lunes, septiembre 24, 2007

Tiempo

Eran cerca de las seis de la mañana y la despertó el sonido del teléfono llamando. Atendió asustada.
Hola puta. Yo sabía que, al final, te iba a encontrar, le dijo la voz de un hombre.
Quién habla, preguntó.
¿Marcela?
Equivocado, dijo y colgó el teléfono pero la voz, la entonación, la forma en que le dijeron cada una de las palabras de la primera frase, la angustió. Mucho. No pudo evitar ponerse a llorar.
Y lloró tanto y se sentía tan acongojada que Salvador se despertó sobresaltado.
Qué te pasó, Muv. Por qué estás así, le preguntó.
Pero Muv no podía hablar. Se sentó en la cama y se abrazó las piernas y lloró todo lo que no había llorado desde que Oma se murió.
Decime qué pasó. Me asustás, Muv, dijo Salvador.
Muv estiró un brazo y le acarició la cabeza y todo el tiempo, escuchó a su propia voz echarle en cara los años perdidos: las noches de sexo; las noches de sexo sin amor; las veces que iba a coger con alguno, porque le gustaba aunque fuera un poco; las veces que fue a coger sólo porque disfrutaba coger; el vacío del después, en el mejor de los casos; el insulto o el mal trato en el más común; las pésimas elecciones cada vez que elegía. La decepción de no encontrar, por lo menos por un rato, de jugando, un contacto amoroso para ella. Las caras de todos esos que, finalmente, no eran tantos pero a ella le parecían demasiados.
Mientras acariciaba a Salvador sintió culpa. Culpa por no haberlo visto antes, por haber disfrutado coger con otros, desde el primero hasta el último, sólo por esquivarle a la soledad; por las veces que supo que iba a salir lastimada o mal parada o descosida y con hilachas.
Por favor, decime por qué llorás así, exigió Salvador. Hablá.
Me hubiese gustado tanto que fueras el primero, Salva, dijo moqueando. Perdí tanto tiempo en tanta gente que no valió la pena. Y vos estabas ahí. Y no te ví. No te ví.
Quién llamó. Qué te dijeron.
Era equivocado. Pero no importa. Importa esto: yo cambiaría toda mi vida, toda, entera, si pudiese volver atrás y te eligiese a vos desde el principio.
Salvador se levantó. Fue y vino con un vaso de agua. Se sentó al costado de Muv. Le desató las manos de las rodillas, le secó las lágrimas. Le acercó el vaso, se lo sostuvo mientras tomaba apenas un sorbo.
Si no hubiese hecho todo tan mal, Salva; si no hubiese metido la pata, una vez detrás de otra y otra vez y otra vez, yo sería mejor. Sería mejor para vos. No sería esta especie de perro cagado a palos al que nadie quiso nunca. Perdí tanto tiempo.
Yo siempre te quise, dijo Salvador. Y ahora, no sólo te sigo queriendo, Muv. Te quiero más y mejor que antes. No llores. Todo eso ya pasó.
Salvador sacó un pañuelo de la caja, le hizo sonar la nariz.
No llores más, por favor. No llores más.
Dejame, Salva. Dejame llorar ahora, a ver si me saco todo esto de adentro. Más de veinte años desperdiciados. Qué desastre que soy.
La abrazó. Ella se aferró a su espalda como si quisiera meterse dentro de su cuerpo.
Acordate siempre, le dijo Muv al oído, cambiaría toda mi vida por volver el tiempo atrás.
Salvador la separó. La agarró de los hombros.
Mirame, le dijo. Ella lo miró. Mirame bien. Yo quiero ser el último. Y si tuviste que pasar por todo eso para ser la mujer que sos ahora, no me gustaría que cambies un solo día. No llores más.
Pero Muv - ay, Muv - siguió llorando por el tiempo perdido y pasado.


jueves, septiembre 20, 2007

Bien

Salvador lavaba los platos y cantaba. Cantaba fuerte.
"Ella fue por esa vez, mi héroe vivo. Bah! Fue mi único héroe en este lío. La más linda del amor que un tonto ha visto soñar; metió metió mi roncanrol, ba-jo-es-te-puuuuuuul-sooooo".
Cantaba y enjabonaba los platos mientras Muv, apoyada, sobre el marco de la puerta de la cocina, lo miraba cantar.
Sos horrible cantando, Salva, le dijo y movió la cabeza, cerrando los ojos, de derecha a izquierda. Decí que yo te quiero tanto que puedo soportar que cantes y mucho más.
Salvador se rió, se mojó la mano, hizo un montoncito con los dedos, se acercó a ella y los abrió una y otra vez hasta salpicarle la cara.
Qué pendejo. El pende viejo. El pende viejo que canta canciones de los redondos.
Callate, tarada. Por qué te pusiste peleadora? Te pasó algo hoy.
Muv pensó en el chico del subte y se dijo: mejor no le cuento nada.
Nada, dijo. Qué me va a pasar.
Bueno, entonces, andá, andá al recital de Soda Stereo, respondió Salvador.
Qué hambre. Boludón. Si los redondos también me gustaban, qué decís. Sólo los "na-bos" no escuchaban Soda porque les gustaban los redondos.
Sí, los "na-bos" a los que no les gustaban las canciones llenas de palabras esdrújulas pretenciosas.
Hambre, hambre, dijo Muv. Dónde estabas hoy a la tarde que estuve dele llamar al telefonito y no me atendía nadie.
No me cambies de tema. Estamos tratando un asunto que puede ser causal de divorcio.
Muv carraspeó. Soy soltera, y carraspeó otra vez.
Detalles, dijo Salvador. Sólo detalles.
Sah, dijo Muv. Dónde estabas hoy que me atendía la señora del contestador?
Salvador terminó de enjuagar un plato y empezó a lavar los vasos.
No tenías señal?
Tenía, dijo Salvador, pero estaba apagado.
Ajá. Y por qué? le preguntó mirándolo con el ceño fruncido.
Salvador volvió a cantar: "mordí el anzuelo una vez maaaaas"
Contestame, Salvador.
Lo tenía apagado porque estoy yendo a terapia, dijo de corrido sin levantar la vista del vaso que estaba enjabonado.
Qué qué?
Eso. Empecé terapia.
Muv dio un grito. Se le abalanzó, le hizo soltar el vaso que cayó de canto sobre el chorro de agua y comenzó a mojarlos.
Muy bien! Muy bien! Muy bien, Salva! Qué contenta me pone que vayas. Qué bien! Qué bien! Te va a hacer re bien, le dijo mientras le llenaba la cara de besos y lo abrazaba fuerte. Yo quiero que estés bien, Salva. Que te sientas bien. Contento. Que seas feliz. Siempre quise que seas feliz.
A Salvador le tembló algo adentro. Ella seguía hablando sobre lo bien que le iba a hacer, sobre lo contenta que estaba, sobre lo bueno de que haya tomado la decisión sin consultarla pero él ya no la escuchaba. En la cabeza le sonaba una frase que la Oma le había dicho mientras Muv estaba de viaje, cuando caminaban, a la salida del médico.
Tenías razón, Oma. Es hermoso sentirse querido pero más hermoso es que te quieran bien, pensó mientras Muv repetía lo bien que le iba a hacer, qué cuánto mejor se iba a sentir y que ella lo acompañaría en todo lo que él necesitase.
Salvador, que por primera vez en su vida sintió que algo le temblaba dentro, tuvo ganas de llorar. De alegría.




lunes, septiembre 17, 2007

Veterana

Subió bufando al subte. Eran las seis de la tarde y había caminado todo el día repartiendo curriculums por cuanta editorial había logrado ubicar.
Entró, con dificultad, entre el brazo de un hombre de traje y una chica de mochila que se agarraba del pasamanos, medio dormida.
Había llamado a Salvador al celular pero estaba apagado. Le reventaba hablar con el contestador. Más de una vez le había preguntado para qué tenía contestador en el celular si iba a tener el teléfono apagado. Además, dónde se había metido y por qué tenía el teléfono apagado, eh. Por qué.
Pensaba en eso cuando se dio cuenta que, sobre la puerta del vagón, alguien la miraba. Le cruzó los ojos y lo enganchó justo, mirándola. Le dio vergüenza descubrirlo y bajó la vista.
Los viajes en subte son tan aburridos, pensó, qué más se puede hacer que mirar gente.
Subió el volumen del reproductor. Se preguntó si no habría dicho algo en voz alta y por eso se ganó la mirada pero después creyó que si lo hubiese hecho, todos la mirarían y no sólo el que se apoyaba contra la puerta.
En cada estación, revisaba que no la siguiese mirando pero entre los que subían y bajaban, lo perdía de vista.
Se olvidó del asunto. Se concentró en el techo del vagón.
Faltan cuatro estaciones, pensó. Paciencia.
Se bajó a codazo limpio después de gritar permiso y que nadie se moviera. Salió del andén transpirada, de mal humor y con bronca. Caminó rápido, pasó el molinete. Se paró en la escalera mecánica del lado en que la gente se queda parada. Le iba llegando el aire frío de la calle.
Sintió que le tocaban el brazo. El que la miraba le hablaba pero ella no lo escuchaba.
Se sacó un auricular.
Se te cayó esto, dijo el que la miraba, que era un chico de unos veintipocos y le extendía un paquete de pañuelos de papel.
Muv tocó el morral. Después los bolsillos de la campera. Se sacó el otro auricular. Sonrió.
No, dijo. No son míos. Gracias, igual.
Se te cayeron, eh. Yo ví cuando se te cayeron.
Muv metió la mano en el bolsillo. Sacó su paquete de pañuelos.
No, dijo sonriéndo aún, acá los tengo.
Ah, dijo el chico.
Llegaron a la vereda.
Muv siguió caminando. El chico caminó al lado de ella.
Sabés dónde queda Dorrego, le preguntó.
Te bajaste una estación antes, respondió Muv. Seguí por acá derecho. Después de Juan B. Justo es la tercera o cuarta.
Ah, qué boludo. No conozco por acá.
Bueno, no te vas a perder. Tenés que seguir por Corrientes hasta que la cruces. Son como diez cuadras, más o menos.
Te molesta si voy con vos un par de cuadras, preguntó el pibe.
No, dijo Muv y vio que del hombro le colgaba una guitarra enfundada. Igual, yo doblo un poco más allá.
Bueno, dos cuadras, dijo el chico y la miró como diciéndole tranquila, no te voy a robar.
Por qué siempre se me pegan los pendejos, pensó Muv. Qué horror. Una imagen patética. La veterana que camina al lado del pibito de la banda. Dioses.
Siempre tomás el subte de las seis, preguntó el chico.
No. Casi nunca, dijo Muv.
Ah. Te morís de calor adentro del subte, viste.
Sí, una porquería.
El chico se rió.
Já! Porquería!
Jé, dijo Muv y pensó que ya ni siquiera sabía como hablaban los jóvenes.
Y... vivís por acá?
Sí.
Hace mucho?
Unos meses.
Qué estudiás, preguntó el chico y a Muv le causó la misma ternura que siempre le causaban los pendejos que se le pegaban, que el pibe supusiera que ella todavía estudiaba.
Hace rato que no estudio.
Tuvieron que esperar hasta que cortara el semáforo.
En serio? No quisiste ir a la facu? Yo tampoco quise. Igual, me busqué un laburo. Ahora vengo a ensayar.
Tenés una banda.
Sí.
Cómo se llama.
Desastres en miniatura.
Buen nombre, dijo Muv. Acá tengo que cruzar.
Cruzo con vos, dijo el chico pero Muv lo miró con desconfianza. La calle estaba llena de gente. Si no te molesta, agregó.
Todo bien.
Me dijiste que siga derecho por acá?
Sí, todo derecho.
Caminaron esquivando gente, mujeres con chicos y bolsas de supermercado, chicos del secundario.
Bueno, acá doblo, dijo Muv. Que llegues bien.
Ni ahí que te puedo acompañar hasta tu casa, no?
Muv dijo que no con la cabeza y se río de costado.
Ni hablar de que me des tu telefono.
Tampoco.
Lástima. Sos linda.
Gracias, dijo Muv, vos también. Suerte con la música.
Gracias. Ojalá nos crucemos de nuevo, dijo el chico.
Muv levantó la mano y le hizo chau. Lo dejó parado en la esquina. Se fue riendo. Se reía de ella y del chico. Y decidió que cuando Salvador llegara a casa, se lo contaría.
Le daba más risa, todavía, adivinar lo que Salvador iba a decir.
"Será posible que no te pueda dejar sola"
Se volvió a poner los auriculares. El chico le había alegrado la tarde.




