martes, marzo 20, 2007
Desvío
lunes, marzo 19, 2007
Desalmado
Si tan solo hubiese pensado antes. Un rato antes, dijo y se subió a un colectivo, directo a su casa.
domingo, marzo 18, 2007
Caída
Sintió el peso de un brazo sobre su espalda. Unas manos, que le acariciaban la cintura, comenzaron a subir por los costados de su cuerpo. Escuchó una respiración.
¿Salvador? preguntó, ¿Sos vos?
Volvé a casa, le dijo una voz que no pudo reconocer, que no se parecía a ninguna de las que conocía y al mismo tiempo a todas, mientras la fuerza de las manos comenzaba a aumentar. Volvé a casa. Volvé.
Empezó a sentirse ahogada. Tuvo miedo. El corazón le latía más rápido que todas las otras veces que se había asustado.
Luchó contra esas manos que la ahorcaban. Se oía combatir por conseguir aire, el sonido rasgado y áspero que hacía el poco aire que conseguía cada vez que intentaba zafarse, encontrar una bocanada más, algo que le permitiera deshacerse de esas manos, del peso de ese cuerpo que la apretaba cada vez más contra el colchón.
De alguna forma pudo darse vuelta. No abrió los ojos. Extendió los brazos con fuerza para sacarse a esa voz con peso de encima. No voy a volver, no voy a volver, repitió ahogada.
Rodó sobre el colchón. Un segundo de aire y un golpe en todo el cuerpo. La cara chocando contra una superficie dura. Y la presión sobre el cuello que había desaparecido. Se quedó inmóvil durante un momento. Después se controló lentamente, tocándose el lado sobre el que había quedado apoyada.
Con los ojos todavía cerrados, estiró un brazo. Tanteó la mesa de luz, el borde de la cama. Se paró y buscó la llave de la luz.
Se encontró en la misma habitación a la que había entrado unas horas antes. La cama deshecha. Revisó que la puerta estuviese cerrada. La llave colgaba de la cerradura con dos vueltas. La ventana, tan cerrada como cuándo llegó.
No voy a volver, se dijo, mirándose a los ojos. No voy a volver. Aunque me lo tenga que repetir cada minuto de cada hora de cada día. No voy a volver. Aunque no vuelva a dormir. No vuelvo.
Miró la habitación. Entró al baño a mojarse el golpe. Apenas apoyaba los dedos sobre el pómulo. No sintió ganas de llorar. Aunque me golpee todas las noches, no voy a volver, sabés, le habló al espejo del baño.
viernes, marzo 16, 2007
Huérfanos
Llegar
Bajó del avión. Pisó suelo español. En Barajas hacía frio y su buzo con capucha no lograba repararla del todo del viento. Antes de colgarse la mochila en la espalda, sacó el reproductor de música. Lo colgó de su cuello, como un crucifijo y caminó hasta el ómnibus que la transportaba a la cinta del equipaje. Play.
Respiró. Una bocanada de aire frío le entró por la boca y el viento le voló el pelo que por un momento se le metió en los ojos. Al fin, dijo, por fin. Sonrió por primera vez. Una sonrisa amplia que mostraba todos los dientes y ojos brillantes, pero brillantes de alegría, esta vez, después de tanto tiempo. Alguna gente del omnibus, al verla, le sonrió.
Se acercó a la cinta. Esperó con ansiedad su equipaje. Cuando lo vió aparecer, extendió el brazo y de un solo tirón lo depositó en el piso. El marido/novio de los asientos vecinos se acomodó a su lado.
Caminó apurada. Hizo una fila corta para tomar el taxi. Toledo 111, le indicó al conductor. Al Finisterre, dijo el chofer. Sí, respondió Muv.
Muv cantaba susurrando mientras el taxi avanzaba a paso de hombre por la salida de Barajas.
El camino a Finisterre, un hotelucho que Muv había tenido la precaución de contratar por tres días, era igual a cualquier camino del aeropuerto a la ciudad. Zonas despobladas, monoblocks, autos y más autos.
Llegó al hotel. Gastó los primeros euros de su estadía. Entró, arrastrando su valija. Mabel Holm, 32, argentina, escribió. Y luego, tachó Mabel y puso Muv. Habitación 301. Subió la valija arrastrando las ruedas por los quince escalones que llegaban al ascensor. Hoy podría levantar un elefante, dijo Muv, cuando abrió la puerta de la habitación y encontró una cama doble, una mesa minima, una silla y la puerta de un baño.
