempre se había jactado de su "darkismo", de su parte oscura, triste y descreída, esa tarde, al mirarse al espejo, descubrió a una chica llena de colores. No era sólo el color del pelo, era el color de la piel, el brillo en los ojos, el rojo sangriento de los labios, el reflejo rubio del vello de sus brazos. Un arco iris humano, una persona viva y feliz, porque siempre había creído que la felicidad estaba llena de colores, de colores que brillaban y lo iluminaban todo.
Por eso, mientras rezaba, también agradeció por sentirse colorida e iluminada y de repente, tuvo unas enormes ganas de reírse a carcajadas, de reírse con toda la cara y todo el cuerpo y esta vez, porque sentía que los colores le brotaban de cada poro de la piel, no reprimió la risa y empezó a reírse de la manera en la que se reía siempre y contagiaba a Salvador. Y Salvador que rezaba en silencio, comenzó a tentarse y prendió la luz para verla y la descubrió con la sonrisa de oreja a oreja y los ojos llenos de lágrimas pero esta vez de reírse tanto, tanto que ya había empezado a abrazarse la panza.
Estás re loca, dijo Salvador que ya había empezado a reír.
Sí, dijo Muv entre carcajadas. Estoy loquísima.
Se reían fuerte, uno más que el otro. Emilia fue la primera en golpear la puerta y desde afuera preguntar si estaban bien pero ellos se reían tanto que no podían responderle, asi que optó por asomar la cabeza y encontrarlos con la cama desarmada. Salvador sentado en el piso e intentando recuperar el aliento mientras se le escapaba una carcajada cada tanto y volvía a empezar a reírse. Muv tapándose la boca con una mano y con la otra sosteniéndose el estomago, sentada sobre el borde de la cama.
Y estos, dijo Leni que se asomó detrás de Emilia.
No sé qué les pasa, dijo Emilia y también empezó a reírse.
El último en llegar fue Pedro. Emilia y Leni se reían de Salvador y Muv. Salvador se reía de la risa de Muv y Muv se reía porque por primera vez en un montón de años se sentía feliz.
Loco, si van a fumar, por qué no avisan, se quejó Pedro mientras se le escapaba la primera carcajada.



sábado, noviembre 10, 2007

Dolor

Al fin, loca. Al fin, dijiste algo, dijo Leni, después de que Muv le contó su encuentro con aquella mujer. Por fin te defendés. ¿Viste que es mejor defenderse? ¿No te sentiste mejor? Es mejor decir las cosas, nena, lo que no se dice, se pudre adentro.
Sí, me sentí mejor. Un poco. Tampoco fue para decir: "Fá, qué bien me siento, por qué no lo hago todos los días." Mejor hubiese sido no tener estas experiencias, entendés. Que no hubiesen pasado. ¿Me traes un almohadón?
Leni miró a Muv. Salió y volvió con un almohadón que Muv se puso en la espalda.
Qué pasa, le preguntó después de que se acomodara.
Nada, dijo Muv. ¿Podríamos irnos a la playa unos días, no? Estaría bueno. Salvador se va a copar. Está muy cansado.
Leni se sentó al lado de Muv.
¿Te duele?
Sí, un poco. Un poco más que habitualmente. No es nada. ¿Qué te parece? ¿Nos vamos? ¿Nos aguantan un fin de semana completo? Quiero que Emilia venga con nosotros, también.
Muv, ¿fuiste al médico?
Todavía no.
¿Vas a ir?
El quince.
Puta, te duele mucho si vas a ir al médico, dijo Leni.
Se quedaron calladas durante un rato. Muv se agarró de la mano de Leni.
No le digas a nadie, le pidió.
Leni dijo que sí con la cabeza.
Se quedaron calladas. Cada una pensando en cosas distintas.
Leni, en la forma en que había visto a Muv después de la operación; en la manera que se acercó a tocarle la mano con un dedo como si se fuera a romper cuando estaba en la habitación común; en el llamado de Salvador, al otro día, diciéndole que no sabían exactamente qué le había pasado pero que Muv estaba en terapia intensiva; en cómo esperó días y días afuera de terapia el parte médico; en el color que tenían los brazos de Muv cuando salió del sanatorio, los moretones de los pinchazos; en la forma en que se esforzaba por no llorar cuando la veía, por no llorar de alegría por haber zafado, por estar de nuevo dónde tenía que estar y no en el sanatorio y en que la operación de Muv y toda su complicación, la había acercado un poco a su propia muerte porque uno nunca cree que sus amigos van a morir. Y sobre todo, pensaba en que ahora, Muv volvía a sentirse mal.
Leni tenía miedo pero Muv, no.
Muv pensaba en unos días en la playa, mirando el cielo, riéndose. En los partidos de truco, en las zapatillas llenas de arena, en un buen asado con noche estrellada. En que le dolería la cara de reírse, en que volvería con la naríz pelada y contenta y que el mar, otra vez, se llevaría todo lo malo del año, lejos. Lejos.
Contale a tu hermana, Muv, dijo Leni.
No, respondió Muv y soltó la mano de Leni.
Contale, dale. Por favor.
No, Elena. No.
Contale o no hay playa.
No seas chota.
Contale a Emlia o me pongo insoportable con lo de la playa y no va nadie.
La puta que te parió, Leni. No me hagas eso.
Pensalo. No puede ser todo como vos querés. Salvador no tiene ni puta idea, seguro. Contale a tu hermana. Y después, la playa.
Uf, está bien. Le cuento pero al primer quilombo que tengo con mi vieja, vengo y te mato.
Emilia no va a decirle nada a tu mamá. Si querés te acompaño al médico.
Leni agarró a Muv de la mano, otra vez.
No tengas miedo, le dijo Muv. No va a pasar nada.
No tengo miedo, gila, respondió Leni. Jé, miedo yo, por favor.