jueves, septiembre 13, 2007

Lista

Yo los conocí a todos. En persona. Además los conocí por ella, por lo que ella contaba, dijo Salvador.
Puedo hacer la lista de, por lo menos, doce tipos con los que estuvo. El que recitaba poesía y se aburría; el que le cantaba canciones de Spinetta -y Muv odia a Spinetta-cuando acababa; el que estaba convencido de que la tenía muy ancha pero en realidad era bruto. A ese último, lo engañaba como a un chico. Lo dejaba hablar, el tipo se inflaba de orgullo. Se creía la poronga del continente. Después, no sé. El que no se quería comprometer; el que tenía miedo; otro pibe que le pedía que le subvencionase la vida. O se metía con alguno que necesitaba una madre más que una mujer. O con el que la tenía de hija. No sé. Siempre eligió para el culo. Nunca eligió bien. Yo pago un poco las consecuencias de todos esos. Y para decir la verdad, a veces no sé si yo también entro en ese grupo de malas elecciones de Muv.
Y vos elegís bien, preguntó José levántandose un poco los anteojos.
Yo nunca me quedé demasiado tiempo con nadie como para asegurarme de meter la pata. Si estaba cómodo, perfecto. En dónde me parecía que no daba, me iba. Creo que no me arrepiento de actuar así. Además, yo siempre quise estar con Muv. Donde estoy ahora. No sé si elegí bien. Pero es lo que yo quería. Es lo que quise desde que supe que me gustaba.
Cuándo lo supiste.
Salvador hizo memoria.
Siempre lo supe pero me hice el boludo hasta que me empecé a aburrir con todas las que conocía. Prefería quedarme viendo una película con Muv que terminar cogiendo con alguna de esas.
Qué tiene Muv que la hace tan atractiva, le vuelve a preguntar José.
Y yo qué sé que tiene para los demás. Se qué tiene para mí.
Sí. La pregunta es para vos, dijo José sonriendo de costado.
Muv es divertida. No tiene las cosas supuestamente femeninas que tienen todas, como... ponele: no necesita que la llames todo el tiempo, no le gusta que le regales flores, se pregunta cómo es el camino del agua desde la rejilla de la bañera hasta Aguas Argentinas. No sé. Tiene algunas cosas parecidas a mi vieja, respondió Salvador y aclaró: no vine para hablar de mi familia, eh. Vine a hablar de Muv.
Ajá, dijo José y anotó algo en un block.
Por más que se la pasa llorando, es fuerte. No sé como explicarlo. Aunque esté en su peor momento, si te ve mal, no te deja caer. Yo no conocí otras minas así. Es capaz de darte todo lo que tiene sin que vos se lo pidas, sólo porque, sin que te avivaras, se dio cuenta de lo que necesitás. También te puede sacar todo de un solo tirón. Yo la he visto.
Debe ser difícil dar todo lo que uno tiene, no, Salvador?
No sé. Yo también le doy todo lo que tengo pero no me doy cuenta de lo que necesita, si ella no lo pide. Por eso, a veces, no sé bien que hacer. Intento darme cuenta qué necesita pero nunca me doy cuenta. Yo pensaba que ella quería que yo me aburriera y la dejara. Apareció Silvina. Me la cogí. Cuando Muv se enteró sacó un pasaje y se fue. Y no tuve forma de convencerla de que se quedase. Me sentí el tipo más imbécil del mundo. No quiero pasar por eso nunca más.
Entonces, el principal problema es que Muv se escape, concluyó José.
El problema es que yo no quiero seguir siendo el Forrest Gump de esta historia ni que Muv sea mi Jenny.
Salvador se miró los zapatos. Se quedó callado.
Entre las múltiples lecturas que se pueden hacer de esa película, para su condición, Forrest Gump resultaba bastante exitoso, dijo José.
Claro, dijo Salvador y se quedó pensando un rato. La cosa es que a mí casi todo me sale mal.
Seguimos la semana que viene, dijo José y se levantó para acompañar a Salvador hasta la puerta.




lunes, septiembre 10, 2007

Risa

Ella, que siempre repite que no sueña y que cuando sueña no recuerda sus sueños, está durmiendo y soñando.
En el sueño, está acostada sobre el piso de un lugar que no conoce pero sabe que es de ella. Está descalza y con su atuendo de dormir, musculosa, pantalón piyama de hombre, como siempre. Es ella no cabe duda, aunque ríe. Se muere de risa. Se rie a los gritos. Una mano le hace cosquillas en la base del cuello, debajo de las costillas, en las plantas de los pies. Y no parece una sola mano. Parecen docenas de manos que la tocan y le hacen cosquillas al mismo tiempo.
Ella está con los ojos cerrados, se retuerce de la risa. Le duele el estómago de tanto reírse y la cara; las mandíbulas parecen que van a acalambrarse entre una carcajada y otra. Se queda sin aire de tanta risa y siente que aunque no la tocaran, aunque las manos se detuviesen, se seguiría riendo. Se recuesta sobre un costado. Una mano le acaricia la cabeza. Abre los ojos.
No sabés cómo te extraño, dice y mira a la Oma que no habla pero que pasa la mano, una y otra vez, por la cabeza de Muv.
En el sueño, se queda dormida. Y en el sueño, siente que le pasan un dedo por el perfil, de la frente al hueco de la base del cuello y ella dice "dejame, Salva, tengo sueño" pero el dedo sigue sin obedecer.
Abre los ojos. Abre los ojos en el sueño. El dedo que le acaricia el perfil no es el de Salvador. La cara dueña de la mano que tiene ese dedo que se mueve por su cara no es de Salvador. Es de otro, de uno, vos quién sos. Y cada vez que pestañea, la cara es la misma, y la pregunta se repite: vos quién sos. Quién sos.
Entonces se ve desde afuera, desdoblada. Se mira desde el techo. Sigue de costado pero ahora está en una cama, en dos, en tres camas diferentes. Las camas cambian pero ella está siempre en la misma posición: desnuda pero enroscada en la sábana, un brazo abajo de la almohada, en posición fetal, agarrando con el puño una esquina de la tela y apretándola contra el corazón.
Ellos cambian. Son tres que se repiten. Uno alto que fuma, uno bajo que duerme, uno que no puede identificar pero habla solo. Y cada tanto, algún otro cruza la habitación riendo. Riéndose de ella. Y los que ríen les contagian la risa a los que cambian en la cama y todos se ríen de ella.
¿Ese es Ramiro? ¿Ese es Lucio? Ese quién es, pregunta Muv y espera que alguien le conteste. Quiénes son estos. Por qué me hacen esto. Quién me hace esto, grita y siente que la agarran pero ella pelea, intenta zafarse. Le oprimen los brazos.
Sueltenme. Esto es un sueño, estoy soñando y me tengo que despertar. Salvador, dónde estás. Salva. Salva, dónde estás.
Siente que se cae. Lo que la mantenía flotando, la deja caer. Siente que va estrellarse contra ella misma, en esa cama que cambia, con esos hombres que cambian y ríen y se le acelera el pulso y grita. Grita.
La sacuden. Y dicen su nombre. Abre los ojos con miedo. Tiene mucho miedo. Abre los ojos. Abre los ojos y lo mira. Ya no sueña.
Lo abraza.
No me lastimes. Juramelo. No me lastimes nunca más. Por favor, le dice.
El le acaricia la cabeza.