Dejó la mochila sobre la cama, la valija cerca de la ventana. Se sacó la ropa. Caminó, descalza y desnuda, hacia el baño. Abrió la ducha. Se metió debajo del agua.
Ahora sí, Muv, se dijo, esto es empezar de cero. Es un cuaderno nuevo, no lo vayas a arruinar.
Se sintió suelta. Se felicitó por haberse ido. Se abrazó el cuerpo, se acarició la cara. Se quedó debajo de la ducha, dejando que la lluvia le recorriera el cuerpo.
Esta es la oportunidad, Muv, se dijo en voz alta, mientras se secaba con cuidado, como si su cuerpo, su cicatriz, cada uno de los golpes que le dolían por todos lados fueran parte de un objeto precioso y frágil, una nueva oportunidad. Vos ya sabés como es esto: barajar y dar de nuevo.
Se miró al espejo. Notó que tenía lindos ojos y linda boca, que si se reía, las pecas sobre su nariz, resaltaban. Que los huesos de su clavícula se asomaban y que en el medio, un lunar parecía un pequeño adorno decorativo.
Va a estar todo bien. Vamos a estar bien, le dijo a la imagen del espejo. Todo lo que necesitamos es una oportunidad, o dos, o tres o cuatro. Por primera vez, estar sola, no era un problema. Salió del baño. Abrió la cama. Se acostó. Después de tantos días, después de resolver a las apuradas, después de hablar, de llorar, de viajar, Muv, por fin, durmió.
jueves, marzo 15, 2007
La otra
martes, marzo 13, 2007
Solo
El taxi llegó a la hora acordada. Tal como Muv lo planeó, nadie estaba ahí para despedirla. Le bastó una cena de bocados atragantados con toda la familia. Era más que suficiente. No quería irse con el ladrillo en el estómago ni el adoquín en la garganta.
Ezeiza, le dijo al chofer y se calzó los auriculares para evitar la charla. No tenía ganas de explicarle a un extraño que se iba porque ya no le quedaba nada en Buenos Aires. Y aunque se iba contenta, algo le pasaba con eso de irse. Dejarlo todo, volver a nacer, todo muy lindo. Enfrentarse, pasados los treinta, a un mundo todo nuevo estaba bastante lejos de ser el final del plan que se había trazado cuando era una nena. Ella creía, cuando tenía cinco, seis, siete años, que cuándo fuera grande, grande como su mamá, tendría una casa llena de hijos corriendo por el parque y un marido, un hombre, alto, alto como su papá, con el que ir al cine y que la iba a abrazar cuando la película fuera muy triste y ella llorara.
Pero no quería recordar. No iba a subirse al avión con la caja de recuerdos abierta.
Eran las cinco de la mañana y la ciudad estaba mojada y brillaba como cualquiera de esas madrugadas en las que volvía, con Salvador generalmente, a dormir un poco o a tomar mate y fumar.
Pase lo que pase, siempre vas a ser mi mejor amigo. Aún a pesar mio, pensó.
El paisaje cambió en la autopista. Se detuvo a mirar los autos que pasaban fugaces cerca del taxi en el que viajaba. Jugaba a seguir a cualquier auto, hasta que se le perdiera de vista para no pensar, mientras escuchaba la música que había seleccionado especialmente.
"It's easier to leave than to be left behind, leaving was never my proud. Leaving New York, never easy. I saw the light fading out" cantaba Stipe, mientras el taxi se acercaba a Ezeiza.
Pagó el viaje. Arrastró su valija hasta el mostrador de la aerolínea.
Unos chicos con tablas de surf dormían en los asientos de alambre. Una familia despedía a un hombre de traje. Otros hombres compraban diarios y revistas.
Despachó el equipaje. Aún faltaban dos horas para embarcar. Se sentó en el bar a tomar café. Seguía con los auriculares puestos. Revolvía el café mirando el vórtice que formaba la cuchara, cuando alguien se sentó frente a ella.
Estiró la mano, le sacó un auricular.
Uff, pensé que no llegaba.
Muv levantó la vista y otra vez, como salido de abajo de la tierra, Salvador.