martes, noviembre 06, 2007

Fiesta

Para las diez de la noche, Salvador ya estaba bañado y cambiado.
El momento incierto de saber si su fiesta sería un éxito o un fracaso pasaba, mientras Muv, con la ropa de dormir, leía, metida en la cama.
No te quedes acá, pidió Salvador por enésima vez. Vestite y acompañame esta noche.
No quiero estar en ninguna fiesta. Es tu fiesta, deberías disfrutarla solo.
Es nuestra fiesta. La inauguración de nuestra casa, dijo Salvador con un poco de tristeza.
Es tu casa, es tu fiesta. Tengo mucho para leer. No te preocupes, no pienso amargarte la noche, no te vas a acordar que estoy acá.
Uf, me cansa esto.
La casa tiene otras habitaciones, respondió Muv cuándo sonó el timbre.
Salvador salió a recibir a los primeros invitados. Leni y Pedro llegaron puntuales, como siempre. Preguntaron por Muv.
No quiere salir del dormitorio. No quiere ninguna fiesta. No sé qué ataque metafísico le agarró ahora. Dice que la gente va a venir a dejar su mierdita en nuestra casa.
Está tarada, dijo Leni.
Que piba enroscada, eh, agregó Pedro.
Dejame a mi, dijo Leni.
Mejor no, respondió Salvador. Si ella no puede salir del dormitorio para acompañarme a mí, prefiero que no salga porque otro interviene. La mato si sale después de hablar con vos.
Leni golpeó con la punta de su zapato izquierdo dos o tres veces el piso.
Decime una cosa, Salvador: ¿Vos querés que ella salga y te ayude con la fiesta o no querés?
Quiero.
Entonces, dejame a mí, que yo sé lo que hay que decirle a Muv para que reaccione.
Salvador suspiró. Pedro arqueó las cejas. Leni caminó directamente al dormitorio y sin golpear la puerta, que estaba cerrada, se metió saludándo a Muv.
Te ayudo con algo, preguntó Pedro.
No. Tengo todo listo. Está la bebida en la heladera, encargué unas empanadas que deben estar por llegar y hay helado para después. Moví el equipo, tengo mucha música.
Volvió a sonar el timbre. Llegaron cuatro compañeros de trabajo de Salvador. De a poco, su incertidumbre se iba calmando. Más tarde, le abrió a Emilia, que también preguntó por Muv. Salvador sólo dijo "dormitorio" y Emilia resopló.
Fueron llegando de poco todos los invitados. La música sonaba suave, la gente tomaba y conversaba, las empanadas iban pasando de mano en mano.
Todo era casi perfecto. Salvador se sentía casi contento. A todos les había gustado la casa y celebraban la idea de la inauguración.
En el dormitorio, Leni, Emilia y Muv discutían.
Mirá, mah sí, quedate acá. Después no vengas llorando porque te metió los cuernos, dijo Leni.
Dale, nena, ponete esto, dijo Emilia mientras sacaba del placard un pantalón azul oscuro y una remera verde. Te pintas un poco, te perfumás, salís y acá no pasó nada.
No quiero salir, che. Dejenme en paz.
Emilia y Leni se sentaron en el borde de la cama.
Yo no sé por qué siempre tenés que complicar todo, Muv, le dijo Emilia. Sos mi hermana y te adoro, pero cuándo hacés estas cosas, me dan ganas de matarte.
Coincido, dijo Leni. Al final, vos no lo querés a Salvador. No sos capaz de hacer un sacrificio por él. Ni que estuviera haciendo una orgía o algo que te hiere el amor propio, boluda.
Ustedes no entienden. No es por Salvador. Es por la gente. ¿Por qué tengo que estar con esa gente? Porque a Salvador no le alcanza estar conmigo.
Qué ingratitud. Sos una hija de puta, no pierdo un minuto más tratando de hacerte razonar, casi gritó Leni y salió, dando un portazo.
Tiene razón, dijo Emilia. No ves que hace la fiesta para festejar que al final están juntos? Yo me vestiría y saldría. Jugás de local, esta vez. Nadie te puede hacer nada malo porque estás en tu casa. Nadie te va a hacer algo malo.
Confías demasiado en la gente.
Pero, Muv, vos y yo también somos gente. Salvador es gente. Los nombrás como si fueran una masa aislada que está de acuerdo en joderte la vida. Basta de esto. Vestite y salí. En quince, te veo en la galería. Y la terminás, porque le voy a decir a mamá. Y vos sabés cómo se pone de densa mamá cuando estás en idiota, asi que por tu bien, hacé lo que tenés que hacer. Ya no sos una adolescente. Punto. Esta discusión se acabó acá.
Emilia salió del dormitorio sin dar un portazo pero con el paso firme de quién no va a volver a entrar.
Muv se quedó sola, mirando la ropa que su hermana dejó sobre la cama.


Muv no se siente bien, pobre, dijo Salvador, excusándose ante uno de sus invitados que preguntaba por ella. No sé si se va a poder levantar de la cama.
Después de decirlo y recriminarse interiormente a causa de la mentira, se acercó a Pedro que tomaba fernet apoyado contra una de las columnas de la galería.
A veces, siento que Muv no me quiere, le dijo Salvador. O que no me quiere tanto como la quiero yo.
Buen momento para ponerse a pensar en ese asunto, dijo Pedro. Dejala; la piba es así; enroscada y más terca que Leni. Más bola le das, peor es. Pasalo bomba y matala con la indiferencia.
Ojalá pudiera, dijo Salvador. Ojalá.
Escuchó cierto revuelo en el living. Alguien saludaba a los gritos a otro alguien, aunque el timbre no había sonado y Salvador no había abierto la puerta.
Se asomó y la vió, vestida, peinada y pintada. "La mato", pensó pero no tuvo tiempo para decírselo porque ella lo abrazaba demasiado fuerte, como si estuviera aterrorizada.
La llevó hasta la habitación de escribir, mientras uno y otro la saludaban y la felicitaban y le preguntaban cómo estaba.
Por qué hacés esto. Por qué siempre hacés esto. Por que cuándo empiezo a pensar en que está todo mal, aparecés y deshaces todo lo que pensé de un sólo golpe. No merezco que hagas esto, dijo Salvador.
No sé. No sé por qué lo hago. No sé por qué siempre hago esto. No sé por qué soy la piedra en el zapato. Me sale solo. No lo planeo.
Qué cosas tan diferentes pudieron decirte Emilia y Leni como para que cambies de opinión? Qué, que yo no te haya dicho.
Que me vas a dejar. Que te vas a ir con otra. Que soy una infantil. Que soy ingrata, boluda e hija de puta. Tienen razón.
Salvador se quedó callado. Respiró. Suspiro.
Vos me querés a mí, preguntó, como si fuera un chico. Vos estás segura que me querés o te estás conformando conmigo?
Muv cerró los ojos y los mantuvo apretados. Dijo y lo dijo de un solo tirón, casi sin respirar.
Yo te quiero como nunca quise a nadie y a veces, te quiero mal porque te quiero para mí sola. Pero a veces, te quiero bien, que es como me gustaría quererte siempre. Yo esperé toda la vida que alguien me quisiera como vos.
Se quedó sentada y agachó la cabeza.
Me mando muchas cagadas. Tengo miedo, dijo.
Salvador resopló otra vez.
Yo esperé toda mi vida para quererte. Ahora que te quiero no me dejes solo. Yo no sé querer a gente ausente. Y no quiero aprender, respondió Salvador. Salgamos. Tenemos invitados. Quedate conmigo.
Se agarraron de la mano. Se les notaba a los dos, que esa noche, en medio de toda esa gente, hubiesen preferido estar solos.
Igual, se divirtieron. La gente se fue temprano. La casa quedó hecha un desastre.