jueves, septiembre 06, 2007

Novios

Salvador la esperaba en la vereda del cine que ella había elegido.
Si yo te invito al cine, vos elegís la sala, dijo y ella eligió.
Ella llegó caminando apurada y mirando hacia dentro del cine a través de las paredes de vidrio, intentando encontrarlo.
En la esquina, se paró de espaldas a él y él viéndola delante suyo, evitó sorprenderla por la detrás. La dejo buscarlo. Y la vio linda pero no linda como siempre sino linda como la veía antes y se sintió afortunado por vivir con ella.
En la puta vida pensaste que una mina así iba a terminar viviendo con vos, pensó.
Muv giró y dijo ahi estás.
Se acercó y le dió un beso en la boca. Qué sacaste.
Saqué cualquiera, le dijo Salvador. Estuve pensando.
Zás, dijo Muv y miró hacia el cielo.
Salvador le hizo hambre y se sonrió. Siguió hablando.
Estuve pensando que nosotros, al final, nunca fuimos novios.
Muv lo miró y no dijo nada pero pensó: Con qué me va a salir esta vez.
Pasamos de ser amigos a estar casados, siguió Salvador.
Juntados, dijo Muv.
Juntados, ok. Pero nunca fuimos novios. Y así no va. Tenemos que ser novios, al menos, un tiempo.
Muv miró el reloj. A qué hora empieza la película.
Todavía falta, le respondió. Prestame atención.
Te presto, te presto, respondió Muv.
Vení.
Salvador la agarró de la mano y la llevó caminando a dar una vuelta manzana. Eran las ocho y veinte de la noche.
A mí me parece que si no somos novios, un poco aunque sea, esto se va a terminar antes de lo que pensamos.
Muv se detuvo. Pensó: Cree que se va a terminar. Me va a dejar.
Qué me estás diciendo, Salvador, dijo. Querés que me vaya de tu casa?
Es tu casa, también.
Es tu casa. La compraste vos solo.
La compré yo solo y te la regalé.
No deja de ser tuya.
No te estoy pidiendo que te vayas. Uff. Por qué siempre todo es para el peor lado que puede ir. Y por qué no dejás de interrumpir así puedo terminar de decirte lo que pensé.
Bueno, dale. Me callo.
Entonces, Salvador habló y dijo que nunca le había comprado flores porque se conocían tanto que sabía que a ella no le gustaban las flores pero que tampoco nunca le había comprado un disco porque todos los discos que compraban, los compraban juntos. Y que más que una pareja eran como los gemelos fantásticos y eso hizo reir a Muv. El también sonrió pero siguió hablando.
Nunca estuve esperando que terminaras de arreglarte para salir. Ni me hizo ruido la panza porque iba para tu casa. Salimos poco. No tenemos amigos. Estamos demasiado domésticos.
Ves? Querés que nos separemos.
Uff. Callate. Escuchá.
Qué me querés decir, carajo. Dejá de dar tantas vueltas.
Que quiero que seamos novios y no hermanos. Eso te quiero decir. Siempre le sacás el románticismo a todo. Me tiene podrido eso. Me tiene podrido que veas todo como un drama -y yo te hago el juego en eso- o que te cagues de risa cuando intento hablar en serio. Vos querés ser mi novia, ahora o no?
Yo pensé que ya era tu novia. Pero tenés razón. Novios-novios, nunca fuimos. Lo que no sé cómo se hace es ser tu novia viviendo con vos. Todos los novios que tuve vivían en su casa.
No es un problema de locación, nena, dijo Salvador un poco cansado y apoyándose contra la pared de un estacionamiento. No te da bronca que estemos viviendo como si fuéramos un matrimonio que hace cincuenta años que se casó, cuándo apenas hace dos años que intentamos estar juntos? Nos levantamos, desayunamos. Te doy un beso, me voy a trabajar. Vuelvo de trabajar, te doy un beso, cenamos. Miramos un poco de tele, nos vamos a dormir. No sé. Me parece que no tendría que ser así. Debería ser diferente.
Cogemos. No estás contando que cogemos todas las noches y algunas mañanas, corrigió Muv.
Hace cuatro días que no nos tocamos ni con el aliento, dijo Salvador.
No me hagas acordar de hace cuatro días, amenazó Muv.
No te hago acordar. Pero te das cuenta que así no va. Poné un poco de tu parte, también. Yo no compré la casa para que vos te conviertas en ama de casa. Yo compré la casa para que vos siguieras siendo lo que eras, más cómoda, sin tener que ir y venir de un departamento a otro, todos los días y además, para que estuviéramos más tiempo juntos. Y al final, estabamos más juntos antes que ahora.
Estás arrepentido, le preguntó Muv.
Pero sos boluda, Muv? No te das cuenta que quiero que estemos igual pero mejor? No te das cuenta que te lo digo porque no pasa naturalmente? Yo quiero que vos te mueras de ganas de que yo llegue a casa. Yo tengo ganas de no ver la hora de rajarme del laburo para estar con vos. Y no veo que a ninguno de los dos nos esté pasando esto. Y así no va. Entonces, algo hay que cambiar. Porque yo sé que vos me querés. Y vos tenés más que claro que yo te quiero. No lo hagas todo tan difícil.
Muv se quedo callada. Pensó que no era la única que lo hacía tan difícil. Y también pensó que no tenía ganas de discutir.
Vos no sabés si yo me muero de ganas de que llegues a casa o no. Te darías cuenta si dejaras de sospechar que a mí siempre me interesa otro que no sos vos, le dijo y se lo dijo con una voz suave, explicándole. Yo te extraño cuando no estás pero por nada del mundo, me voy a poner rompe pelotas. No te voy a llamar cada hora al laburo para decirte que te quiero y que te extraño porque estás laburando y yo estoy al pedo. Y si fuera al revés, a mi me sacarías de quicio.
Te sacaría de quicio que yo te llamara y te dijera que te quiero y que te extraño?
Me sacaría de quicio que lo hicieras cada hora durante cinco días durante todos los días, terminó de decir y ella también se apoyó contra la pared del garage, al lado de Salvador. Suspiró.
Qué, dijo Salvador.
Que siempre lo mismo, Salva. Siempre estamos hablando, haciendo ponencias sobre nosotros. ¿Por qué tiene que ser todo tan conversado? Si vos querés que seamos novios, por qué no empezás por comportarte como un novio en lugar de consultarme, avisarme, preguntarme si estoy de acuerdo. Yo no tengo el manual de las relaciones de pareja. Nunca antes me enamoré de mi mejor amigo. No sé nada. Y a veces, extraño tener un amigo con quién hablar de vos.
Mirá vos, dijo Salvador. Igual, vos tenés a Leni.
Ya sabés como es Leni. Además, cuánto hace que no la veo? Tres meses? Cuatro? Seis? No tengo ni la más pálida idea de cuánto hace que no la veo.
Y llamala.
No quiero. No quiero que nadie me cague a pedos. Menos Leni.
Y qué querés?
Quiero vivir tranquila, conseguir un buen trabajo y estar bien con vos. No me parece mucho. No me parece exagerado.
Y no.
Pero no puedo cargar con todo esto yo sola. Peleo contra el laburo, contra mí y encima a vos te tengo enfrente casi todo el tiempo. Vos tampoco eras así, antes. Vos eras mi compañero. No sé en qué momento nos volvimos... esto.
Salvador la abrazó. Empezaron a besarse sobre la pared del garage como dos adolescentes durante un rato largo. Y no hubo palabras por un rato largo. Besos, lenguas, caricias, manos hasta que se tuvieron necesariamente que detener.
Ya sé, ya sé. Somos viejos para coger en la calle, dijo Salvador.
La película, dijo Muv atrayendolo hacia ella y dándole un beso y después otro.
Ahí vamos, dijo Salvador y se separó de ella despacio pero sin dejar de tocarla. Como cuando empezaron a dar la vuelta manzana, la agarró de la mano.
Que vamos a ver, volvió a preguntar Muv.
No sé. Saqué cualquier película. Tenemos la última fila, aclaró Salvador y le guiñó un ojo.
Muv sonrió y se quedó pensando si para ir a la última fila de un cine para ver cualquier película no eran demasiado viejos, también.
Pero adentro del cine, no le importó demasiado el tema de la edad.





domingo, septiembre 02, 2007

Hablar

Salió media hora antes del trabajo. Llegó hasta un edificio de categoría y apretó el 3B.
Salvador Prats, dijo y esperó a que bajara alguien a abrirle.
El que bajó fue un hombre. Le llegaba al hombro, tenía el pelo un poco largo y anteojos. Estiró la mano. Se saludaron.
Subieron un piso por escalera. El departamento era un poco oscuro. Salvador siguió al hombre por un pasillo lleno de puertas cerradas.
Lo hizo entrar en la última y le pidió que lo esperara un minuto.
Salvador se sentó. Intentó repasar con la vista cada objeto, cada mueble. No había demasiadas cosas. Un sillón de tres cuerpos, un sillón de un cuerpo, una mesa con un velador. Pipas. Un escritorio, dos sillas. La entrada del hombre a la habitación le interrumpió la recorrida.
Vos dirás que te trae por acá, dijo.
Salvador se aclaró la garganta. Te puedo tratar de vos, no, preguntó y el hombre le respondió que si con la cabeza.
Salvador se cruzó de brazos.
Bueno... vengo, básicamente, porque no tengo con quién hablar, dijo. Te puedo decir José, no?
Claro, dijo el hombre. Hiciste algún tratamiento, alguna vez?
Nunca, respondió Salvador. Y no creo demasiado en los psicólogos, para ser sincero. Pero tampoco creo en los carniceros o en los curas o en los plomeros. Así me lo hizo ver mi novia, bah.
Ajá. Te animaste porque tu novia insistió?
No. Ni siquiera sabe que vine. Me animé porque no tengo con quién hablar sobre ella. Esas fueron las últimas palabras de Salvador antes de empezar con la historia de cómo y cuándo conoció a Muv, el momento en que se hicieron amigos, los años que fueron amigos, la forma en que empezaron a salir como novios, la separación, la muerte de Oma, la reconciliación y la convivencia.
Estás en pareja con tu mejor amiga, entonces, dijo José. Por lo que contás, todo suena bastante idílico.
Bueno, es la vida real. Idílico no hay nada. Ya no es mi mejor amiga. Ya no tengo mejor amiga. Y me di cuenta que no tengo otros amigos para hablar lo que hablaba con ella. Y no puedo hablar de ella con ella.
Entiendo. Se conocen de toda la vida, saben mucho el uno del otro...
Tengo miedo de que se vaya.
Están en una etapa de crisis?
No. O sí. Una crisis permanente desde que nos pusimos de novios. Cuando no es ella, soy yo. Cuando no soy yo, es ella. Tengo miedo de no alcanzarle. La mayoría del tiempo me siento un estúpido. Me parece que hago todo mal o peor, que hago una cosa bien y setenta mal que borran la que hice bien.
Por qué hacés setenta cosas mal? Digo, es un número considerable como para no saber por qué, no te parece?
Mmm. Que sé yo. Cuando me agarra el miedo a que me deje, hago cualquier cosa. A veces queriendo, otras veces sin querer. La cosa es que...antes de vivir juntos, ehm... tuve una relación ocasional con otra mujer. Ya estabamos de novios. No pensaba decirselo pero ella lo descubrió y por eso se fue de viaje a Europa. De un día para el otro.
Ajá, dijo José mirando a Salvador y alentándolo a seguir.
Bueno, estoy siempre en deuda por eso. Nunca termino de pagarlo y presiento que algún día, más tarde o más temprano, ella me va devolver la gentileza. Cuando lo pienso, me siento mal. Ella no es así. Nunca fue vengativa, al contrario. Es más bien de ignorarte, de hacer de cuenta que no existís. Nunca se portó así conmigo pero lo hizo con otros, dijo Salvador y sintió que le temblaba la voz.
Los otros también vivieron con ella?
No. Sólo uno que la dejó y ella tuvo una especie de depresión. Dejó de comer, se quedó en la cama, esas cosas. Lloraba. Siempre lloró mucho. Desde hace un tiempo no llora delante mío pero todavía llora, aunque se contiene más que antes.
Vos me venís a ver por tu novia o por vos, preguntó José.
Por mí. Porque yo quiero, suena cursi, ya sé, amanerado, dijo Salvador, pero yo quiero hacerla feliz. Quiero que se quede conmigo y que tengamos hijos y todo eso. El problema es que, últimamente, cualquier cosa genera un quilombo, un desbarajuste exagerado, quiero decir y es como estar todo el tiempo empezando de nuevo y hablando de que la cagué, la engañé, quiero decir. No sé. A veces creo que si ella me engañara, estaríamos a mano. Pero nada más pensarlo, me dan unos celos que no puedo explicar. La mataría si pudiera, dijo Salvador y miró a José, agachando la cabeza. Pero no la voy a matar. Me muero si la mato. O me mato yo, después. Salvador hizo una pausa. Estoy exagerando un poco, igual, me parece.
Salvador puso los brazos sobre el escritorio.
Hace unos días me puse un poco agresivo. Me da vergüenza. Me zarpé. Y pensé que no estaba bien. Que no puedo reaccionar así. Que tenía que hablar con alguien. Por eso te llame. Por eso vine.
Ok, dijo José. Podés venir todos los miércoles a esta hora?
Sí. ¿Ya está? dijo Salvador. Cómo es el tema de los honorarios?
Yo cobro sesenta pesos por sesión.
Salvador levantó las cejas. Hizo un cálculo rápido. Doscientos cuarenta por mes. Casi tres lucas en un año. Más vale que arregle algo por esa guita, pensó.
Te parece bien, preguntó José.
Sí. Tendría que ver un poco.
Cuánto podés pagar?
Llego a cincuenta más cómodo.
Perfecto. Entonces, el miércoles a la misma hora de hoy.
Buenísimo. Gracias, dijo Salvador.
Bajaron la escalera en silencio. Antes de salir se dieron la mano. Hasta la próxima, dijo José.
Salvador salió a la calle. Se sintió un poco más liviano.
No le voy a contar nada a Muv, pensó. Por ahora, no.
La llamó al celular. La invitó al cine. Ella aceptó.