¿Por qué viniste? dijo Muv.
Porque quiero ser el último que te vea. Tu abuela fue la única que me quiso decir la hora del vuelo.
Muv sonrió apenas. Siguió tomando su café. Hablaron del tiempo, de las horas de vuelo, de la película que darían en el avión. Salvador se rió como en los tiempos en que Salvador se reía y a Muv le dio un poco de tristeza que todo hubiese salido tan mal pero se sacudió esa idea de la cabeza.
Te voy a extrañar, dijo Salvador dos veces, pero no, no te enojes. No vengo a decirte nada más que eso.
Y yo también, pensó Muv. Cuánto te voy a extrañar.
A Muv cada tanto se le fruncía un poco el mentón. Se le ponían los ojos colorados.
Salvador le acariciaba la espalda, le tocaba el pelo. La acompañó hasta que embarcó.
No tiene sentido que te vuelva a pedir que te quedes, no? preguntó Salvador y ahora fue a él al que se le frunció el mentón y se le pusieron los ojos colorados.
Muv negó con la cabeza y lo agarró del brazo. Caminaron los metros que quedaban hasta la fila para preembarcar.
Antes de entrar al pre embarque, Muv abrazó a Salvador. Nos vemos, le dijo.
Sí, nos vemos pronto, contestó Salvador, te espero. De verdad.
Siguieron abrazados un rato más. Muv empezó a soltarse.
Cuidate, Salvador. Cuidate mucho.
Te espero. Volvé. Te quiero, dijo él.
Se separaron. Muv empezó a caminar. Llegando a la puerta del pre embarque, giró.
Salva, dijo.
Salvador se acercó.
Le sonrió. Lo hizo agachar un poco, le dio un beso en la frente.
Estoy contenta, le dijo, ¡me voy!
Volvió a caminar, el corazón le latía fuerte, pero se obligó a no llorar. Vos no llorás más, Muv, nunca más.
Se internó dónde Salvador ya no pudo verla.
Salvador se quedó un rato ahí. Secretamente, esperaba una resolución alla Hollywood, en dónde Muv, arrepentida, saliera del preembarque. Pero no sucedió.
Y, fue ahí dónde se dio cuenta, rodeado de extraños que lo empujaban con las valijas y le pedían disculpas, que después de tantos años, se había quedado irremediablemente solo y que Muv, bueno... Muv tenía el mundo, todo para ella.
lunes, marzo 12, 2007
Souvenir
domingo, marzo 11, 2007
Justicia
Archivo

viernes, marzo 09, 2007
Despedida I
Viajar
Fue lo mejor que te pudo haber pasado, dijo la Oma por teléfono cuando llamó más temprano, siempre pasa lo mejor que a uno puede pasarle.
Y Muv contestó que sí, pero con poca convicción.
Lametablemente, vos no sos de esas mujeres que se lo aguantan todo al hombre, Muv. Otra, en tu lugar, lo dejaría pasar, reconoció la Oma, pero las desilusiones más vale que lleguen temprano antes que tarde. Ese chico no es para vos, nunca lo fue.
Fue lo último que le escuchó decir antes de cortar.
Y cuál es el que es para mí, decime Oma, preguntó Muv mientras colgaba el teléfono. ¿No hay más? ¿Se terminaron? ¿Hasta cuándo voy a tener que seguir con la prueba y el error? ¿Hasta cuándo?
Después de hacerle esas preguntas al aire y de buscar el atado que desde hacía unos días permanecía cerrado, se acostó en el suelo.
Hizo una lista rápida: tres noviazgos importantes y fallidos. Y Salvador. Idas y venidas con todos esos de los que no recuerda el nombre. Demasiado para un solo cuerpo.
Lo mejor de todo es que no puedo llorar más. Se me terminaron las lágrimas, para siempre.
Recordó un juego bestia que jugaba con su papá cuando apenas era una nena. Jugaban a los cocazos. Golpeaban cabeza con cabeza. Ella tenía cuatro o cinco años. ¡Cocazos! decía y cabeceaba a su papá, cuándo lo tenía cerca, en la frente.
El primer cocazo le dolía mucho, el quinto ni lo sentía.
Esto mismo tiene que pasar con el corazón, se explicó. Si te golpeas en el mismo lugar tantas veces seguidas, perdes sensibilidad. No me puede seguir doliendo tanto. No me tiene que doler.