viernes, abril 20, 2007

Sombra

Oma prendió el velador. Eran las cinco de la mañana. Alguien había abierto la puerta y estaba entrando.
Oma se persignó. Quién anda, gritó. Lamentó no haberse llevado el inalámbrico a la cama, como siempre le recomendaba su hijo. Tuvo miedo. Dios mío, pensó. Dios mío.
Se quedo quieta sentada en la cama, tocando el crucifijo que colgaba de su cuello. Empezó a rezar. Dios mío, dios mío.
Quién anda, volvió a gritar mientras comenzaba a transpirar y pensaba que ya no estaba en edad de vivir sola, que había que vender la casa, que para qué estar ahí, tan lejos de todos.
Hola, dijo Muv acercándose desde la puerta y Oma pegó un grito y empezó a llorar.
Ay, Dios mío, gritó Oma. Y mientras miraba no sabía si soltar el crucifijo, si destaparse, si salir de la cama o si taparse hasta la cabeza.
Muv tiró la mochila al piso y corrió a abrazarla.
Hola, Oma, hola. No te asustes, soy yo.
Ay, nena, qué hacés acá. Qué susto me diste, dijo Oma y empezó a llorar con ese llanto silencioso que tienen algunos viejos que solo se les nota en el tono de voz. Cuándo llegaste, qué hacés acá, qué te pasó.
Muv la abrazaba, o mejor, la apretaba contra su cuerpo sin dejarle distancia para mirarla. Le frótó la espalda con la palma de la mano mientras apoyaba su frente en la base del cuello de Oma. Le pareció que en los días que estuvo afuera, Oma se había achicado.
Ya, ya, dijo la Oma suavecito liberándose de Muv. Sabía que ibas a volver, se lo dije a Salvador.
Muv se sacó las zapatillas. Cambió de lugar, recostándose al lado de Oma.
Tengo sueño, le dijo y Oma apagó la luz.
Le avisaste a tu papá que llegabas hoy? quiso saber Oma mientras se acomodaba en la cama.
No, dijo Muv.
Metete adentro de la cama, le ordenó. Mañana sin falta, le avisas.
Por ahora, no quiero que sepan que volví.
Ay, Muv, no empecés con las gansadas.
Muv se sacó el pantalón del joggin. Se metió debajo de las sábanas.
Dormí tranquila, Oma. Me voy a quedar un tiempo con vos.
Se quedaron calladas. A Muv le pareció que Oma respiraba raro. Le tocó la cara para saber si lloraba pero no. Apoyó su mano en el brazo de Oma y después de un rato, se quedó dormida.
Oma se quedó dormida con la mano en el crucifijo.

jueves, abril 19, 2007

Mate

Está tarada, dijo Leni. Para qué te llama a vos si tiene que hablarle a la abuela. Está tarada. Se estará drogando mucho?
Salvador tomaba mate y movía la cabeza. Levantó el pómulo izquierdo y entrecerró un ojo balanceando la cabeza de un lado a otro, dudando.
No se dignó a llamarme nunca. No sé si estará enojada, si creera que tuve algo que ver con tu mocazo, siguió protestando Leni, pero en cuánto me llame, ya va a ver. A esta mina hay que decirle las cosas sin anestesia. Todo el mundo la trata como si fuera un bebé. Qué tanta paciencia, loco. Es una mina grande. Al final, a qué se fue. A tirar guita, a eso. Ya me va a escuchar.
Salvador volvió a servir agua en el mate. Con parsimonia, acercaba la bombilla a la boca y chupaba una vez, dos veces y miraba la mesa mientras oía la voz de Leni.
Y a vos qué te pasa, se puede saber. Estás sentado ahí, como el que escucha llover. No tenés sangre en las venas. Son tal para cual.
Salvador levantó la cabeza.
Me tiene podrido, dijo.
Quién, preguntó Leni.
Muv. Quién va a ser. Me tiene podrido.
Leni cruzó las manos y escuchó atentamente.
Me cansé de echarme la culpa, dijo Salvador con un tono de voz grave y pausado. Me cansé de extrañarla y me parece que me cansé de esperar.
Tenés otra mina, dijo Leni.
Nada que ver. Estoy solo. Y me quiero quedar así. Un tiempo, al menos. Hasta que vuelva a ser yo, el boludo de Salvador que siempre se está riendo.
Leni le sacó el mate de la mano. Esta vez, sirvió ella.
Yo no los entiendo, le dijo. Cuando ella no te registraba, vos eras su sombra. Cuando por fin te empezó a registrar, le metiste los cuernos. Se avivó. Te dejó. Quisiste hablar para arreglar las cosas. Se fue. Estuviste hecho un trapo mojado hasta que te llamó. Ahora que te llama esporádicamente, te pudriste. Por qué no se dejan de joder. Las cosas son mucho más sencillas, Salvador.
Le metí los cuernos. Sí, le metí los cuernos. Flor de cagada. Pero ella no se portó mucho mejor que yo, eh. Ella no me cagó, pero como predije desde el primer día, a la primera de cambio, se rajó.
Y qué iba a hacer, nabo, dijo Leni.
No sé. Quedarse, por ejemplo. Pero yo me mando un "mocazo" como decís vos y ella la embarra peor que yo. Y acá estamos.
Y sí. Son tal para cual, qué digo.
Se quedaron en silencio. El mate pasaba de mano en mano. El agua dejaba de hacer espuma y los palos de la yerba empezaban a aparecer en la superficie.
Sabés que es lo peor, dijo Leni.
Que te va a llamar y te va a decir que te extraña y que le gustaría que estuvieras con ella, dijo Salvador. Y no le vas a poder decir una palabra.
No. Lo peor es que vos la querés y si vuelve, todo lo que dijiste te lo vas a guardar en el bolsillo, contestó Leni.
Quién sabe, dijo Salvador. No sé si piensa en volver. Y yo... yo no sé qué voy a hacer.
El termo había quedado vacío. Leni se paró decidida a recargarlo y de paso, cambiar la yerba del mate. Cuando pasó junto a Salvador, le dió dos golpecitos en la cabeza.
Ya veremos, le dijo hablando con ternura. Ya veremos.
Repentinamente, Salvador se sintió un poco mejor.