Perro

Muv se sentó a las puteadas. Se había olvidado el reproductor de mp3 sobre la mesa del comedor y ahora, en el subte -que quizás por la hora o porque lo había tomado en la terminal estaba vacío- por más esfuerzo que hizo, no pudo dejar de escuchar la conversación que tenía una pareja que se sentó frente a ella.
Los miró disimuladamente. Eran una pareja común, como cualquiera de las otras. Ni él ni ella tenían una belleza singular. Ni él ni ella se destacaban de demás los pasajeros.
Intentó recordar alguna canción de los Smiths pero por más fuerza que hizo, no pudo encontrar la melodía. La conversación ajena se le metió en los oídos.
El le decía que ella lo estaba tomando demasiado en serio. Ella lo miraba como si hablara japonés. El repetía que extrañaba a su ex novia, que no se sentía cómodo. Ella lo seguía mirando de la extraña forma que mira el que no entiende una palabra de lo que le están diciendo. El quiso ser claro: no quiero una novia. Ella arqueó los ojos. Ya fue, le contestó. El se la quedó mirando. No te pongas mal, le dijo. Ella lo miró. Nada que ver, no estoy mal. Estás mal, yo te conozco, dijo él e intentó tocarle la cara. Ella movió la cabeza hacia atrás. Podemos ser amigos, dijo él.
La mujer respiró pronfundo. Inclinó la cabeza, levantó una ceja. Muv estaba atrapada por la conversación. Ya no les despegaba los ojos.
El hombre miraba a la mujer con mirada de santo o de cachorro, como comprendiendo el dolor que ella sentía por haber sido víctima de semejante desprecio.
Pero escuchame una cosa, pedazo de forro, dijo la mujer y Muv se sobresaltó porque casi lo dijo a los gritos, quién es el pelotudo que me llama todos los días? Quién es el que quiere ir de la manito por la calle, cuando salimos del telo?
Muv bajó la vista. Miró el techo, movió la pierna, buscó algo dentro del bolso. Conocía la escena, la había vivido, la había visto, la había oído y hasta se la habían contado. A veces, entre risas, con bronca, llorando. Una escena repetida. Mil veces. Siempre la misma escena.
Pero la mujer seguía.
Mientras estuve con vos, salí con otro. Es hora de que lo sepas y te replantees quién fue el que se tomó esto demasiado en serio. El otro sí me gustaba. Ahora, tranquilizate y ponete cómodo.
Muv sintió palpitaciones. Decidió bajarse en la siguiente estación aún cuando no era la que le correspondía a su destino y contra su morbo que le pedía a gritos que siguiera oyendo y que se enterara de todo.
Lo último que escuchó fue al hombre pidiéndole a la mujer que bajara la voz. Después, una lluvia de puteadas de parte de ella.
Se sintió tranquila en el andén, caminando. Recordó, con una sonrisa cínica, las veces que había mantenido conversaciones así con algunos de los catalogados "tipos sin importancia" y la proporción directa de oportunidades en las que había escuchado todo eso sin responder una sola palabra. Sin contestarles nada a esos, a los sin importancia, a los "uno", a los cualquiera, que sólo eran eso: unos sin importancia.
Reflexionó: tan sin importancia no fueron. De haberlo sido, no los recordaría y sin embargo, los recuerdo. Qué lástima haber perdido tanto tiempo. Qué lástima no haber contestado. Lo peor del silencio es que se convierte en rencor y uno siempre lo lleva encima.
Se sintió lastimada. Todavía, después de tanto tiempo. Como uno de esos perros de la calle a los que la gente patea y que después, cuando cualquier humano les acerca la mano, tira el tarascón. La entristeció reconocerse asi. Y reconocer que así había actuado durante años y quizás, hasta ahora.
En la escalera mecánica repasó algunas caras, las que podía recordar. Al final, no eran tantos y errores comete todo el mundo, volvió a pensar. Intentó perdonarse.
Qué suerte que nunca más voy a pasar por eso. Por suerte, no son todos iguales.
En la calle, prendió un cigarrillo. El viento le apagó el encendedor tres veces. La cuarta, consiguió mantener la llama prendida.
Caminó dos cuadras. Pensó en Salvador.
Y si me quedo así, como un animal lastimado, por el resto de mi vida? No se puede vivir así, pensó. No. No se puede.


lunes, agosto 27, 2007

Contacto

El jueves fue un día extraño. Muv se despertó tempranísimo y se encerró en el cuarto de escribir. Estaba impaciente o desesperada o las dos cosas.
Tilinga, se dijo. Tenés este lugar y no lo usas. Internate acá hasta que se te ocurra algo.
Se conectó a Internet. Salvador todavía dormía, ni siquiera era de día.
Muv puso música suave y abrió un cuaderno. Escribió CONTACTOS y debajo hizo una lista de todas las personas que conocía que pudiesen ayudarla con su búsqueda laboral.
De repente, se acordó. Silvana López Beccar, dijo y fue a google. Encontró, después de toparse con decenas de López Beccar equivocados, el nombre en la página de un colegio secundario. Sin dudarlo, buscó una dirección de mail y acto seguido escribió el siguiente mensaje:

Estimados,
mi nombre es Mabel Holm, soy ex alumna de la profesora López Beccar. Agradeceré me indiquen de qué manera puedo contactarme con ella.
Muchas gracias.
Saludos.
MH

López Beccar fue su profesora de literatura. La primera que leyó los cuentos que Muv escribía durante los recreos mientras Salvador se ponía de novio con una y otra chica de la división. Fue, también, la primera en impulsarla a escribir con seriedad y la que, sin anestesia, le dijo, al terminar la entrega de diplomas: Quizás tardes muchos años, quizás se te haga difícil pero no vas a poder escapar de tu vocación.
Vocación, repitió Muv. Se nota que soy producto de un colegio católico. Siempre rezando por las vocaciones. Dios.
Salvador se asomó.
Qué hacés, le dijo refregándose un ojo.
Muv le dirigió una mirada cortante.
Busco trabajo. Intento contactarme con López Beccar.
Con quién.
Con la de literatura del colegio.
Ah, esa vieja.
Sí, esa vieja.
Y qué va a hacer por vos López Beccar, preguntó Salvador.
En principio, no generarte un ataque de celos, diijo Muv. Eso ya es bastante.
Uh, dijo Salvador como si le hubiesen pegado una patada en los huevos.
Quizás tenga algún contacto. Trabajaba para una editorial.
Sí? No sabía.
Y cómo ibas a saber si nunca le prestaste atención. Te la pasabas dormido o haciendote la paja mientras le mirabas las tetas a Sandra Castro.
Bueno, dijo Salvador respirando profundamente, te dejo sola. Voy a desayunar. Tomaste algo?
No.
Te aviso cuando esté el café?
Dale, respondió Muv y la respuesta también fue cortante. Cerrá la puerta cuando salís.
Salvador se metió en la cocina recordando a Sandra Castro. Hacía años que no pensaba en ella. De hecho, si Muv no la hubiera nombrado, tampoco la hubiese recordado esa mañana.
Sandra Castro, las mejores tetas de la promoción 92. La más fácil de la división y la que aceptaba a Salvador de vuelta, cada vez que alguna de las noviecitas de turno se negaban a dejarse tocar por dentro de la bombacha.
Sandrita Castro. La primera que se la chupó en el pasillo de su casa a la vuelta de un cumpleaños, la que no salía con boludeces o simulacros y la que nunca dijo que no, que por ahí no, sacá la mano de ahí.
La misma que a los diecisiete decía, con la seguridad de una de veinticinco, que le gustaba coger y que no pensaba en otra cosa en todo el día. La que le contestó a la madre superiora que si Dios le había dado semejante cuerpo era para que lo disfrutara.
Esa era Sandra Castro. La que le había vuelto a la memoria a Salvador y le había provocado una erección diferente a la de cada mañana.
Y Muv la odiaba, además. No la podía ver, pensó.
El olor del café y la ausencia del ruido de la cafetera lo devolvieron al tiempo real.
Volvió a la habitación de Muv; golpeó y dijo ya está el café.
Ya voy, le escuchó decir desde adentro.
Sandra Castro. Se le había metido en el cuerpo como se le metía antes, cuando el sólo roce de su pierna con la de ella lo ponía al palo.
Muv entró a la cocina y se sirvió café. Instintivamente, Salvador se le pegó a la espalda.
Ni se te ocurra, le dijo Muv y se separó de él de un empujón.
Desayunaron en silencio y rápido.
Me voy a bañar, dijo Salvador.
Muv puso su taza en la pileta y volvió a su habitación.
Salvador se metió en el baño. Se miró al espejo. Se quedó un rato mirándose. Abrió la ducha. Mientras preparaba la toalla, le volvió la sensación al cuerpo. La sensación de sentir a Sandra Castro, que aprovechando que la última compañera del curso se había negado a meterle la mano en la bragueta, se le sentaba encima, delante de toda la división en cualquier hora libre, levantando un poco el jumper para que él pudiera sentirla mejor.
De mí, no te vas a olvidar, le había asegurado Sandra Castro en la fiesta de egresados mientras se metían mano mutuamente como desesperados en el reservado del boliche en el que se hizo la fiesta.
Aunque pasen muchos años, no te vas a olvidar.
Salvador se empezó a masturbar.