Apretó la colilla contra el vidrio del cenicero. Al tanteo, manoteó el atado de cigarillos, encendió otro y otra vez, una bocanada de humo que le recorrió el cuerpo, los ojos cerrados.
Me tengo que ir de acá, dijo decidida. Viajar, irme a un lugar donde no conozca a nadie y nadie me conozca. Aunque a todos les parezca que me escapo. No me importa. Cortar con todo esto. Desaparecer. Desaparecer un tiempo. Guardarme en un lugar en dónde la gente hable otro idioma, tenga otras formas y otras costumbres. Estar callada mucho tiempo sin que a nadie le preocupe qué me pasa y termine preocupándome porque se preocupan. Dónde haga frío y lo único importante sea que no se me congele la nariz. Donde pueda llorar, venirme abajo, donde no haya consuelo, por que nada me consuela esta vez. Ocuparme todo el tiempo. Conseguirme un trabajo o dos o tres. Trabajar hasta caerme molida sobre la cama y que pasen los meses.
Volvió a pitar.
Eso no lo puedo hacer acá. Como las otras veces, van a querer sacarme adelante entre todos, alegrarme, acompañarme y esta vez, por primera vez, no quiero a nadie cerca. Voy a borrar una gran parte de mi vida. Y no quiero testigos que me recuerden que no voy a poder borrar todo.
Pensó en la Oma, en su hermana, en sus padres. En las caras de terror que pondrían cuándo les dijera que planeaba irse, dejar todo, cerrar e irse. Y volver, en algún momento, cuándo esté lista. Explicarles que esta vez no era como las otras. Que chocarse con Salvador en cada lugar, en cada objeto, le hacía todo más difícil. Se escuchó diciéndoselos, ensayando antes, y notó una seguridad que nunca antes había tenido.
Es lo único que me queda por hacer. Si me hubiera enterado antes de que todo esto que siento, me iba a doler tanto, hubiese puesto distancia antes. Es lo último que me queda: una distancia que mate todo.
Se levantó del suelo de un salto. Caminó hasta el teléfono y marcó el número de Salvador.
Soy Muv, dijo. Me gustaría verte esta tarde, Salvador. Por favor, llamame cuando llegues de trabajar. Tengo que decirte una cosa muy importante.
Después colgó y volvió al suelo. Y así estuvo un largo rato. Hasta ahora.
jueves, marzo 08, 2007
Lázaro
miércoles, marzo 07, 2007
Pena
martes, marzo 06, 2007
Confirmar
lunes, marzo 05, 2007
Larva
Cotillón
Desde que Muv descubre que Salvador tiene un papel con el teléfono de la chica rubia no vuelve a abrir la boca. Sólo hace gestos con la cara y responde monosílabos.
domingo, marzo 04, 2007
Pista
Me voy a sentar, le dice a Salvador.
Se sienta en su mesa que está vacía. Se sirve una copa de vino y mira desde lejos a Salvador. Siempre le gustó verlo bailar.
La tía de Leni se acerca a la mesa. Se sienta.
Qué hace una chica tan linda sola, pregunta, andá a divertirte con tu novio.
Estoy cansada, dice Muv sonriendo, descanso un rato y vuelvo.
Linda fiesta, no?
Muv conversa con la tía sin despegar los ojos de Salvador y la rubia. Ahora, Salvador la tiene de la mano mientras la chica gira.
Termina la música y de a poco, la pista queda vacía. Salvador y la rubia se quedan conversando a un costado.
Estoy hecho sopa, le dice.
Sí, bailaste mucho, contesta ella. Creo que voy a salir a fumar.
¿Ahora? Ya llegó la comida, se nos va a enfriar todo.
Quedate. Fumo y vuelvo.
Muv se para. Cruza el salón, le sonríe a Leni que le grita desde la mesa principal. Apreta el atado de cigarrillos fuerte, aunque siente que el cuerpo le tiembla y que podría caerse por culpa de esos zapatos malditos.
Esa es una chica para Salvador, piensa mientras enciende el cigarrillo, una chica que baila y sonrie. A Salvador le gusta.
Camina de un lado a otro en la parte externa del salón que tiene un paisaje caribeño artificial y unas cascadas.
Si no es esta chica rubia que sonríe, será otra, pero alguna va a ser. Lo huelo.