martes, marzo 27, 2007

Pierna

A lo mejor porque extrañaba mucho, a lo mejor porque la vieja es todo lo que quedaba de Muv en Buenos Aires o a lo mejor, porque a pesar de todo, la vieja es querible, Salvador pasó por lo de la Oma. Tocó el timbre y esperó. Un rato después, la Oma abrió la puerta en camisón.
Hola, ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?
Hola, nene. Me duelen un poco las piernas. Estaba en la cama.
Qué cagada, te hice levantar.
La Oma caminó directo al dormitorio. Salvador la siguió. La casa estaba como siempre pero esta vez no tenía ese aspecto tranquilo que tanto le gustaba. Estaba lúgubre, apagada, como si hubiese estado vacía.
¿Cuánto hace que te duelen las piernas? le preguntó.
Hace unos días empezó. Debe ser el tiempo. Ando cansada, dijo la Oma mientras se metía en la cama con dificultad.
¿Comiste? preguntó Salvador.
Tomé un té con leche con unas tostadas. Sentante, nene. Contame como te va.
Salvador se sentó en el borde de la cama, dijo que le iba más o menos, a veces mejor, a veces peor, pero que con los días se iba acostumbrando a la sensación de extrañar a Muv de 0 a 24.
Ah, yo no me acostumbro, dijo la Oma. Y eso que fui la primera en apoyarla con el viaje pero es como si me hubiesen arrancando un brazo, mirá, le dijo a Salvador. Encima, no llama, no escribe, no nada. Es como si nos hubiese olvidado a todos.
Tu hijo no te viene a ver, aseguró Salvador.
Alfredo llama todos los días, no me puedo quejar. Vos entendés de lo que hablo.
Sí, dijo Salvador. ¿Cuántos días hace que estás en la cama?
Dos o tres, dijo la Oma, pero no todo el día. Cuando me canso, nomás.
Salvador miró la habitación. Se paró y levantó la persiana. Entraba la última luz de la tarde.
Quiero vender la casa, dijo la Oma. Es demasiado grande para mí. No tengo ganas de seguir cuidando las plantas.
No, Oma, si a vos te encantan las plantas. Cómo vas a vender la casa.
Estoy cansada, querido. No tengo ganas de seguir trabajando.
Salvador la miró detenidamente. Los ojos de la Oma estaban enrojecidos.
Me mentís, le dijo, me estás mientiendo, Oma. Vos querés la guita para rajarte a Europa con Muv. ¿Qué les pasa a las mujeres de esta familia? ¿Todas me quieren abandonar?
La Oma largó una carcajada.
¡Qué pavote! Alcanzame el salto de cama, querés, le dijo a Salvador. Si serás mimoso, vos, che. ¿Tomaste la leche?
La Oma caminó hasta la cocina arrastrando las pantuflas. Abrió la heladera, sacó el sachet de leche.
Salvador sonreía. Era la Oma de siempre.
Y los dos eran todo lo que tenían de Muv, en ese momento.