A las diez de la mañana, Muv recibió un mail de López Beccar.


domingo, agosto 26, 2007

Película

Cuando volvió de comprar algo para cenar y alquilar una película, no encontró a Salvador en la cama.
Salva, gritó. Dónde te metiste.
Nadie le respondió.
Revisó el baño, la cocina, el comedor y caminó directamente a la habitación dónde ella, algún día, debería sentarse a escribir. Ahí lo encontró, enroscado en la colcha y sentado sobre la cama de una plaza que hacía las veces de sillón.
Qué estás haciendo acá. Sos loco o qué. Andate a la cama.
Quería estar un rato acá, dijo Salvador. Te gusta esta habitación?
Sí, me gusta.
Entra un montón de luz, viste? No sé. Cuando la ví me pareció que te iba a gustar escribir acá pero desde que nos mudamos nunca te ví sentarte a escribir ni quince minutos.
Muv miró alrededor. Era cierto que el lugar tenía todo lo que a ella le gustaba. Era claro, tenía luz, plantas con flores. Era acogedor. Era el lugar que ella siempre había tenido en mente y sin embargo, Salvador tenía razón. Nunca se había sentado a escribir ni una sola letra, salvo el día anterior. El día del desastre.
Vamos, dale. Alquilé una peli. Vamos. Nos metemos en la cama y la miramos.
Salvador se paró. Le estiró la mano a Muv y Muv lo llevó, así, de la mano, hasta la cama.
Acostate de una vez y dejá de tomar frío, dijo Muv y Salvador obedeció.
Muv sacó la película de la caja y la metió en reproductor. De un salto, se sacó las zapatillas y salió corriendo. Volvió corriendo con dos chocolates. Los tiró arriba de la cama. Se metió vestida debajo de la frazada y apuntando con el control remoto, dio play.
Esta película ya la vimos, dijo Salva. La están pasando en la tele.
No importa. La vi y me dieron ganas. I´m always wanted to be a Tenenbaum, dijo Muv.
Me too, me too, respondió Salvador.
Se comieron un chocolate. Después otro. En algún momento de la película se rieron, en otra sonrieron. En una escena se espantaron. Pero hubo una en particular que los conmovió.
Siempre me recordaste a Margot Tenenbaum, dijo Salvador.
Muv sonrió de costado. Desde el momento en que vio la película, siempre pensó que Margot y ella estaban unidas, que era su representación filmica a pesar de todas las diferencias físicas que tenía con Gwyneth Paltrow.
Todavía estás enojada, preguntó Salvador.
No me hagas acordar, respondió Muv. Si me acuerdo, me enojo de nuevo.
No, no. No te acuerdes.
Siguieron viendo la película. Se quedaron callados hasta que terminaron de pasar los créditos.
A veces siento que vos y yo somos uno solo, dijo Salvador.
Muv lo miró.
Pero otras veces, siento que no te conozco nada.
Muv bajó la cabeza. Pensó: Me conocías. Me conociste. Ahora, no sé si nos conocemos.
Voy a preparar la cena, le dijo.
Se levantó de la cama y se metió en la cocina.
A Salvador le sonaba en la cabeza un tema de los Rolling Stones.


martes, agosto 21, 2007

Fiebre

Cuando volvió a la casa, cerca del mediodía, la sorprendió encontrar a Salvador metido en la cama. Se acercó y le puso la mano en la frente. Volaba de fiebre.
Caminó hasta el baño y revolvió en el botiquín hasta encontrar un antifebril. Con la tableta en la mano llegó hasta la cocina. Sirvió un vaso de agua y desanduvo el camino hasta el dormitorio. Apoyó el vaso sobre la mesa de luz y estiró la mano ofreciendo el remedio.
Salvador se movió, quejándose. Agradeció y se metió la pastilla en la boca. Con cara de asco tragó el agua del vaso.
Ya comiste, preguntó Muv. Salvador negó con la cabeza.
No tengo hambre. Me siento mal.
Me alegro, pensó Muv, pero preguntó con tono seco: Qué te duele.
Todo, respondió Salvador.
Gripe, dijo Muv, por andar en pelotas por el patio. Te lo dije. Llamaste al médico?
Pasé por el médico del laburo cuando sentí que tenía fiebre. Me mandó a casa.
Ya veo.
¿Cómo te fue?
Mal. Cómo me va a ir. Tengo que llamar el martes.
No te atendió.
Muv lo miró. Ni volando de fiebre querés dejar de preocuparte, pensó y respondió que sí, que la había atendido y que le pidió tiempo para pensar.
Qué cagada, dijo Salvador. Me siento culpable.
Hacés bien, respondió Muv y salió del dormitorio.
Revisó el contestador: su madre los espera a cenar; la madre de Salvador quiere saber si siguen vivos, un llamado automático intenta venderles un seguro de emergencias médicas y un payaso que sale por televisión les tira la manga para una entidad sin fines de lucro.
Muv borró todos los mensajes.
Volvió al dormitorio.
Se acostó vestida al lado de Salvador.
Tenés hambre?
No.
Necesitás algo?
Que hablemos, dijo Salvador.
Y a vos te parece que estás en condiciones de hablar, preguntó Muv, sin mirarlo.
Sí, respondió Salvador. Me siento muy mal por lo de esta mañana. Me sentí mal todo el día.
Mirá vos, dijo Muv.
Todavía estás enojada. No aguanto que estés enojada. Hablemos.
Estoy harta de hablar, Salvador. Ya no sé qué más hay para decir.
Salvador giró. Se acomodó la ropa de cama y quedó hecho un gusano.
Todas las parejas tienen sus quilombos, Muv. Hablemos.
Muv resopló.
No encuentro nada para decir. O mejor, sí tengo algo para decir: me parece que vos y yo no somos una pareja. Las parejas son diferentes. Nosotros somos dos personas que viven juntas, nada más. Cogemos, tenemos un pasado juntos pero no somos una pareja. Somos dos solteros juntados. No es lo mismo que una pareja.
No lo veo de esa manera, dijo Salvador, acercándose más a Muv y comenzando a temblar.
Cuál es nuestro proyecto, Salva, preguntó Muv.
Uh, vas a empezar con eso.
No querías hablar? Entonces, hablá. Cuál es.
No sé. Formar una familia. Vamos a tener hijos y todo eso, respondió Salvador y cerró los ojos.
Muv se quedó callada. No esperaba esa respuesta. Esperaba algo del estilo "irnos de vacaciones" o "comprar un auto".
No estamos listos para ser padres, dijo Muv, después.
Yo creo que si, respondió Salvador comenzándose a dormir. Sería nuestra única salida. La única forma de empezar a mirar para adelante.
Y después de decir eso, empezó a roncar.
Muv lo miró de cerca. Le tocó la frente y todavía seguía con fiebre.
Estamos demasiado solos, pensó y se levantó de la cama.



viernes, agosto 17, 2007

Visita

Se pintó como una puerta. Casi como si fuera a una fiesta. Buscó un vestido, se calzó, se abrigó y salió a la calle.
Extendió el brazo y detuvo un taxi. Alem y Corrientes, dijo. Después sonrió. Habló un poco con el conductor del taxi acerca de los temas que se hablan en un taxi, que viste que frío, que estamos todos locos, que mañana van a hacer 32 grados y uno ya no sabe qué ponerse.
Preguntó si podía fumar. Cuando se lo permitieron, siguió hablando con el cigarrillo colgando del lado izquierdo de la boca mientras revolvía buscando el encendedor.
Más rápido de lo que esperaba, estaba en su destino. Caminó dos cuadras en dirección opuesta la tránsito. Avanzó con paso seguro por el hall, se hizo anunciar y esperó, apenas cinco minutos, cruzada de piernas en una recepción helada.
Después, enfiló hacia el ascensor con paso seguro. Apretó el cuatro. Se miró al espejo y corrigió el flequillo.
Bajo del ascensor y volvió a caminar, clavando el taco de la bota sobre el piso. Se acercó al escritorio de Joaquín y le dijo qué tal.
Joaquín la saludó y parecía contento de verla. Ella fue amable y encantadora. Dijo:
Necesito trabajar. Dame lo que sea que tengas para escribir. No me importa si es sobre mecánica aeronáutica, cafemancia o la desaparición del oso polar. Necesito escribir, es lo único que sé hacer. Es lo único que me gusta hacer y lo único que me sale bien.
Joaquín la seguía mirando pero esta vez como si no la conociera. Y ella le devolvía la mirada pero pensando: ¿qué te habré visto la vez anterior?
Estás distinta, le dijo.
Y ella solo pudo contestar: te parece bien lo que te pido?
Dejamelo pensar, recibió como respuesta.
Agradeció. Volvió a saludar prometiendo un llamado el martes por si o por no.
Estás distinta, volvió a decir Joaquín mientras le acariciaba el brazo a modo de despedida y ella dijo que sí, que podía ser.
Cuando salió a la calle, aflojó los músculos de la cara, sintió el ahogo en el pecho, la presión a la altura de las costillas. Y fue la Muv triste de siempre.
Era temprano y seguía haciendo frío. Decidió visitar a Oma. Tomó el subte hacia Chacarita.