Cierra los ojos. Pita una vez más y deja que el humo le recorra el cuerpo e imagina que cuando termine de fumar, encontrará a la chica rubia sentada en su silla, hablando con Salvador, de lo más entretenidos.
Me dan ganas de salir corriendo, piensa y no sabe si correría hacia la mesa o a su casa, a sacarse el vestido, atarse el pelo y lavarse la cara y meterse en la cama, tapada hasta la cabeza.
Se acerca al cenicero y apaga el cigarrillo. Se mira los dedos y siente una ganas tremendas de llevarse el pulgar a la boca, de arrancar uno o dos pedazos de piel despegados hasta deshacerse de ellos por completo, pero prometió que esta noche no se comería los dedos.
Sacude la cabeza y se desentiende de su imaginación. Se ubica de espaldas al salón, mirando hacia la cascada y se lleva la mano a la boca. Muerde una vez, dos veces. Roe la piel y siente que la poca pintura labial que le quedaba, se le corre.
Camina hacia la mesa.
Es la hermana de Pedro, le cuenta.
Hola hermana de Pedro, dice Muv, estás sentada en mi silla.
Ella es Muv, dice Salvador.
La famosa Muv, dice la chica rubia, parándose.
Sí, la misma, dice Muv y lo mira a Salvador que mete algo en el bolsillo, esperando que continúe con la presentación, pero Salvador, lo único que dice es: después la seguimos.
Mostrame, le dice.
Qué, pregunta Salvador.
Mostrame, insiste.
Salvador mete la mano en el bolsillo y muestra un papel que dice Silvina y un número de teléfono.
Yo no se lo pedí, explica.
sábado, marzo 03, 2007
Muñeca
Noche
jueves, marzo 01, 2007
Bigotes
La heladera -una Siam que conserva su picaporte original- está llena de imanes con formas de frutas y nombres de lugares que el resto de la familia fue visitando.
La Oma abre la puerta de la alacena. Se agacha con cierta dificultad para acercar el jarro de la leche. Sobre la mesada, la tableta entera de chocolate para taza.
En la mesa, sobre el mantel, dos servilletas y las manos cruzadas de Salvador.
Decime, Oma, le dice, ¿vos crees que tu nieta se va quedar conmigo?
La Oma, de espaldas, suspira.
Silencio. No hay radio ni televisor prendidos. Se escuchan los pájaros y los gritos de unos chicos que juegan en la calle.
Quién sabe lo que tiene esa chica en la cabeza, contesta después de un rato, ni ella sabe.
Otra vez, silencio. El tic tac de un reloj de chapa acompaña la merienda.
La cocina se llena de olor a leche hervida. Oma tira el chocolate dentro del jarro y empieza a revolver con cuchara de madera.
Pero a vos qué te parece, insiste Salvador.
La voz de Salvador parece retumbar en la cocina, quizás porque es una tarde tan quieta, tan detenida, que cada sonido se magnifica.
Oma sirve una taza de chocolate. Vuelca un poco sobre el plato y refunfuña, en voz baja, por haber perdido el pulso con la vejez. Limpia el plato con una rejilla. Se da vuelta y taza en mano, camina despacio los nueve pasos que separan la cocina de la mesa.
Tomate el chocolate, le dice a Salvador, y pensá menos, m´hijito, que estas cosas no se piensan, ni se consultan. Se sienten, nomás.
Salvador revuelve el chocolate rapidamente. Sopla un poco antes de llevarse la taza a la boca.
Yo no sé qué siente Muv, Oma, dice Salvador.
La Oma suspira otra vez mientras desanda los nueve pasos.
Pucha, se hizo nata, dice cuando mira el jarro. Qué cosa repugnante la nata.
Cuela el chocolate, dos veces, tres. Qué asco, repite, nunca pude tomar la leche con nata.
Salvador sorbe el último trago de chocolate.
Nene, no hagas ruido. Maleducado, dice la Oma.
Te pregunto porque yo ya no sé qué pensar, continúa Salvador.
La Oma lo mira. Se para, da media vuelta a la mesa, acerca una silla, se sienta.
Tenés bigotes de chocolate, Salvador, dice la Oma y le acerca la servilleta.
Se lo queda mirando.
Ay, este muchacho, piensa la Oma.