viernes, marzo 16, 2007

Huérfanos

Leni y Pedro habían llegado la noche anterior. Al mediodía habían llamado a la casa de Muv y encontraron un mensaje en el contestador que indicaba volver a llamar pero al número de su casa paterna. Optaron por llamar a Salvador, que contó poco a las apuradas.Vení a casa inmediatamente, dijo Leni.
Pero cómo que se fue, gritó Leni cuando Salvador le contó con poco detalle lo que pasó mientras ella estaba de luna de miel. Cómo dejaste que se fuera.
Hice todo lo que pude, contestó Salvador.
Bueno, como siempre, poco y mal, dijo Leni. ¿No se te ocurrió pedir perdón? ¿No te pusiste de rodillas? ¿No saliste corriendo a pararte delante del avión? No sé. No hiciste nada, Salvador. Nada. Ni una bien. Desde el principio. Ni una bien. A veces, yo no sé, eh. No te entiendo. No sé si sos o te hacés.
Pedro abrió la puerta. Venía de la calle. Ya le contaste, le dijo a Salvador y movió la cabeza con preocupación.
Y vos cómo sabés, le dijo Leni que estaba furiosa.
Hablé con mi hermana, contestó Pedro.
¿Con tu hermana? preguntó Leni y después, mirando a Salvador, ¿fue con la hermana de Pedro? No, si vos sos un boludo importante, Salvador. Te cogiste a una mina conocida. Como si tuvieras, no sé, dieciseis años. Como si recién la hubieses puesto por primera vez y quisieras ir poniéndosela hasta a los árboles. No ves que hay que matarte.
Salvador rompía un papel cada vez que Leni decía una palabra. Cada frase, le hacía sacudir la pierna, entrecerrar los ojos, tamborillear los dedos sobre la madera de la mesa.
¿Cómo se te ocurrió cogerte a la hermana de este? Esa mina... Le da lo mismo la pandereta que el violín, por Dios.
Eh! dijo Pedro. Es mi hermana, che.
Leni lo miró. Vos, callate, le dijo y volvió a dirigirse a Salvador.
Cómo puede ser que no tengas criterio ni para eso. Hasta cuándo vas a ser así, hasta cuándo. Crecé, Salvador. Ya no sos un chico. Hay cosas más importantes que...
Salvador no la dejó terminar.
Sabés qué, Elena, le dijo en tono enérgico, me tenés las pelotas por el piso. Vine a contarte que Muv se fue. No vine a que me hagas un juicio. Me tienen las bolas llenas. Ustedes nunca se equivocaron, claro. Ustedes nunca metieron la pata. Ustedes nunca se arrepintieron por hacer algo. Tan perfectos como son.
Salvador se levantó de la silla. Se acercó a Leni. Pedro lo observó.
¿Que pensaban ustedes de Muv y de mi? le preguntó. ¿Qué hablaban de nosotros, cuando no los veíamos? Ustedes, los dos, eran los primeros en decir: Muv ya se va a dar cuenta de que Salvador es un boludo. Salvador no es para Muv. Muv merece otra cosa. Y acá lo tienen, carajo, acá lo tienen. Se cumplió. Yo soy un boludo. Muv se dio cuenta y me dejó. Y nos dejó a todos. Y ya no necesito que alguien me recuerde que me mandé la cagada de mi vida. No preciso que ninguno de ustedes, que nunca fue capaz de decirme " fijate, te quiere, está con vos" cuando yo veía todo nublado y sentía que Muv se me escapaba, me reafirme en mi condición de pelotudo. Nadie me ayudó. Nadie me hizo el aguante. Sólo están ahora, porque hablar de las decisiones de los demás es tan fácil, para decirme que soy un imbécil. Y para eso estoy yo. Me escuchás, Elena. Para eso estoy yo. Todas las noches, durante los últimos quince días pienso en que daría lo que no tengo por volver el tiempo atrás. Pero es tarde. Y no puedo más. Y no necesito que nadie más venga a decirme lo mal que hago todo. Soy un desastre, ya lo sé. Lo tengo comprobadísimo. Ahora, dejame de joder. Si te llama y te dice dónde está, avisame. Ayudame a hacer las cosas bien. Yo quiero hacer las cosas bien. Date cuenta.
A medida que Salvador gritaba Leni se enojaba más.
Y para qué. Para qué querés saber dónde está Muv, preguntó, para joderle la vida, para romperle las bolas pero en otro continente. Ojalá que no vuelva nunca más. Ojalá que se enamore de un gallego, no sé, de cualquiera. Que sea feliz y que no vuelva. Eso le deseo. De mi parte, no vas a tener un solo dato. Enterate. Yo no te voy a ayudar. Idiota. Necesitas ayuda, necesitas aguante, como un chiquito, como alguien que no sabe. Y para cogerte a esa reventada no necesitaste nada, dejame de joder. Aún sabiendo que si Muv se enteraba, no la veías más. Y se fue por tu culpa. Mi amiga se fue por tu culpa, sabés.
Se quedaron callados los dos. Ni siquiera se miraban. Se alejaron dándose la espalda. En el medio, Pedro, que miraba a uno y otro lado.
A ver, dijo Pedro, a ver que podemos hacer con lo que ya está hecho. Vos, le dijo a Leni, te calmás. Muv no es una extensión tuya. Es tu amiga. Se fue, estás enojada, está bien. Pero reconocé que hiciste tu parte, asi como la hice yo, por no hacerles el aguante. Nosotros no ayudamos en nada, Leni.
Se fue sin esperarme, dijo Leni que cambió la furia por la tristeza, si hubiese hablado conmigo, a lo mejor se quedaba. Pedro la abrazó.
Y vos, le dijo a Salvador, qué esperás para ir corriendo a buscarla. ¿No tenés plata? Te presto. ¿No sabés dónde está? Te ayudo a averiguar.
No quiere saber nada conmigo, le dijo Salvador, no me quiere. No me quiere más.
Pasó un rato. Pedro acariciaba los brazos de Leni que hacía esfuerzos por no llorar.
Después de quince minutos, cuando los dos enojados volvieron a mirarse, Pedro dijo: Ninguno de los dos se da cuenta, conociéndola como la conocen, que Muv se escapó de acá porque no quería sufrir. Y ninguno de los dos, cada uno por lo suyo, mientras Muv estuvo acá supo ser lo que ella necesitaba. Vos, mirándo a Leni, lo único que hiciste fue retarla y forzarla a reconocer algo que ella no estaba segura de sentir. Y vos, mirándo a Salvador, la ahuyentaste. Y para mí, los dos estuvieron como el culo. Y no tienen nada que reprocharse, salvo, haberse olvidado de Muv. Asi que se calman. Se toman un vaso de agua y nos sentamos acá, los tres, a ver como solucionamos este quilombo.
Lo obedecieron. Se sentó uno a cada lado de Pedro. No se sabía cuál de los dos estaba más triste.
Hablemos con Muv, dijo Pedro. Hablemos los tres. Escuchemos que tiene que decir. Si nos extraña, si nos necesita. Por más lejos que esté, Muv es Muv. Demosle unos días. Que se acomode, que no esté tan fascinada. Mientras tanto, ustedes hagan las paces.
Vos no estás caliente conmigo, le preguntó Salvador a Pedro.
La vida de los otros, hasta la de mi hermana, es de los otros, contestó Pedro.
Leni salió hacia el dormitorio. Volvió con dos albumes de fotos. Ahí estaba Muv. Pasaron toda la noche contándole a Pedro anécdotas compartidas: disfraces, casamientos, despedidas de solteros, borracheras, caidas. Hablaron de Muv como nunca hablaron delante de ella.
Pedro los miraba. Verlos ahí, sentados uno enfrente del otro, recordando cosas, le inspiró una ternura que casi llegó a conmoverlo. ¿Alguno de mis amigos me querrá así a mí? se preguntó. Si estuvieras acá, Muv, si los vieras como los veo yo ahora, si te enteraras cómo te quieren estos dos y cuánto te necesitan, no te hubieses ido a ningún lado.
Hablaron hasta las cinco de la mañana. Cuando Salvador se levantó para irse, no pudo evitar el abrazo con Leni, un abrazo angustiado como esos que se dan cuando alguien se muere.
Acá no se murió nadie, dijo Pedro mientras abría la puerta para acompañar a Salvador.
Llamame, dijo Salvador cuando se iba.
Si averiguo algo, te aviso, respondió Leni. De alguna manera, la vamos a hacer volver.
Ojalá, dijo Salvador. Ojalá. Pero no sonaba convencido.
Cuando estaban a punto de salir, Leni los detuvo.
Esperá, Salvador, dijo y revolvió el álbum. Encontró una foto que ella misma había sacado. Era un recorte de Muv, un ojo, parte de la nariz y la boca. Una media sonrisa, tan Muv, que no había foto mejor para tenerla presente.
Llevatela, le dijo. Tenela vos. Cuándo vuelva, me la devolvés.
Gracias, dijo Salvador y se fue, sosteniendo la foto de Muv como si fuera una estampita.