miércoles, agosto 08, 2007

Amenaza

Salió chorreando de la ducha y mojando el piso, entró al dormitorio. Se metió en la cama, todavía envuelta en la toalla, con los ojos rojos.
Salvador entró y se quedó parado, al lado del borde de la cama.
Vestite, dale, le dijo.
Muv lo miró furiosa.
No me vuelvas a hablar hasta que se me pase, le dijo entre mocos.
Salvador se acercó.
Perdoname, dijo.
No me hables más.
Perdoname. El asunto de ese tipo, me saca. Es como si lo estuvieras haciendo a propósito. Vos no te bancás estar bien y tranquila. Siempre necesitás algún quilombo.
La frase hizo estallar a Muv. Se levantó de la cama, como si le hubiesen dado una descarga eléctrica.
Qué carajo estás diciendo. Sos un pelotudo. Qué quilombo hice? Cuál, a ver. Qué mierda te pasa. Qué mierda te pasa en esa cabeza.
Caminó hacia él, mientras en el camino, quedaba la toalla que la envolvía.
Qué más necesitás para ver que yo estoy acá con vos. CON VOS. Qué más tengo que hacer? Estás confundido, porque sos un idiota. Yo estoy con vos pero no soy una cosa tuya.
No, es que...
Es que, las pelotas. A mi no me volvés a tratar así, enfermo. Tenés miedo que te cague? Mirá vos. Da la casualidad de que no fui yo la que te cagó, viste. Y tuve la oportunidad, si es que te interesa saber, pero no quise. No quise.
Salvador se sentó en la cama. Agachó la cabeza.
Me da bronca, me da bronca que vayas a ver a ese tipo.
Y a mí qué, gritó Muv. A mí, qué carajo me importa que a vos te de bronca. Bancatela. Como me la banqué yo. Decidí algo, si te hace tan mal, pero no te descargues conmigo, que ni siquiera saludo con un beso al tipo ese. Si empiezo a trabajar ahí, qué vas a hacer? Me vas a atar? Me vas a pegar? Qué. De dónde saliste. Quién te creés que sos. Te merecerías los cuernos. Te merecerías unos cuernos de acá a Japón por pelotudo. Por enojarte preventivamente y por pensar tan mal de mí. Con cualquiera te tendría que cagar. Con el primero que pase, y con el segundo, también. Forro.
Vos no me entendés, dijo Salvador.
Yo no te entiendo? Yo no te entiendo, hijo de una gran puta, que hace diez minutos me terminás de tratar de la peor manera que se te pudo ocurrir? Me asustaste, infeliz. Me asustaste, y ya sabés que es lo peor que podés hacer. Y yo no te entiendo. Yo, qué después de lo de recién, tendría que estar juntando las cosas para irme a la mierda y sin embargo, estoy acá, hablando con vos. Soy una pelotuda. Y encima, no te entiendo, fijate. Yo no te entiendo. Quién fue capaz de entenderte todo este tiempo como te entendí yo? Quién te perdonó todas las pelotudeces que hiciste? Quién, a pesar de todo, se vino a vivir acá con vos y trata, todos los putos días, de ser un poco mejor? Qué equivocada que estoy. No tengo que ser mejor. Tengo que ser peor para ser lo que vos querés.
Así estaban. Una, a los gritos pelados y desnuda, el otro, vestido, sentado y agachando la cabeza.
Me enferma pensar que te vas a ir con otro, reconoció Salvador.
Hacete ver, gritó Muv. Hacete ver. Porque si seguís así, no me voy a ir con otro. Me voy a ir sola. No me vas a ver nunca más. Estoy hablando en serio.
Salvador se paró, la abrazó mientras Muv se quedó inmóvil con los brazos caídos y completamente tensa.
Perdón, dijo Salvador. Perdón. No sé qué me pasó. Perdoname. No se va a repetir.
No sé qué más necesitás que haga. No lo sé. No me da el cuero para darte más evidencia de que no me voy a ir a ningún lado con nadie.
Salvador se quedó enroscado a Muv, sin volver a abrir la boca.
Reconocé que el tipo te gusta, dijo, después de un rato, Salvador. No me estoy imaginando cosas.
Muv volvió a levantar presión.
Hay un montón de tipos que me gustan. Un montón. Y hubo un montón antes que también me gustaron. Y me van a seguir gustando muchos otros. Eso no implica que yo no quiera estar con vos. Si a esta altura del partido, tengo que hacer aclaraciones como estas, no sé ni para qué intento todo lo que intento. ¿Qué más querés? ¿Qué más necesitás?
No sé. Decime que el tipo no te gusta, que no vas a verlo, que te da igual si te atiende él o una vieja de setenta y seis años.
El tipo no me gusta, dijo Muv sabiendo que no decía la verdad. Así está mejor? No me gusta. No me mueve un pelo, no existe. Necesito dejar de estar bajo sospecha. La amenaza de los cuernos no soy yo, en esta pareja. Y no entiendo por qué necesitás que siempre esté recordando el hecho que te deja en evidencia a vos, que supuestamente estás tan enamorado y sentís tanto más que yo. Hacete ver. Consultá a alguien para que te ayude pero a mí, dejame en paz, porque este tema me está hartando.
Muv se deshizo del abrazo. Comenzó a vestirse rápidamente.
Te espero, dijo Salvador.
No hace falta, respondió Muv. Voy a ir sola.

martes, agosto 07, 2007

Ataque

Cuando Salvador se despertó, se encontró solo en la cama. Miró el reloj. 7.16 am. Se estiró, se sentó en la cama, arqueó la columna y se desperezó.
Caminó hasta la cocina. La cafetera estaba encendida. Retrocedió hasta el baño pero ni bien abrió la puerta, notó que Muv no estaba ahí.
Salió a la galería. Estaba amaneciendo y helaba, pero igual, caminó, semi desnudo, hasta la habitación de escribir de Muv. La encontró vestida y sentada frente a la computadora, con los auriculares puestos, bailando sentada, cantando el tema haciendo mímica y frunciendo toda la cara.
Qué hacés acá a esta hora, preguntó.
Hola, mi amor, le dijo Muv sonriendo y se desconectó de los auriculares.
"Mi amor" pensó Salvador. Nunca me dice "mi amor". Qué estás haciendo, dijo.
Imprimía el CV, respondió. Tengo una entrevista hoy a las 9. Nos podemos ir juntos, no?
Qué linda que estás, dijo Salvador. Estas muy... colorida.
Me queda mal? preguntó Muv. Nene! Viniste en calzones por el patio, te vas a enfermar.
No, te queda bien, contestó Salvador.
Vamos a desayunar. Después vengo por esto, dijo Muv levantándose de la silla y antes de darle un beso, decirle "buenos días" y sonreirle otra vez.
Qué le pasa a esta, pensó Salvador mientras la seguía hasta la cocina y se detuvo a mirarla cuando ella, dándole la espalda se ponía en puntas de pie para alcanzar las tazas en la alacena. Se le acercó por atrás, se le pegó a la espalda y la apoyó. Le metió las manos por la cintura del pantalón.
Salvador, estás helado! dijo Muv.
Sh. Dónde es tu entrevista, preguntó, desabrochándole el botón del pantalón.
En el bajo, respondió Muv dejando las tazas sobre la mesada y recostando su cabeza sobre el hombro de Salvador.
No me contaste nada, dijo Salvador.
Es que estoy harta de contar cosas que después no pasan. Me doy pena cuando hago eso.
Bué, a mi no me das pena nunca.
Ya sé, Salva pero me doy pena a mi misma cuando espero que todo salga bien y no sale.
No te hagas tantas expectativas esta vez, le recomendó Salvador.
Es probable que vaya todo bien. Ya me conocen. ¿Vamos en taxi? No tengo ganas de viajar asfixiada en el subte.
Salvador le acarició las manos.
Te sacaste el anillo, le dijo.
Ah, sí. A veces me molesta un poco. Es la falta de costumbre.
Yo no me lo saco nunca.
Me lo saqué para lavar no sé qué. Después me olvidé de ponermelo.
No te lo habrás sacado para ir a la entrevista, no? dijo Salvador, mordiéndole el cuello.
Qué tarado, dijo Muv y se rió.
Se quedaron en silencio, abrazados, mientras Muv servía el café.
Me parece que te estás haciendo la soltera, vos, dijo Salvador.
Soy soltera, dijo Muv de un sospechoso buen humor mañanero.
Pero comprometida.
Pero soltera. Tomamos el café?
Salvador no la soltó. Ahora va, dijo y siguió inmóvil pegado a su cuerpo.
Cómo es que ya te conocen dónde tenés la entrevista. Si ya te conocen para qué te entrevistan?
Hace un tiempo que no me ven, no sé qué me van a proponer. Cuando llamé, lo único que dije fue que quería volver a trabajar y me pidieron que fuera a conversar.
Salvador se quedó pensativo durante un momento. Y de repente, como si las cosas se ordenaran mágicamente, dijo:
Vas a ver al boludo ese, no?
Qué boludo.
El boludo ese. El de la otra vez. No te hagas.
Ah, sí. A Joaquín.
¿Es el único tipo que te puede dar laburo?
Y... me pudrí de dejar carpetas y más carpetas. Nadie me llamó.
No hay otros lugares para trabajar entonces, concluyó Salvador mientras empezó a deslizar las manos por la cintura de Muv.
Sí, hay otros pero ahí seguro consigo algo.
Salvador forcejeó con el pantalón y la bombacha de Muv hasta que consiguió que ella lo ayudara. Dijo algo entre dientes que ella no llegó a escuchar.
Qué, dijo Muv, Salvador, me vas a arrugar toda. Pará.
Contestame, le dijo encorvándola hacia adelante y separándole las piernas.
No sé qué decís, no te escuché, respondió entre quejidos. Despacio. Me lastimás, Salva.
Si me vas a cagar con ese. Ahora me escuchás, dijo Salvador acercándole la boca a la oreja.
Qué te pasa, boludo, despacio. Así no. Soltame.
No te voy a soltar.
Me estás lastimando. Me hacés doler. Pará.
Cagame con uno mejor que yo, dijo Salvador mientras empezó a bombearla. Uno más joven, más inteligente, uno mejor que ese imbécil.
Me estás lastimando, gritó Muv. Soltame. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te levantaste así?
Salvador no la soltó. Hizo todavía más presión sobre las muñecas de Muv con sus manos.
Yo no te la voy a hacer fácil, le dijo unos segundos después, cuando cambió la muñeca izquierda por el pelo.
No sé qué estás diciendo. Por favor, soltame. Me estás lastimando y me asustás. Dejame, Salvador.
Pero Salvador estaba transfigurado. Ni siquiera le contestaba.
Dejame, Salvador. Soltame. Qué te pasa. Me estás dando mucho miedo. Dejame.
Yo, dijo Salvador clavándose dentro de Muv, no te voy a dejar, escuchaste?
Muv no respondió y solamente dejó oir un quejido que no tenía nada de placentero.
Yo-no-te-voy-a-dejar. No me vas a cagar, yo no te la voy a hacer tan fácil, yo no soy como vos, no regalo espacio para que los otros avancen. Vos no me vas a cagar. No te voy a dejar.
Salvador acabó, esta vez sin emitir un solo sonido, después de decir esa última frase. Por un par de segundos, descansó todo el peso de su cuerpo sobre Muv. Una vez que recuperó el aliento, se separó de ella con violencia y volvió al dormitorio, sin decir una palabra.
Muv se quedó con las manos apoyadas sobre la mesada, el pantalón y la bombacha, un poco más abajo de las rodillas, inmóvil, desorientada y miedosa.
Salvador volvió vestido a la cocina. Le subió la ropa. Le prendió el pantalón.
Cuando estés lista, avisame, le dijo, como si aquí no hubiese pasado nada.
Con vos no voy a ningún lado, dijo Muv y se metió en el baño. Se desnudó y abrió la ducha.
Se sentía sucia. Lloraba.