miércoles, febrero 28, 2007

Veredicto

El quilombo es que no tengo con quién hablar de Muv. Antes, cuándo me enganchaba mucho con una mina, pasaba días completos hablando de ella con Muv. Ahora, no puedo hablar de ella con ella porque siente que le hago planteos, que la miro con microscopio.
Y a lo mejor, es verdad, la miro con microscopio pero porque no puedo dejar de mirarla. Encuentro cosas en ella que nunca ví y eso que hace tanto que nos conocemos.
Pedro escuchaba a Salvador mientras se ataba los botines.
Y extraño a mi amiga Muv, qué querés que te diga. Ella siempre veía las cosas de una manera diferente a como las veía yo. Y generalmente, acertaba. Si algo que yo le contaba de una mina, no le cerraba, me daba un veredicto. A las semanas, lo que habia dicho, se cumplía. Ahora ando sin brújula. No sé lo que hago. No sé si está bien o mal. No tengo a quién preguntarle.
Ajá, dijo Pedro acomodándose el short.
Nunca tuve tanto miedo como ahora. Me parece que la cago a cada rato. No me puedo tranquilizar. Me parece que cualquier día se va a ir, que no va a volver más, que la voy a pudrir.
¿Vos siempre fuiste así?, preguntó Pedro.
¿Así cómo?, dijo Salvador.
Así, miedoso, como una mina, le dijo el otro.
No. Yo antes era el que le sacaba los pescados de encima a Muv, el que la consolaba, el que estaba siempre que me necesitaba, el que adivinaba si estaba triste o contenta, el que la defendía, el que la hacía reír. Y te juro que no quiero más que estar con ella, pero cuándo está ahí, no sé. Me transformo, me vuelvo loco.
Y no pensaste que te diría Muv en esta situación, preguntó Pedro.
Sí, me diría que me deje de joder y disfrute.
Sabias palabras. Dejate de joder, Salvador. Vamos a jugar. Está todo bien.
Ya sé. Pero entendés que extraño a mi amiga Muv, no? preguntó.
No, me parece una pendejada lo que decís, pero yo no soy una mina, no tengo nada que decir al respecto, no puedo analizar esta cuestión desde otra óptica más que: Si está todo bien, por qué no te dejás de romper las pelotas. No sé si me explico, dijo Pedro.
Bueno, por eso la extraño, contestó Salvador. Muv nunca me hubiese dicho que me deje de romper las pelotas. La extraño, che.
Y bueno, jodete, macho, contestó Pedro. La verdad, Salvador, hay que tenerte una paciencia a prueba de balas. Anduviste penando todo el tiempo porque Muv se acostaba con otros. Ahora que se acuesta con vos, extrañás a tu amiga. Es para fajarte, sinceramente. No te ofendas, pero si yo fuera ella, te dejo. Por pelotudo.
Eh! dijo Salvador.
Y, sí. Esto es quejarse de lleno. Vos hacé lo que quieras. Yo me voy a jugar.
Salvador se quedó callado. Después, caminó detrás de Pedro mirando el piso.



domingo, febrero 18, 2007

Chicas

Leni y Muv se encuentran una tarde, solas.
No extrañás nada de cuándo estabas sola, le pregunta Muv a Leni, mientras caminan esquivando chicos, adolecentes, adultos y ancianos.
Y... la verdad... no, no extraño nada. De solo pensar en que si me peleo con Pedro, tendría que volver a salir, conversar con tipos que no me interesan hasta encontrar uno que sí me interese y después, esperar al lado del teléfono que llame, se me pone la piel de pollo, dice Leni.
Muv la escucha atentamente.
Sí, bueno, está eso, pero yo decía más sobre, no sé, cosas que hacías cuándo estabas sola, qué se yo, ponerte crema en la cara y en el pelo, leer un libro, llorar porque estás con el hormonazo sin tener que avisar que no llorás por nada que él te haya hecho ni por algo que te arrepentís de hacerle. O salir un día y encontrarte conmigo, sin tener un horario para volver, qué sé yo, esas cosas.
Leni se para en la mitad de la vereda. Agarra a Muv de un brazo.
Si me vas a decir que ya, después de... ¿cuántos? ¿tres meses?, le pregunta a Muv y la otra contesta, tres meses, seis días y veintidós horas.
Lení sigue.
Vos sabés que todo no se puede en esta vida. Algunas cosas tienen su costo y cuándo uno está enamorado, no le importa pagar cierto precio si está bien. Si me decís que en tres meses, seis días y veintidós horas, ya estás arrepentida de haber terminado de histeriquear con Salvador y ponerte de novia cómo Dios manda y cómo corresponde, te tiro abajo de ese colectivo que está por venir, Mabel.
No, dice Muv, no estoy arrepentida. Estoy aliviada y eso me preocupa un poco.
¿Te preocupa sentirte aliviada? dice Leni casi elevando el tono de voz.
Sí, aunque lo adoro a Salvador y creo que nunca estuve así de bien, me preocupa sentir este alivio.
Mabel, vos cada día estás más loca, dice Leni.
Esperá, dice Muv, escuchá: me preocupa sentir el alivio de que por ahora no me voy a tener que preocupar por si se rompe un forro porque al tipo que se le rompió no voy a volver a verlo. Me preocupa porque no voy a volver a pasarme la noche queriéndome ir a mi casa, ni hablando por compromiso. Me preocupa que Salvador sea eso, el alivio a todas las cosas que ya no quería seguir haciendo.
Y por qué te preocupa tanto a ver, dice Leni, que está perdiendo la paciencia.
Porque Salvador se merece ser mucho más que eso.
Haceme un favor, Mabel, dice Leni que a esta altura ya no la mira a la cara, a mí no me empaquetes. No me digas "Salvador no se lo merece" con voz de ñoña, vamos. Somos pocos...
Leni entra a un bar. Sentante, le ordena y Muv hace caso. Pide un té y una coca cola.
Hablame clarito, nena, dice Leni, vos lo querés a Salvador o no lo querés. Acá no hay mucha vuelta. Se siente o no se siente.
Si lo quisiera más creo que me dolería, dice Muv.
Frase de poster, dejame de joder. La verdad. Decime la verdad.
La verdad es que lo quiero tanto a Salvador, dice Muv empezando a enojarse, que me gustaría ser otra. Para quererlo mejor. ¿Te conforma esa respuesta?
Y no, dice Leni, no me conforma. Esa decitela a vos, cuándo te mirás al espejo y te prometés que nunca vas a ser feliz pero a mí no me la digas.
¿Qué querés que te diga, Elena, que invente cosas que no pienso?
Quiero que me digas que te falta el aire, que no ves la hora de verlo, que desde que decidiste estar con él te sentís más linda, más contenta, más inteligente, yo que sé. Quiero que me digas algo, pero por la positiva, la puta madre que te parió.
Muv se queda callada. Se apoya contra el respaldo de la silla. Toma aire. Una vez. Dos veces, diez veces.
Y no te pongas a llorar, protesta Leni, no llores, a mi no me conmoves con tu llanto autocompasivo. Decime la verdad o voy a creer que no lo querés.
Por mi podés creer lo que se te cante, Elena, dice Muv. Ojalá pudiera decirte todo eso, ojalá pudiera decirte mucho más que eso. Lo que vos queres oir es un parlamento egoísta. Yo no necesito a Salvador para sentirme más linda, ni más inteligente, ni más contenta. Yo no necesito a Salvador. No es una cuestión de necesidad.
¿Se lo dijiste alguna vez? ¿Alguna vez, en todos estos años, te sentaste frente a él y le dijiste que vos no lo necesitás y que lo elegís o lo querés o no sé que mierda sentís?
No, contestó Muv mirando hacia la ventana. Todavía no se lo dije nunca.
La otra revolvió el té, se le iba pasando el enojo pero todavía sentía una especie de furia hacia su amiga.
Entonces, decíselo pronto, Muv. Tomate un tranquilizante, emborrachate, pegate la cabeza contra la pared, pero decíselo. Va a ser la única manera que vos empieces a aprender a no estar sola y que él se entere que te pasa por adentro de ese laberinto que tenés por cabeza.
Muv bajó la vista. Leni se quedó callada.
Te digo esto porque, quiso decir cuándo vio que su amiga no dejaba de mirar la formica de la mesa.
Me lo decís porque me querés, ya sé, terminó Muv, tiene formas raras el querer, parece.
Pasaron un rato calladas. Cuando terminaron de tomar el té y la coca, salieron de nuevo.
En la esquina, compraron unos collares con cuentas de colores pero seguían enojadas.

sábado, enero 20, 2007

Amigos raros




Es sábado y salieron a caminar. Muv y Salva, Leni y su ciberamante que se llama Pedro, es encantador y ya no pertenece al cibermundo. "Encantador" dice Muv y Leni la mira. "En serio", vuelve a decir Muv.
Salva no opina porque camina con Pedro y hablan de viajes y de autos y cada tanto, revisan de arriba abajo a unas chicas que pasan.
Muv y Leni caminan más atrás, tomadas del brazo como si tuvieran muchos años más de los que tienen.
Leni cuenta que nunca estuvo más contenta, que Pedro regala flores y llama todos los días por teléfono, que la pasa a buscar por el trabajo y los fines de semana la lleva a una plaza a sacarle fotos a gente desconocida. Y después de decir todo eso, Leni sonríe con una sonrisa llena de dientes y confiesa que hacía muchos años que no se sentía así.
Muv le hace una caricia larga en el brazo. No lo dice pero la alegra que su amiga esté contenta otra vez.
-Ahora te toca a vos -le dice Leni-. Es cuestión de proponérselo. Ya estuvo bien, Muv, ya estuvo bien.
Muv la mira y dice que sí pero tambien dice "qué querés, qué ponga un clasificado" y Leni, riéndose le dice que no sería mala idea.
Salva y Pedro se detienen.
-Te están haciendo una radiografía -le dice Salva a Pedro.
-No tengo nada que esconder -dice Pedro y se gana un beso de Leni.
Y después lo de siempre: Leni le pregunta a Pedro si no tiene un amigo para presentarle a Muv. Muv se niega, Salva mira. Leni insiste, Pedro dice que se va a fijar.
En una esquina, hay un bar de esos que venden panchos y milanesas al paso. Leni dice que tiene hambre. Pedro, tambien.
Muv anuncia que se va. Se despide con un abrazo de Leni y de Pedro con un beso y un "nos vemos".
Salva la sigue. "Yo también me voy" les dice y se despide de la pareja sonriente.
- ¿Estos chicos que onda? -le pregunta Pedro a Leni cuando se quedan solos.
-Dicen que son amigos- contesta Leni y termina de comer el pancho-. Amigos raros, qué se yo.
En el colectivo, Salva dice que Pedro es un tipo piola y que Leni parece feliz.
-Tengo sueño- dice Muv y se duerme apoyando la cabeza en el hombro de Salva. Salva la abraza pero no se da cuenta.


viernes, enero 12, 2007

Hueca

Leni le cuenta a Muv que conoció a alguien a través de internet. Le dice que se pasan el día chateando y que en algún momento no muy lejano, se encontrarán para salir.
Muv escucha sin demasiado interés porque desde el principio no cree que la impresión en tres dimensiones logre superar a la cibernética.
Mejor ir sin expectativas, dijo Muv, si el tipo no te gusta, te vas a desilusionar mucho.
Y qué me importa cómo es el tipo si ya me gusta por escrito, dice Leni mientras hojea una revista de moda, mirá si a esta altura del partido me va a importar si es pelado o petiso. Todo eso ya fue, Muv. Estamos en una edad dónde lo que importa es otra cosa.
Muv piensa un rato. Teóricamente, Leni tiene razón. Pero tambien sabe y lo sabe por experiencia propia que hasta el ser humano más noble tiene un costado desagradable que mas temprano que tarde, se suele descubrir. Tambien sabe que si no hay algo, una chispa, electricidad, energía, onda o como uno quiera llamarle, en general, las citas a ciegas son un gran fracaso.
Esto es lo mismo que cuando hacen una pelicula basada en una novela. El libro siempre es mejor. Bueno, con la gente es lo mismo. Vos sabés Leni, la gente por escrito siempre es mucho más interesante y encantadora de lo que es en la vida real. Ponele, le dice, el tipo es gangoso o tartamudo o bizco o tiene un problema para caminar. Ponele que le faltan los dientes, que se mete el dedo en la nariz.
Ya vi una foto, contesta Leni
Las fotos son bastante mentirosas y vos lo sabés mejor que nadie, Elena.
Leni se rie. Cuando Muv se pone seria la llama por su nombre.
Lo que decís tiene cierta lógica, Muv, algo extraño viniendo de vos, la agrede sacándole la lengua.
Pero vos sos linda, Elena, le dice Muv dándole un coquito en la cabeza mientras juega a bambolear la ojota en el filo de los dedos de los pies.
Yo soy lo que puedo, Mabel, le dice Leni y se rie porque sabe que Muv odia su nombre, como todo el mundo, como cualquier persona. No seas hueca, por favor, le pide.

miércoles, diciembre 27, 2006

Cartera










Hace días que no me atendés el teléfono, le reprochó una que era amiga de Muv hasta una semana atrás. No sé qué te pasa, si estás enojada, ni si hice algo que te haya caído mal, prosiguió después de haber entrado al departamento, arrojando la cartera sobre la mesa, con cara de disgusto y exagerando el tono.
-¿Por qué creés que podría estar enojada? - dijo Muv - ¿Acaso tengo algún motivo? Quizás no me pase nada más que no tener nada que decirte. Digo, es algo que podría pasar.
-Pero conmigo no te pasó nunca hasta ahora - retrucó la otra, bajando el tono y poniendo la mano en la cintura, esperando una explicación que no recibía.
Muv la miró detenidamente, caminando alrededor de ella.
-Ah, mirá! Tenes puestos unos aros iguales a los míos. Estas usando el mismo perfume que yo. Te encaprichaste con mi peluquero. Tambien con mi ginecologo. Tu cartera es igual a la mía pero de otro color. Tu remera es exactamente igual a la que me puse el sábado.
-¿Sí? - dijo la otra - Ni me di cuenta. Agarré lo primero que encontré. Pero hablemos del sábado porque creo que fue ahí donde te pasó algo conmigo.
- Con vos. A mí me pasó algo con vos. A mí.
-Sí, quedaste celosa. Muy celosa porque al final, ese chico, el que estaba hablando con vos y que después cuando llegué donde estabas, terminó hablandome a mí, te puso de mal humor. Ay, Muv, todos sabemos lo frágil que es tu autoestima cuándo se trata de un hombre pero no seas tonta, ese chico no valía la pena.
-Ajá - dijo Muv mientras estiraba el brazo para alcanzarle la cartera a la otra y caminaba hacia la puerta - Me dí cuenta. Nadie que acepte una mala copia de mí, merece la pena.