miércoles, agosto 01, 2007

Crash

Durante unos meses, la casa pareció una escenografía. Todo era demasiado nuevo, sin marcas, como si no fuera de verdad. No tenía olor a casa de Muv y Salvador, ni la temperatura normal para un lugar habitado.
Durante las mañanas, después que Salvador salía a trabajar, Muv se organizaba para mantener la limpieza y el orden a raya, hasta era capaz de hacer la cama antes de desayunar.
A veces, me doy asco, se decía frente al espejo mientras se lavaba los dientes. Me estoy convirtiendo en eso que siempre desdeñé.
Pero una vez vestida, salía a hacer compras y compraba el último detergente o multiuso porque siempre le parecía que algo no quedaba lo suficientemente limpio.
¿Desde cuándo, por Dios, desde cuándo a mi me importa no poder sacar una mancha de dentifrico de la canilla? se preguntaba cuando volvía.
Cuando llegó y sacó todos de las bolsas, enfiló directamente hacia el baño. Este piso no brilla lo suficiente, dijo y se puso en cuatro patas, con multiuso y trapo amarillo a darle con el movimiento pulir/lijar a cada ceramico.
Vas a quedar bien, repetía, vas a quedar brillante y limpio como tiene que ser. Sí o sí. Aunque yo me pase el resto del día, arrodillada acá. Y cuando Salvador te vea, va a decir: pero qué brillante está este piso, Muv, mirá que bien como brilla.
Terminó con todos los azulejos del baño a las dos de la tarde. Como a las cuatro, empezó a pensar en lo que cocinaría para la cena y fue descartando un plato detrás de otro.
Salvador llegó y esta vez, sin necesidad de decirle nada y porque una casa nueva es como empezar un cuaderno nuevo y uno siempre cree que la prolijidad le va a durar toda la vida, colgó la ropa en el perchero y ordenó los zapatos al costado de la cama.
Después de lavarse las manos y encontrarla en la cocina, refregando sin parar una rejilla manchada con salsa, preguntó: Qué hiciste hoy?
Y Muv se dio cuenta cuando iba a empezar a hablar que era muy poco interesante lo que tenía para decir.
Limpié el baño, respondió.
Otra vez? preguntó Salvador.
Otra vez. Cerámico por cerámico y vos no te diste cuenta.
Uh, dijo Salvador.
No nací para ama de casa, le dijo Muv.
Y... no, respondió Salvador.
Por qué decís? Lo hago mal? Eso decís, no? Que no sirvo y que hago todo mal.
Pero... cuándo dije eso? volvió a preguntar Salvador rascándose la cabeza. No dije nada. Te pregunté qué habías hecho, nada más.
Muv se alejó. Sin parpadear gritó:
Limpié el baño todo el puto día. Eso hice. No me preguntes nada más en toda la noche.
Pero...! No querida, no. Esto así no va.
La agarró de un brazo. La sentó en el comedor.
Mañana mismo empezás a buscar laburo de nuevo. No te quiero enajenada acá adentro, limpiando sobre lo limpio porque no tenes un carajo que hacer y haciéndome pasar un pésimo rato cuando llego. Qué te pasa. Te volviste loca? Esto así no va.
Se quedaron en ambientes distintos hasta que se fueron a dormir. Salvador, de espaldas a Muv, roncaba tranquilamente, mientras ella daba vueltas sin fin.
Se levantó.
Revisó su agenda, sacó todos los papelitos de su billetera y cuando encontró la tarjeta que buscaba, volvió a acostarse. Y durmió.
Se levantó una hora después de que Salvador se fue a trabajar.
Se preparó café. Abrió la puerta de la habitación para escribir. Vio el escritorio vacío, los libros ordenados alfabeticamente por autor, el teclado de la computadora, todavía con la funda puesta.
Es verdad, esto así no va más, dijo.
Volvió al comedor. Buscó el telefóno y la agenda. Rescató la tarjeta que la noche anterior había buscado, marcó.
Hola, Joaquín, habla Muv.
El corazón le empezó a latir más rápido.


lunes, julio 30, 2007

Bollo

Era de madrugada y Salvador seguía guardando cosas en los canastos. Muv se había retirado del operativo mudanza dos horas antes, protestando.
Pero cuándo te volviste tan maniático del orden, Salvador! Mah sí, me voy a dormir, hacé todo solo.
No soy maniático. Pero tu daletitismo no da para más.
Qué mi qué?
Tu daletitismo. Dale Tito, mandá. No se hace así una mudanza. O no sabés que los tipos del camión no se fijan si las cosas se rompen?
Uff, en algún momento del último tiempo te pusiste igual a mi papá. Me voy a dormir.
Y lo dejó solo, rodeado de canastos y cajas y bolsas.
Salvador se sentó apoyando la espalda contra la pared. Algo le molestó en el culo, al chocar con todo el peso del cuerpo contra el piso. Metió la mano en el bolsillo del jean. El estuche del anillo, ahora un poco abollado, apareció entre sus dedos.
Esta ni me mira. No se dio cuenta que yo tenía esto en el bolsillo. Qué mina.
Miró alrededor. No quedaba nada de la casa que había habitado los últimos diez años. Marcas, nada más: el lugar en donde siempre se apoyaba la silla, el rayón de la punta de la mesa sobre la pared, un pelotazo perdido que nunca quiso salir, el contorno de la estufa.
No hay vuelta atrás, se dijo. Ahora es todo para adelante y si esto no sale bien, ahí sí; ahí sí que no sé qué voy a hacer de mi vida.
No quedaba nada por hacer pero Salvador seguía mirando todo, escudriñando cada rincón, antes de irse a dormir vestido, sobre el colchón y tapado con el acolchado por el tiempo que quedara antes de que llegara el camión de mudanza.
Hizo bailar el estuche del anillo entre los dedos.
Lo voy a perder. Dónde mierda lo pongo para no perderlo. Ya sé. Se lo doy a Pedro, cuando venga con el auto a llevarse la ropa. No, mejor no. Lo guardo en la campera. Me tengo que acordar de no revolearla sobre ningún lado. Qué estúpido, podría haber escondido en anillo en la casa, cuando nadie me veía. Sí, soy un boludo.
Miraba reconcentrado el estuche cuando escuchó: ¿Vos te vas a pasar nuestra última noche acá, sentado contra esa pared? Se sobresaltó y escondió a las apuradas el estuche en el ángulo que su cuerpo dejaba libre entre el zócalo y el suelo.
La miró desde abajo: los pies planos, las medias hasta las rodillas, la remera que decía Disco, yo te conozco y el flequillo parado y aún a pesar del atuendo, le pareció preciosa.
¿Qué es lo que estás haciendo que no venís a dormir? le preguntó Muv con los ojos entrecerrados.
Me despido, dijo él. Vení.
Muv caminó hasta donde Salvador estaba sentado. Se paró entre sus piernas y con un pie lo pateó despacio para que abriera las piernas. En ese hueco, tomó asiento, haciéndose un bollo.
Me cago de frío, Salva. No te podés despedir desde el acolchado?
Callate un poco.
Muv se calló, cerró los ojos y se recostó sobre el pecho de Salvador que ya le había pasado las piernas por encima y la abrazaba con un solo brazo.
Tenemos la vida que siempre quisiste? le preguntó Salvador.
Ella dijo que sí con la cabeza.
Soy lo que esperabas? repreguntó.
Ay, Salvador, claro! Por qué siempre tenemos estas conversaciones de drama romántico. Claro que sos lo que esperaba y sos más también.
Ponele onda, tarada, dijo Salvador.
Uh, bueno. A ver: Sos todo lo que quise y al que más quise en toda mi vida. Mejoró?
Si, bastante.
Y yo?
Sí ya sabés que sí. Que sos lo que esperé toda mi vida y esto es literal, dijo Salvador.
Pará, dijo Muv y salió corriendo. Volvió al rato, después de revolver algo en la habitación y arrastrando el acolchado.
Ya está, avisó cuando volvió a sentarse.
Tanto frío tenés?
Sh, ponele onda. Qué más? Algo más me vas a decir, exigió haciendo sonar el cuello.
Sí. Que sepas que pase lo que pase yo estoy poniendo todo acá. Salga como salga, no me guardo nada y por el tiempo que sea, es todo para vos.
Ay, dijo Muv y sintió que se ponía muy colorada.
Sí. Y que me da miedo que te aburras de vivir conmigo o que un día te des cuenta de que te equivocaste y te quieras ir, pero que a pesar de eso, a pesar de todo lo que me asusta que un día te despiertes y tengas plena certeza de que esto no es lo mejor que te pasó en la vida, yo no me voy a arrepentir nunca de haber llegado hasta acá y de tomar esta decisión.
Muv metió las manos dentro del acolchado y apretó fuerte los ojos.
Salvador la abrazó a la altura de los hombros, pero esta vez, con los dos brazos.
Yo sé que no necesitamos esto, dijo, pero le prometí a tu abuela que lo iba a hacer. Tomá.
Muv espió entre las pestañas y lo vio. Lo vio plateado y brillante sobre la felpa azul del estuche. Ay, pensó, ay y movió las manos dentro del acolchado como intentando abrir algo. Cuando sacó las manos dijo: Yo también tengo algo para vos. Y ella también, sostenía un anillo plateado y brillante, igual al que le mostraba Salvador, entre el índice y el pulgar.
Muv estiró los dedos. Salvador le puso el anillo. Después, estiró los dedos él y Muv repitió el gesto.
Se quedaron callados, mirando cada uno su mano y después, entrelazando los dedos.
Cuánto hace que sabés que existe este anillo, preguntó Salvador.
Casi un año, respondió Muv.
Já. Y yo queriéndolo esconder.
Perdón, dijo Muv.
Está bien, dijo Salvador. Estoy acostumbrado a que estés siempre un paso delante mío.
Muv se movió, giró hasta quedar de frente a Salvador. Lo miró a los ojos, con esas miradas que se meten dentro del otro hasta esos lugares que el otro se niega a mostrar y hubiese querido decirle que sí, que siempre lo mismo con ella, que lo arruinaba todo en el último minuto, que era así, que tenía el don de cagarla siempre pero que nunca, nunca, nunca, nunca en toda la vida, había estado tan segura de que él era el que estuvo esperando toda la vida, pero no le dijo nada. Sólo acomodó la frente sobre el hueco del cuello de Salvador y se quedó ahí, hecha un bollo, pero esta vez, feliz.
Se quedaron ahí hasta que por la persiana empezó a notarse la claridad del día.