jueves, diciembre 14, 2006

El ojo de Leni



Desde que puede recordar, Elena alias Leni para todos los que la conocen, escuchó hablar de sus ojos. No puntualmente del órgano visual en cuánto a tamaño y color, sino de la forma en que miraba, de la manera en que su mirada recorría cosas y personas y de las elecciones que hacía al mirar. Quizás por eso, porque siempre decían: pero qué cosas tan raras ve Leni, mirá como mira Leni, comenzó a registrar todo aquello que le llama la atención en fotografías que guarda, junto con unas recetas de cocina pasadas de generación en generación dentro de su familia y un dibujo que hizo uno de sus bisabuelos, en carpetas organizadas por años.
La primera vez que fotografió lo que veía, tenía once años y estaba en el velatorio de su abuela. Miró a través del visor de una cámara pocket, se acercó todo lo que pudo al par de manos rígidas de su Oma y obturó. Había mirado durante un rato las arrugas en los dedos y las uñas amarillentas y pensó en cómo no había sacado esa foto antes, antes de que tuvieran esa rigidez y ese color.
El flash rebotó en todas las esquinas de la habitación de la casa en la que vivía toda la familia y que en aquel momento, usaron como salón velatorio. Los que fueron a dar el pésame movieron la cabeza de aquí para allá en gesto de desaprobación. Fue su madre la encargada de darle un cachetazo educativo por maleducada.
Cuando, con parte del dinero le había dejado la abuela como herencia – alrededor de 1200 australes- pagó el primer revelado, se encontró con un montón de imágenes que representaban su mundo. En el rollo dónde estaba la foto de las manos de la Oma convivían: el ojo del perro, el escarpín agujereado de su hermana menor, la oreja con piel seca de su papá y la cara del chico que le gustaba. Año 1984, escribió en una carpeta fuelle de las que su papá se robaba del trabajo y la guardó debajo del colchón. Y después de insistir un poco, consiguió que sus padres le financiaran la mitad del precio de una máquina semiautomática Nikon F90 que no llegaba a cubrir con los australes que le quedaban. A regañadientes, aceptaron. Quizás porque ya no aguantaban más que todos los días, en cada almuerzo y en cada cena, Leni dijera que por no ayudarla se había perdido de fotografiar la miga del pan que quedó hecha un bollo al costado del plato o la mancha de aceite de la ensalada sobre el mantel. Y la lista de pérdidas era tan pormenorizada que sus padres ya no soportaban escucharla porque creían que en aquel detalle, los enfrentaba con su incapacidad para ser mejores de lo que eran. Pero eso solo lo creían ellos.
Con el tiempo, Leni se especializó en sacar fotos de objetos o personas de tan cerca o tan recortados o de forma tan poco convencional, que a los pocos privilegiados que les permitía verlas, les costaba reconocer qué o quiénes eran los fotografiados. Y se convirtió en una especie de juego: Adiviná qué es esto.
Encuentro cosas increíbles
, decía Leni mientras señalaba con el dedo la forma en que el blanco y negro de la fotografía descubría en los pelos del pecho de su primer novio una especie de árbol de tronco fino y copa castaña.
Alentada por sus hermanas, Leni decidió instruirse un poco, aprendió las velocidades y los granos de las películas, las intensidades de la luz, el uso de la distancia y los filtros. Aprendió las diferentes técnicas del lenguaje visual.
Sin embargo, siguió prefiriendo la fotografía casera, sacada casi con desesperación por no perder la imagen de la línea más clara que sube en la media corrida de su mamá, o la huella de un dedo en la superficie laqueada de la uña del pulgar del pie izquierdo de su hermana hasta los pelos blancos que, sin que nadie se de cuenta, salen de la nariz del abuelo.
Leni sabe que nadie aceptaría posar para sus fotos por eso. A nadie le gustan las tazas sin asas, los vasos cachados, los muñecos sin cabeza, mostrar cicatrices o lunares o defectos de nacimiento. Nadie disfruta mostrando el agujero en la axila de la remera, la bragueta abierta, la mancha de salsa en la camisa. Todos prefieren esconder eso y la obligan a mentir. Mientras dice que limpia su cámara, mientras inventa que hay una pelusa en el lente y se arma de su ojo fotográfico, obtura y qué felicidad, todo es mejor mirando desde la cámara que a ojo desnudo.
A veces, le preguntan por qué no se dedica a fotografiar eventos. Armate dos o tres carpetas con fotos que sirvan: sociales, simposios, congresos, le aconsejan pero ella se niega.
Le sugieren contactarse con los médicos: los protocolos clínicos usan fotógrafos para evaluar el resultado de una dosis medicinal en pieles, miembros, órganos pero Leni vuelve a negarse.
A Leni le gusta lo que pasa dentro de una casa, lo chiquito, lo escondido, lo que está ahí, la pelusa de los rincones, los bollos de carilina de cuando alguien estuvo llorando, la mezcla de pelos en la rejilla del baño, la forma en que se desprende la piel quemada por el sol, en partículas minúsculas que se pegan al borde de la bañera y el mapa colorado que deja en la piel nueva delimitando islotes colorados.
A mí me sirve, reflexiona Leni cuándo ve que su madre ya no tiene la misma fuerza en las manos para darle un cachetazo y pedirle que no sea contestadora, me sirve para no perder la memoria, para saber que la Oma tenía, por ejemplo, cuatro pecas en la mano izquierda que formaban un cuadrado perfecto e invisible. Me sirve para que sepan que estuve acá y que esta era mi manera de mirar porque un día no voy a estar. Un día cualquiera no voy a estar más acá y alguien tiene que saber que estuve.
Aunque no lo dice, Leni sueña con, algún día, aunque tenga ochenta años, ver sus fotografías colgadas en una muestra. Secretamente, espera ese momento y no se lo dice a nadie. Mientras tanto, sigue registrando todo: el cuello de su sobrina nueva, la forma del chupete, la baba que cae sobre el hombro de su padre que, ahora, se convirtió en abuelo.