martes, julio 24, 2007

Calendario

Desde hacía días, andaba con la sensación de haber olvidado algo. Se sentía rara. A ver, dijo.
Sacó la agenda. 9 de junio, asterisco. Fue hasta la página del calendario. Contó. Treinta y nueve días. Raro. Yo, un relojito, pensó. Raro. Uh!, dijo. Uh! Ay! Uh!
Caminó en círculos por el comedor. Hizo memoria. No. No se rompió ningún forro. No. No hicimos macanas, salvo esa vez. Mirá si vamos a tener tanta suerte, por una vez. Bueno, son once días. Once días, nada más. No pasa nada. Un atraso lo tiene cualquiera. Pero, uh! ay! uh! ¿Será? Salvador y la puta que te parió. Vos y tu obsesión con las pastillas.
Pensó en salir corriendo a comprar un test.
No. Voy a esperar. Sí. Voy a esperar un par de días más y si no pasa nada, médico. Y que me haga el análisis. Uh!
Se asustó un poco pero al mismo tiempo se imaginó un chiquito con los rulos de Salvador, corriendo por la casa nueva.
Pero qué estoy pensando! se dijo. Desde cuándo me atacó el susanismo a mí. Si yo nunca fui así. Además, primero escribir el libro, después plantar el árbol y después, cuando estemos bien afianzados, el chico.
Tic, tac, escuchó. Tic, tac. Tic, tac.
Se acercó el reloj al oído. El reloj no era. Tic, tac.
No es como en tu época, Oma, le dijo al aire. Deja de amenazarme con el reloj biológico.
Levantó el tubo y marcó el número de Salvador pero colgó.
Voy a esperar. Voy a esperar. A lo mejor es un desarreglo hormonal. Igual, nos vendría bien o no? Por todo eso de la concreción del amor y no sé qué, que siempre dicen. Bah, yo qué sé. Mejor no. Voy a esperar. Estamos bien así. Hay que esperar un poco más.
No quiso volver a pensar en el asunto en todo el día ni en toda la noche pero en todos lados veía bebés y madres y embarazadas y pañales.
Y por momentos, se preguntaba, si un niño de ellos dos tendría en iguales cantidades cosas de ella y de Salvador; o si sería tan opuesto, tan él, tan nuevo individuo, tan diferente a ellos dos.
Podría pasar, se dijo. No va a ser el primero que parece dejado por un ovni.
Después de pensarlo, se retaba: No, Muv, no. Qué estás diciendo. No es el momento, por favor.
No dijo nada. No habló con Salvador del tema, y evitó acercarse al teléfono para comentar de su atraso. Y aunque cada tanto, sobre todo durante la cena, se quedaba mirando a Salvador y la forma de su nariz o la forma en que se distribuían los pelos del brazo, simuló estar como siempre.
Pasa algo, preguntó Salvador.
Nada, nada. Absolutamente nada, contestó Muv.
A la madrugada, con los ojos cerrados, llegó hasta al baño para hacer pis. Con la luz del aplique cegándola, se sentó en el inodoro.
La mancha roja en su bombacha, la entristeció.
Volvió a la cama, después de un rato largo, con los ojos hinchados y la nariz tapada.
¿Cuándo vamos a tener un bebé, Salvador? le preguntó en voz baja, mientras se acomodaba.
Mañana, mañana, contestó Salvador que estaba profundamente dormido.






Invasión

A las dieciseis, entró una pareja de jovencitos al departamento, acompañados por el de la inmobiliaria.
Muv los siguió desde atrás, mientras pasaban de una habitación a otra. El chico, que debería tener veinticuatro o por ahí y venía vestido de traje, miraba el cielorraso de las habitaciones, abría las canillas y golpeaba azulejos.
La chica miraba por las ventanas, recorría el piso con la vista y sonreía.
Se acercó a Muv.
Qué linda tu casa, le dijo.
Gracias, dijo Muv, devolviendo la sonrisa, en realidad, es de mi... ,y buscó la palabra que se adecuara: novio, chico, pareja, concubino, marido y no supo por cuál decidirse, de mi novio, completó y se sintió tremendamente rídicula llamando novio a Salvador.
¿Por qué se mudan? preguntó el chico, acercándose.
Porque compramos una casa, respondió Muv.
Qué lindo, dijo la chica.
Sí, dijo Muv y vió como el chico se metía en la cocina y tocaba la llave del gas y examinaba el calefón.
Fuiste feliz acá, preguntó la chica.
Aún lo soy, contestó Muv. Y de repente, se sintió mal. Invadida, viendo como esos extraños analizaban sus cosas, caminaban entre sus recuerdos pero contuvo la angustia - era todo lo que había aprendido, después de meses, a contener la angustia- y se comportó como si aquí no hubiese pasado nada.
Después de recorrer el departamento por última vez, el de la inmobiliaria y los chicos, salieron hacia la calle.
Y a Muv le quedó la sensación de que ya no pertenecía a ese lugar.

domingo, julio 15, 2007

Evaluación

Ya sé, ya sé. Ya sé que hablo de Salvador como si no hiciera pis pero qué querés. Yo lo veo y me hace una cosa acá, dice Muv tocándose el esternón. Y cuando no lo veo y pienso en él, no sé, tuerzo la cabeza como Forrest Gump y me sonrío. No lo puedo evitar. Es lo que me pasa. Y no me salgas con qué por qué pienso que me pasa. Me pasa porque lo quiero, porque no pensé que me iba a sentir así nunca más después de los diecisiete. Porque me puedo pasar horas mirándolo y porque podemos estar muchos ratos sin hablar y porque nadie en todo este mundo me conoce como me conoce él. Y porque él me vio llorar a los gritos, emborracharme, vomitar, enfermarme, casi morir, resucitar y volver a llorar, emborracharme, vomitar, ser feliz un ratito y nunca, nunca, nunca me dijo lo que tenía que hacer. Siempre estuvo conmigo. Como fuera.
Y porque si ahora me acuerdo que la primera vez que dormimos juntos, se acostó vestido y me abrazó y no me tocó un pelo porque yo estaba borracha y fumada y decía pavadas, se me saltan las lágrimas.
Y me pueden decir lo que quieran: que es medio nabo, que vive en una nube de pedos, que me queda corto, que no sabe hacer más que meter la pata, que siempre dice algo incoveniente. No sé. Me pueden decir todo lo que quieran. Y pueden repetir hasta cansarse, todos los días, que no es el tipo para mí que a mí no me va a importar. Y si me equivoco, me equivoco y a la mierda. Es mi vida y yo la vivo como quiero. Y me enamoré de este tipo, después de muchísimos años. De un tipo que no es una bengala en la oscuridad, que no pretende ser premio nobel ni millonario pero que compró una casa para vivir conmigo y tiene un anillo escondido para mí.
Que se mandó una cagada? Sí, se mandó una cagada. Pero quién no se la mandó alguna vez. Ninguno, ni uno solo de los que dicen que Salvador no sirve para nada tiene la conciencia tan limpia como para hacer juicios de valor. Nadie.
Y si yo lo quiero como nunca quise, cosa mía. O ahora me van a decir que uno elige de quién enamorarse. Por favor, que me dejen de joder. Si la vida fuera una cosa tan exacta, tan predecible, no se hubiesen escrito tantas novelas de amor.
Y punto. No voy a seguir dándole vueltas a este asunto. No voy a contestar nunca más por qué elegí a Salvador y no a otro. Porque la respuesta es una sola: Porque sí.
Muv se levantó de un salto.
Y dejamos acá, dijo mirando a la licenciada que también se levantó de su lugar después de un minuto de perplejidad.
Caminaron unos pasos.
No sé si quiero seguir viniendo, dijo Muv.

Pausa

Se despertó sonriendo. Estaba hecha un bollo. Apoyaba las rodillas sobre el costado de Salvador. Exhaló el aire con fuerza y sonrió más.
M. Por qué sonreís, preguntó Salvador.
No sé. Me desperté contenta. Se viene el diluvio, dijo y escondió la cabeza debajo de la frazada después de suspirar.
Se volvió a asomar con el pelo tapándole la cara. Corrió las mechas que le molestaban en los ojos con las dos manos y pestañeó cuatro o cinco veces seguidas.
Hola, ojitos, dijo Salvador. Buen día, cómo andás? y le dió un beso en la frente.
Muv se estiró todo lo que pudo mientras arrastraba una eme ahogada con la voz. Volvió a acurrucarse.
No te parece que cuando es feliz o más o menos feliz o ponele, no sé, cuando está bien, la vida parece detenida, le preguntó a Salvador.
Detenida?
Sí, como que no pasa nada. Como que está quieta. En pausa.
M. Por qué decís, preguntó Salvador.
No sé. Me desperté con la sensación de que si uno tiene problemas o se siente mal o solo o se está sacrificando por algo, el tiempo pasa más rápido. En cambio, cuando uno está contento o conforme o bien, es como si milagrosamente la vida se pusiera en pausa.
No, yo siento que cada vez hay menos tiempo, contestó Salvador.
Tiempo para qué, preguntó Muv enroscando sus piernas en las de Salva.
Para todo. Me parece que un día voy a abrir los ojos y voy a tener ochenta años y las cosas van a estar igual que ahora.
Tenés una crisis! dijo Muv incorporándose. Salva, tenés una crisis de edad! Te das cuenta?!
Nah, dijo Salvador y se puso el antebrazo sobre la frente. Qué crisis. Me asusta un poco el hecho de que los días pasen tan rápido. Que la casa no se termine. Que estemos igual que hace un año atrás.
No estamos igual que un año atrás. Estamos mejor. Mucho mejor, o no?
Sí, nosotros sí. Pero yo hablo de las cosas. Si medimos el tiempo en cosas, estamos igual.
Muv se acostó de espaldas sobre el colchón. Llevó la frazada hacia su mentón.
Yo no necesito más cosas. Es más, creo que nos sobran muchas cosas.
Vos no querés irte a vivir a la casa, no?
Ay, dijo Muv. Yo sabía. Si que quiero. Pero si no tuvieramos la casa, no cambiaría nada. Porque justo eso te estoy diciendo, estamos en pausa, de regalo.
Eh? Qué decís?
Salvador apoyó el codo sobre la almohada y sostuvo su cabeza con la mano, intrigado.
Claro, mirá: estamos bien nosotros dos. La gente que nos quiere está bien. Tenemos lo necesario para vivir y hasta un poco más. Qué más se puede pedir? No sé. Tenemos mucha suerte. Si nos quejamos somos dos tilingos más que se quejan de llenos. Yo no quiero ser así. Yo quiero estar bien con lo que hay. Mucho o poco. No sé. Si estamos bien nosotros, está todo bien.
Qué optimista estás hoy.
Sí, es el amor, dijo Muv y se escondió otra vez abajo de la ropa de la cama, ya se me va a pasar.
Y después de decirlo lanzó una carcajada maldita.
Qué rara te despertaste, dijo Salva y él también se metió debajo de la sabana y la frazada. La buscó, la abrazó y la acarició. La amenazó: Si se te pasa pronto, te mato.
Tenemos mucha suerte, dijo ella.
Sí, yo sé.
Antes estabamos peor, Salva. Acordate cuando nadie nos quería.
Me acuerdo.
Acordate cuando nos queríamos matar porque habíamos dormido toda la noche en una casa que no era la nuestra, en una cama que no conocíamos y con alguien que no nos importaba, que no nos importaba para nada, sólo por no dormir solos.
Me acuerdo, me acuerdo. Me acuerdo de todo.
Bueno, no te olvides. Porque todo eso le da sentido a esto. Y porque estamos en pausa para disfrutarlo, entendés.
Sí, entiendo, dijo Salvador y comenzó a preocuparse. ¿Pasa algo, Muv?
No, no pasa nada.
Seguro?
Seguro.
De verdad?
De verdad. No te preocupes. Estamos en pausa. Disfrutá.